Han pasado años desde que en 2016 dimos un paso a un lado y dejamos que el proceso fluyera por sus propios cauces, pero los recuerdos acuden con la nitidez de un aroma familiar. Me encuentro hoy, aún desde el Proyecto Manada Libre, navegando en el río de la memoria, remontando la corriente hasta aquellos días en que la palabra “resistencia” comenzó a tejerse, hilo a hilo, con la urdimbre de la “solidaridad” en las fértiles tierras de Támesis.
En un mundo donde la economía del despojo quiere imponer su lógica de fragmentación y soledad, nosotros, sencillamente, nos atrevimos a creer en el “nosotros”. No éramos un “rebusque” desesperado, sino una convicción política hecha acción y premisa: la superación de los límites que nos impone el capital solo es posible con el otro y la otra. Y fue en esa apuesta donde nos hermanamos con un sueño colectivo que tomó forma de canasto, de red, de circuito: el Circuito Económico Solidario de Támesis, CESTA.
Recuerdo la claridad con la que comprendimos, junto a esas familias y asociaciones valerosas, que resistir al extractivismo no era solo salir a marchar. Había que construir, aquí y ahora, el mundo que defendíamos. Había que oponer a la mercantilización de la vida, la dignidad del trabajo compartido; a la explotación, la cooperación; al individualismo, la asamblea permanente. Con el invaluable apoyo ideológico y humano de la Cooperativa Financiera Confiar, empezamos a vernos no como productores aislados luchando por vender, sino como un pueblo en construcción de su propio destino económico.
¡Y cómo aprendimos! Todo en torno a la Plenaria. Mes a mes, no fueron solo juntas, fueron la escuela viva donde la dirección colectiva dejó de ser un ideal para ser una práctica sudada y dialogada. Donde desde un pintor sordo, pasando por las manos sabias de las mujeres campesinas asociadas, siguiendo con el conocimiento agroecológico de una familia fabricante del abono de su futuro y llegando hasta el dulce oficio de familias que hacen arte con cacao, encontramos un lenguaje común: el de la dignidad y el apoyo mutuo.
Pero quizás, lo que más añoro con un nudo en la garganta de emoción, son los convites. Espacios donde la solidaridad dejó de ser discurso para ser manos en la tierra, intercambio de semillas y saberes, risas compartidas sobre un café orgánico de Santa Ana o un chocolate de San Pedro. En esos convites no “ayudábamos” al otro; nos constituíamos como parte vital de su solución, y ellos de la nuestra. Allí se forjó la confianza que soñamos fuera el cemento indestructible de CESTA. Aprendimos contabilidad en software libre, sí, pero sobre todo aprendimos que la comercialización podía ser un acto político de hermandad.
Colectivizar la venta, crear la Tienda La Ilusión y tejer la Tienda de la Confianza, fue dar un salto cualitativo monumental: pasar de vender para sobrevivir a comercializar para fortalecer un excedente de comunidad. Hoy, desde Manada Libre miramos con un orgullo inmenso y un agradecimiento profundo. Agradecemos a cada familia, a cada mujer, a cada campesino de Támesis que nos permitió caminar a su lado. A los que estuvieron y a los que siguen estando. Agradecemos a CESTA por la lección más poderosa: que la economía, lejos de ser una fría máquina de números, puede ser el lugar cálido del encuentro, el “utensilio” donde se coloca y organiza la esperanza.
Esta es la Cesta que, juntos, tejimos. No es perfecta, sigue en crecimiento, aún luego de que Manada Libre salió lo cual nos hace sentir orgullosos de todos y todas las que persisten como prueba irrefutable de que cuando la hermandad se pone en el centro, es posible germinar vida digna incluso en los suelos más arrasados por la lógica del despojo. Fue un honor aprender con ustedes. Es un privilegio seguir siendo, de alguna manera, parte de esta manada libre que resiste, crea y sueña en colectivo.
