Por JUAN SEBASTIÁN BERRÍO POSADA (Manada)
La lucha por la Nueva Colombia siempre ha tenido en su horizonte la superación del capitalismo. No es un secreto que, durante las negociaciones en La Habana, chocaron dos visiones antagónicas: la insistencia de los negociadores de las extintas FARC-EP en que el modelo de explotación y despojo debía cambiar, y la negativa rotunda del Estado bajo la premisa de que “el modelo económico no se negocia”.
De esa tensión, de ese “justo medio” entre nuestra aspiración revolucionaria y la defensa férrea de los privilegios de la oligarquía, nació la inclusión de la Economía Social y Solidaria en el Acuerdo Final de Paz. No fue un saludo a la bandera; fue la herramienta que encontramos para disputar el modelo desde adentro.
Hoy, años después de la firma, es vital hacer un balance autocrítico y propositivo sobre lo que ha significado esta apuesta, especialmente tras los obstáculos institucionales y las desviaciones internas que hemos enfrentado.
La trampa institucional a Ecomún
El Acuerdo Final fue claro al establecer que las antiguas FARC-EP constituirían una organización de carácter especial: Economías Sociales del Común (Ecomún). El objetivo no era crear una empresa más para generar riqueza bajo la lógica del mercado, sino garantizar una reincorporación digna para más de 13.000 firmantes sin diluir su ideología revolucionaria frente a la sociedad y el modelo económico.
Sin embargo, el Estado colombiano activó su maquinaria burocrática para neutralizar este carácter político. La institucionalidad, escudada en vacíos normativos y en la negativa de las Cámaras de Comercio a registrar una entidad “especial”, forzó a una metamorfosis. Ecomún terminó constituida como una cooperativa multiactiva convencional, una Entidad Sin Ánimo de Lucro (ESAL) más, sometida a las reglas del juego neoliberal y despojada de su blindaje jurídico diferencial.
Esta “normalización” forzada no solo limitó las posibilidades de maniobra jurídica; también sembró una crisis interna. Una parte de la dirigencia de esa Ecomún inicial cayó en la trampa de la despolitización, disfrazando intereses particulares bajo una falsa “asepsia” técnica, alejándose de las bases y del Partido Comunes. Se intentó llevar el proyecto, al pantano de la conciliación con el modelo, olvidando que la economía debe ser una extensión de la lucha política.
El viraje: volver a los territorios
Ante el fracaso del modelo centralizado y burocratizado, la respuesta vino de donde siempre ha venido la fuerza en los procesos de cambio: los territorios.
En los últimos años, se ha recompuesto el camino. Se entendió que la economía solidaria no se decreta desde una oficina en Bogotá, sino que se construye con la base. Bajo la orientación del PartidoComunes, hace ya cuatro años se viene impulsado una estrategia de integración federativa.
Hoy, la realidad es otra. Ya no se depende de una sola estructura nacional desconectada. Se han conformado federaciones territoriales por todo el país (como Fesopaz en el Nororiente o Fedenorte en el Caribe, entre otras) que agrupan a más de 100 formas asociativas y más de 6.000 asociados, entre firmantes de paz y campesinos.
Estas federaciones son la voz de la unidad territorial y el paso previo que dio lugar al actual proceso de comformación de la Confederación Nacional de Economías Sociales del Común “Jacobo Arenas”.
La Confederación Jacobo Arenas: Una apuesta estratégica
La construcción de esta Confederación no es un capricho administrativo; es una necesidad política. Busca una integración de tercer grado que permita disputar la implementación del Acuerdo, gestionar recursos con autonomía y, sobre todo, demostrar que existe una alternativa viable al individualismo capitalista.
El actual Gobierno del Cambio ha mostrado disposición para fortalecer la asociatividad solidaria, especialmente en la Reforma Rural Integral. Sin embargo, son las comunidades organizadas las que deben llenar de contenido esa oportunidad. La Confederación Jacobo Arenas debe ser la herramienta para interlocutar con el Estado sin perder la esencia revolucionaria desde una visión clasista de la economía.
La apuesta no debe ser sólo por convertirse en prósperos empresarios del capitalismo; se debe en lo fundamental, apostar por la construcción de tejidos sociales, justicia distributiva y nuevas lógicas de consumo y producción.
Como nos recordaba Lenin en su ¿Qué hacer?, marchamos en un grupo pequeño por un camino escarpado, rodeados de enemigos. Algunos nos gritan que vayamos al “pantano” de la comodidad y el olvido ideológico. A ellos les decimos: son libres de ir al pantano, pero suelten nuestras manos. Nosotros elegimos el camino de la lucha, la cooperación y la dignidad. Esa es la esencia de la economía solidaria con un claro acento clasista.
