Por MANUELA ECHEVERRY
Cada cuatro años, como un ritual ineludible de campaña presidencial, resurge con fuerza una narrativa que se nos vende como la salvación ante el abismo, el llamado “centro político”. Se nos repite, hasta el cansancio, que ser de centro es ser sensato, moderado y dialogante; una suerte de oasis académico en medio de la “polarización” de los extremos. Nos venden la idea de que la polarización es un mal que debemos evitar, cuando en realidad es el resultado de una democracia sana donde existen proyectos de sociedad que, naturalmente, son incompatibles entre sí.
La política no es una tertulia moral ni un ejercicio de buenos modales, es la disputa por cómo queremos vivir, quien decide, para quién decide. Por eso me parece tan problemático que el centro se presente como una posición moralmente superior, cuando en la práctica es una postura vacía e indolente frente a las desigualdades. El centro no es un punto intermedio, sino una derecha amable, de voz baja, blindada por el lenguaje académico y la retórica del diálogo. No es neutral ni sensato, es funcional. Funcional a un sistema que necesita desactivar el conflicto político real para mantenerse intacto.
Pero hay que ser honestos, si la derecha y el fascismo están avanzando, no es solo por mérito de ellos, hay una responsabilidad compartida. Por un lado, la derecha ha sabido instrumentalizar las redes sociales. Por otro, y a pesar de ser un discurso cooptado por la ultraderecha, están las consecuencias del wokismo, que tiene una sobrecarga simbólica y luchas que no siempre logran traducirse en respuestas concretas a las necesidades materiales de la gente. Cuando las demandas simbólicas se desconectan de las condiciones materiales de existencia, dejan de ser herramientas de emancipación y se convierten en un lenguaje de nicho.
Aquí es donde el eje político se termina trasladando de forma peligrosa. El problema no es la existencia de agendas culturales o identitarias, sino de una izquierda en el limbo que perdió el rumbo de para quién y desde dónde lucha. Cuando la coherencia se vuelve pureza y la crítica se vuelve vigilancia, la política deja de convocar y empieza a excluir. Hemos creado filtros de pertenencia tan rígidos que, cuando una persona busca derechos tangibles y solo recibe corrección política, termina mirando hacia otro lado.
Mientras tanto, el centro observa desde su comodidad académica, se declara simultáneamente defensor de la libertad económica y de los derechos sociales, como si esa tensión no fuera una contradicción estructural sino un simple problema de forma. Abraza la meritocracia como principio moral, defiende la educación como solución universal y repite que, con esfuerzo individual, cualquiera puede salir adelante. Pero ignora, o más bien, elige ignorar que no todas las personas parten del mismo lugar. Su cinismo llega al punto de tildar de ignorante a quien celebra un aumento del salario mínimo. Desde su comodidad, lo importante son las gráficas del PIB, mientras proponen soluciones tan desconectadas como regalar lavadoras para resolver el complejo cruce entre patriarcado y capital, sin cuestionar si las mujeres tienen siquiera cómo pagar el agua o la energía.
El verdadero problema es la polarización afectiva, que convierte al adversario en enemigo moral y rompe cualquier posibilidad de construcción colectiva. Pero confundir ambas cosas es una trampa que han sabido capitalizar, usar el miedo a la polarización afectiva para deslegitimar el conflicto ideológico solo beneficia al statu quo. La ideología no es una lucha individual encarnada en un solo personaje político, aunque así intenten venderla. En la práctica, hoy muchas personas se inclinan a votar no tanto por un programa, sino por la postura emocional que representa una figura frente a los conflictos, y no es menor en un país tan afectado por un conflicto armado.
Pero finalmente, el dialogo no es una postura política en sí misma, y así como durante años se caricaturizó a la izquierda como irracional y a la derecha como reaccionaria, el centro logró capturar una superioridad moral basada en el tono y no en el contenido, han sabido construirse como “de centro”, no por la coherencia de sus posiciones políticas, sino por una estética de neutralidad que encuadra todo un espectro ideológico en formas de ser más que en decisiones concretas. Y en ese mismo sentido, el centro ha empujado a la izquierda a moderarse tanto que se ha vuelto irreconocible, más preocupada por no parecer “radical” que por transformar la vida. Se ha capturado una superioridad basada en la estética de la neutralidad y no en decisiones valientes.
Revisar estas certezas e incomodarse es necesario, yo misma he repetido discursos que no siempre respondían a la realidad. Pero tras mucho reflexionar en estos “tiempos de polarización”, he llegado a una conclusión: la verdadera sensatez hoy no es mantenerse al margen ni buscar equilibrios estéticos. Lo correcto, lo honesto, lo sensato es tomar postura.
