La ciudad no es un espacio neutral. Es la expresión concreta de un sistema: capitalista, rentista, especulativo, monopólico e imperialista. Para entender la Medellín de hoy, el llamado “Distrito”, hay que rastrear sus orígenes en un poblamiento violento y forzado, que arrancó a la población campesina de sus territorios para alimentar con mano de obra barata el sueño industrial capitalista, ya que la construcción de la ciudad requería de abundante mano de obra para instalar el desarrollo industrial, el gran sueño capitalista de la “revolución” productiva en el mundo.
Ya para los años ochenta, ese proceso cancerígeno colapsó. Pero lo más importante a resaltar de la crisis del capitalismo industrial fue el cierre de un número significativo de empresas, lo que trajo como consecuencias los despidos masivos de trabajadores, dando con este fenómeno el inicio a la economía informal, las ventas ambulantes y la economía del rebusque.
Acto seguido, la acumulación de capital mutó: encontró su nueva savia en la mercantilización de servicios como la educación y la salud, y recibió un impulso monumental con los capitales provenientes del narcotráfico, el contrabando y la corrupción, que irrigaron los servicios financieros.
Con una ciudad que empezaba a “venderse” al exterior, llegó la gran transformación física: la remodelación del centro, la construcción del Metro, las vías y los puentes. Muchas de estas obras, envueltas en el discurso ideológico de la “valorización”, se planearon literalmente sobre los techos de barrios populares generando desalojos forzados con métodos cada vez más sofisticados.
Así, con este método de desalojo forzado, hoy nos encontramos con un nuevo fenómeno de acumulación de capital por estas mismas élites con la industria del turismo, para la cual siguen haciendo jugosas inversiones en avenidas amplías para la circulación de carros, sacando al vecindario que allí habita y sin reconocimiento de lo invertido durante años en sus viviendas.
Las élites, las mismas de siempre, hacen jugosas inversiones no para la ciudad y sus habitantes, sino tendientes fundamentalmente a su lucro. Se habla de remodelar el estadio y hasta se especula con absurdos como un “mar artificial”. Todo esto busca tapar. Como dice una vecina de un sector popular desplazada por la violencia, ese va a ser “el mar de lágrimas, que se han derramado producto de la guerra”.
Todas estas inversiones están enfocadas a la oferta de la ciudad ante el mundo como mercancía de consumo, pero en detrimento de sus propios habitantes que están presenciando la llegada de turistas con dólares que disparan los arriendos, altos costos en el consumo y la transformación de las casas en negocios para la prostitución, la venta de drogas y otros.
Este espectáculo de consumismo masificado y expres nos deja una enseñanza brutal: el capitalismo y el Estado burgués se engullen a la ciudad. El ciudadano es reducido a mercancía, sus prácticas culturales a productos. Surge una nueva mano de obra precarizada para garantizar la acumulación, llevando a la sociedad a una crisis terminal que, como señala A. Ocalan, puede llamarse “sociedicidio”, que está generando en otros lugares del mundo, una ciudad cancerosa en un mercado ya monopólico manejando por mafias.
En tal sentido es urgente diseñar una nueva cultura política que en el devenir de esta enajenación del ser humano, pueda caminar a la emancipación de una ciudad para la vida en la armonía y equilibrio con la madre naturaleza, y es ahí donde nos jugamos en la acción y la reflexión.
Como escribió Karl Marx, “el mercado capitalista recorre el mundo como el destino de los antiguos, repartiendo con mano invisible la miseria y la desgracia entre los pueblos, iluminando a unos y desapareciendo a otros”. Medellín, en su voraz transformación, refleja tristemente este destino. La pregunta es si seremos capaces de escribir uno distinto.
