El modelo económico neoliberal, impuesto por las élites y sus socios internacionales, ha demostrado ser un rotundo fracaso para las grandes mayorías. No es solo un problema de cifras o ciclos económicos; es una cuestión de clase, aunque hoy en día se siga intentando demostrar un tal fin de la historia en el que supuestamente desaparecieron las clases y su lucha.
La evidencia está en que mientras una minoría parasitarias acumula riquezas obscenas, el pueblo trabajador, campesinos, indígenas, obreros, mujeres, jóvenes, etc., sufre la explotación, el despojo y la exclusión. Ante esta realidad, la construcción de una paz estable y duradera, con justicia social y ambiental, exige un cambio radical de estructuras del que muchos hablan, pero con el que pocos se comprometen de manera real, toda vez que el acomodamiento burgués es incluso llamativo para los sectores revolucionarios y progresistas.
En ese escenario, surge una concepción sustancial de la economía, que nos exige profundizar en la construcción de una economía solidaria con carácter de clase, en contraposición, a la economía social y solidaria vista como una simple alternativa de gestión empresarial.
En tanto proyecto político revolucionario, una visión clasista de la economía solidaria debe ante todo subvertir la lógica del capital, no solo amañarse de manera paliativa en él, ya que en esencia se trata del fortalecimiento de organizaciones donde los trabajadores o los usuarios – los sectores populares –, son simultáneamente sus gestores y dueños de los medios de producción socializados eliminando la figura del explotador. Al remplazar el lucro individualista por la solidaridad y el servicio comunitario, los excedentes se reinvierten en el bienestar colectivo, fortaleciendo la organización para la lucha definitiva por el poder político.
El Acuerdo de Paz de 2016 abrió una ventana de oportunidad histórica que hasta ahora sigue siendo invisibilizado – como lo ha hecho estos años el gobierno Petro – y la mayor de las veces desaprovechado por los procesos organizativos de base comunitaria. En tanto, la paz no se consolida con meros documentos, sino con transformaciones materiales que cambien la vida de quienes dejaron las armas y de las comunidades históricamente marginadas por la guerra, aún existe una deuda con la posibilidad real de construir procesos asociativos desde la economía solidaria, con efectos reales de empoderamiento territorial. Es decir, la economía solidaria en los territorios no está siendo fortalecida para la construcción del nuevo poder y la mayor de las veces se construye e impulsa desde una visión emprendedurista que no alude a una concepción clasista.
Esta lucha por una recomprensión de la economía solidaria más allá de una visión paliativa y acomodaticia dentro del capitalismo no puede ser aislada. Si la enmarcamos en el pensamiento bolivariano que soñó con una América integrada, fuerte y soberana, es menester pensarla primero desde la integración territorial escalada hasta una eventual construcción latinoamericanista de articulación solidaria. Simón Bolívar planteaba una comunidad, no asociación, basada en la unidad por valores humanos altos y nobles, no en la fría lógica mercantil, y es por ahí que considero, se debe construir la integración solidaria en micro y gran escala; no desde una visión mercantilista y supuestamente pragmática, sino desde las ideas y los valores llevados a la práctica.
El proyecto de economía solidaria de clase en Colombia debe ser un pilar para la verdadera integración de los pueblos de Nuestra América, una integración que sea contrapeso al poder imperial y que nos permita demostrar nuevas formas de ver y hacer.
La construcción de esta Nueva Economía es, en esencia, un acto de democracia radical. Extiende la participación del pueblo más allá del voto ocasional, de la mera práctica electorerista – implica una recomprensión en sí de la política – y la lleva al corazón de la vida material: a la empresa, al campo, a la comunidad. Para ello hay que ir avizorando procesos educativos (Bolívar lo dijo: “Moral y luces son nuestras primeras necesidades”), procesos de movilización social para que el Estado deje de subsidiar al gran capital y, en cambio, promueva activamente el cooperativismo, y procesos para materializar acciones reales de arraigo territorial y justicia ambiental que prioricen la soberanía alimentaria, la protección de los bienes comunes y el reconocimiento de los saberes ancestrales entre otras.
La economía solidaria desde una visión clasista no es un refugio marginal dentro del capitalismo, debe ser el terreno fértil desde el que construimos su superación en las prácticas territorializadas. Es la práctica concreta de que otro mundo es posible: un mundo en el que el trabajo libera y no esclaviza, y donde la dignidad significa paz, tierra, pan, educación y justicia para todos y todas. Profundizar en este camino no es una opción técnica; es un imperativo revolucionario para forjar, por fin, la Nueva Colombia.
