A propósito de las paces y las transformaciones posibles
Nuestra sabiduría popular es un espejo doble. Por un lado, refleja el genio práctico de un pueblo que ha sobrevivido a siglos de abandono, irrespeto y violencia. Por el otro, cristaliza la lógica de la sumisión, normalizando un orden desigual hasta volverlo parte del sentido común. Frases como las que todo colombiano ha pronunciado alguna vez –“del ahogado el sombrero”, “eso es lo que hay”– no son inocuas. Son la gramática de la resignación, y es en esa gramática donde debemos intervenir si aspiramos a una transformación por la vida, donde el pueblo no solo aguante, sino que transforme.
Tomemos estos cinco dichos, piedras angulares de nuestro realismo criollo. “Del ahogado, el sombrero”. Nos enseñan a conformarnos con las migajas tras el naufragio, a agradecer lo poco que queda después de que la clase dominante se llevara lo esencial. La lógica extractiva del país – de la tierra, de los cuerpos, de la esperanza – opera bajo este principio: te ahogo, y luego te ofrezco, magnánima, tu propio sombrero flotando como si fuera un salvavidas. La memoria histórica de lucha y su dignificación revolucionaria comienza cuando nos negamos a pescar sombreros y exigimos que nadie sea arrojado al río. Implica preguntarnos quién inundó el cauce y por qué algunos tienen barcos a motor mientras otros solo tienen sombrero.
“Eso es lo que hay”. Quizás la frase más desmovilizadora de nuestro léxico. Es la rendición ante lo dado, el cierre definitivo de la imaginación política. La aceptación pragmática es necesaria para sobrevivir el día a día, pero letal cuando se convierte en horizonte. Cuando una comunidad desplazada recibe un albergue infame y escucha “eso es lo que hay”, o cuando un campesino ve la miseria de su cosecha y repite la misma frase, se está sellando un pacto con la mediocridad impuesta. El impulso transformador que tiene un motor en la paz firmada en La Habana no era un “eso es lo que hay”. Es una apuesta por decir “esto es lo que puede y debe ser”. Exige una voluntad colectiva de transformar lo que hay en lo que merecemos.
Un tercer dicho desnuda el núcleo del poder autoritario: “El que manda, manda, aunque mal mande”. Aquí no hay resignación pasiva, sino un reconocimiento amargo y cínico de la jerarquía como fuerza natural e incuestionable. Es la justificación histórica del cacique, del patrón, del jefe que ordena sin razón. Una sociedad en transformación debe volver este refrán inservible. La legitimidad de la autoridad no puede radicar en el mando por el mando, sino en el mandar obedeciendo, en la rendición de cuentas, en la participación deliberativa.
Los dos últimos refranes apuntan a la base material. “Del cuero salen las correas” parece un simple principio de productividad, pero encierra una verdad profunda y olvidada: la riqueza de este país sale de un cuero específico: la tierra, el trabajo, el sudor popular. Sin embargo, las correas – los beneficios, el desarrollo – rara vez le vuelven a quien sujeta el cuero. La transformación pasa por reivindicar ese origen, que la riqueza generada por la “tierrita” y el trabajo retorne de manera justa a quienes la producen. No es asistencialismo; es justicia económica.
Finalmente, “Eso es lo que produce la tierrita”. El campesino lo dice con una mezcla de orgullo y resignación ante una cosecha modesta. Pero hoy, esa frase debe leerse como un grito de alerta. ¿Por qué una tierra tan fértil produce tanta pobreza? La “tierrita” produce, pero el modelo extractivo, la concentración, la falta de apoyo estatal y la violencia distorsionan su potencial. La Reforma Rural Integral del Acuerdo de Paz era precisamente la respuesta inicial, de “emergencia” a esta pregunta, para que la tierra produzca dignidad, necesita justicia.
Sostengo que la paz estable y duradera no nacerá de una resignación ilustrada, sino de una dignidad insurgente. Insurgente no necesariamente en las armas, sino en el pensamiento, en la palabra, en la organización. Debemos llevar a cabo una revolución semántica, dejar de usar un lenguaje que nos prepara para la derrota y comenzar a articular uno que nos prepare para la construcción de lo común.
Esa dignidad revolucionaria no espera. No se conforma con el sombrero. Rechaza el “eso es lo que hay” como conclusión. Desobedece cuando el mando es injusto. Exige que las correas vuelvan al cuero que las hizo posibles. Y sabe que la “tierrita”, bien trabajada y en justicia, puede producir no solo alimento, sino soberanía, autonomía y vida buena para todos. El pueblo que ha aguantado tanto no está dispuesto a seguir aguantando. Y esa indisposición, organizada y esperanzada, es el sustrato más fértil para la paz que soñamos.
