La evidencia se impone: lo que estamos presenciando en la actual carrera electoral no es solo el pánico de una élite acorralada por el avance democrático, sino el desplome definitivo de su legitimidad ante el pueblo colombiano. La mayoría participativa y consciente de este país ha dejado de creer en sus relatos, y la ciudadanía políticamente culturizada se niega terminantemente a reciclar dos siglos de engaños. No es capricho, es memoria histórica.
Ese legado de 200 años está escrito con letras de miseria, violencia sistémica, desplazamientos forzados, masacres y una concentración obscena de la tierra y la riqueza en unas pocas manos. Es el mismo régimen que hoy, en pleno siglo XXI, muestra su rostro más cruel: ojos sacados, golpizas por exigir derechos, compra de votos aprovechando el hambre de los más pobres. Un establecimiento cuyos congresistas, financiados por privados, legislan descaradamente para quien les paga, traicionando su juramento de representar al pueblo.
El país ha visto la hipocresía en su máxima expresión: embajadores con laboratorios en sus fincas, mientras se reprime y judicializa al campesino que siembra por necesidad. El pueblo ya no quiere, ni respeta, a quienes se han erigido como el muro de contención contra las reformas que buscan justicia: salud, educación, trabajo digno, pensión, jurisdicción agraria, tributación equitativa. Su voto en el Congreso no ha sido técnico, sino político: un voto siempre en contra de las mayorías y a favor de los más poderosos.
Pero el pueblo colombiano no es suicida. No votará por sus verdugos. Esas posiciones mezquinas frente a proyectos de justicia social, diseñados precisamente para mejorar la vida de quienes generan la riqueza de la nación, no solo les arrancaron la máscara de democracia y progreso que usaron por dos centurias, sino que cavaron su propia fosa política. Su soberbia los cegó. No supieron leer, ni entender, una sociedad que despertó. Pensaron que nos quedaríamos anclados en su pasado de privilegios. Se equivocaron.
Hoy enfrentamos a una gran mayoría que no solo ha perdido el miedo, sino que está empeñada en escribir su propia historia. Y esa historia no los incluye a ellos. En menos de cuatro años hemos empezado a demostrar que SÍ se puede: dignificar al trabajador con salarios justos, fortalecer la seguridad social, garantizar pensiones, vivienda, salud y educación pública de calidad, y democratizar el acceso a la tierra con proyectos productivos. Es la prueba tangible de que un país más incluyente y equitativo no es una utopía, sino un proyecto en marcha.
Este régimen estrecho, configurado y liderado por corruptos, violentos, mafiosos, especuladores, apátridas y mentirosos seriales, tiene sus días contados. Debe quedar relegado a una etapa nefasta de nuestro pasado, a un lugar del que jamás volveremos.
La lucha es diaria, y el cambio, señoras y señores, no solo llegó: ha echado raíces. En Antioquia, como en toda Colombia, llegó para quedarse. Este no es un simple ciclo político; es un despertar irreversible.
Y a ese despertar no lo detiene nadie. Porque, como bien lo sabe un pueblo que ha sufrido y resistido, nacimos para vencer.
