Infinidad de veces nos hemos repetido que la consigna “¡Obreros del mundo, uníos!”, plasmada en el Manifiesto Comunista por Carlos Marx y Federico Engels, no constituye un simple llamado retórico sino un principio estratégico fundamental del materialismo histórico. Para los y las oprimidas del mundo y sus fuerzas revolucionarias, la unidad representa una condición para la acumulación de fuerza política capaz de desafiar la hegemonía burguesa y el orden capitalista. En el contexto colombiano, esta máxima ha sido un eje central en el desarrollo de las luchas populares, desde las primeras formulaciones programáticas del movimiento revolucionario hasta los actuales debates sobre la construcción de coaliciones políticas transformadoras.
La gesta revolucionaria contemporánea encuentra uno de sus documentos fundacionales en el Programa Agrario de los Guerrilleros, proclamado en Marquetalia en 1964 luego de la agresión orquestada por el Estado burgués y sus titiriteros norteamericanos. Esta proclama, nacida en la resistencia campesina contra las operaciones militares, estableció desde sus inicios que la realización de una reforma agraria radical y revolucionaria estaba indisolublemente ligada a la construcción de una amplia alianza social. No se limitaba a la redistribución de la tierra, sino que postulaba como séptimo punto fundamental la necesidad de forjar un “frente único de todas las fuerzas democráticas, progresistas y revolucionarias del país”.
Esta visión integradora, que llamaba a campesinos, obreros, estudiantes, intelectuales revolucionarios e incluso a sectores de la burguesía nacional dispuestos a combatir el imperialismo, demostraba una comprensión dialéctica de la correlación de fuerzas. La transformación estructural del campo colombiano no podía ser obra de un solo sector; requería la convergencia organizada del conjunto de las clases y grupos sociales oprimidos por el modelo y la dominación oligárquica. Esta premisa, actualizada y reafirmada en la Octava Conferencia Nacional de las FARC-EP en 1993, sentó un precedente programático que trascendería décadas .
Y es que la historia del movimiento revolucionario colombiano está marcada por sucesivos esfuerzos por materializar esta unidad estratégica, cada uno con sus propias características y aprendizajes, y por qué no decirlo, por sus propias variaciones del sectarismo.
Por ejemplo tenemos el caso de la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar, surgida en los 80 como un mecanismo para unificar el accionar político y militar de diversas organizaciones insurgentes, y que representó un intento concreto de superar la fragmentación. Integrada inicialmente por las FARC-EP, el ELN, el EPL, el M-19, el PRT y el Movimiento Armado Quintín Lame, buscaba establecer códigos comunes y coordinar esfuerzos contra lo que se identificaba como el enemigo principal de clase, y aunque su duración fue limitada y enfrentó dificultades internas, podríamos decir que su existencia misma constituyó un reconocimiento táctico de que la dispersión debilitaba la capacidad de incidencia estratégica del conjunto del campo revolucionario.
También, hay que recordar a la Unión Patriótica (UP). Nacida en 1985 como producto de los acuerdos de paz del gobierno de Belisario Betancur con las FARC y el Partido Comunista Colombiano, la UP encarnó uno de los intentos por la transición hacia la lucha política y legal. Su proyecto era construir un espacio político amplio que juntara no solo a exguerrilleros, sino a referentes comunistas, sectores sociales y militantes de diversas vertientes de izquierda y progresismo. Pero a pesar de su rápido ascenso electoral, que la llevó a convertirse en la tercera fuerza política del país, demostrando el inmenso potencial de una izquierda unida para la época, esta experiencia fue brutalmente truncada por lo que hoy día es ampliamente reconocido como un genocidio político debido al exterminio sistemático de miles de sus militantes, dirigentes y candidatos, ejecutado mediante una alianza entre paramilitares, narcotraficantes y agentes estatales. La estigmatización de la UP como simple “brazo político de las FARC” fue la cobertura ideológica para este crimen de Estado, y demostró el temor de las élites a la unidad de los sectores revolucionarios y progresistas en tanto su potencial emancipador.
Ahora, tras la firma del Acuerdo de Paz de 2016 y la constitución del Partido Comunes como continuador político del proyecto histórico de las FARC-EP, la apuesta por la unidad ha seguido siendo nuestro principio rector. Como Partido político legal, hemos comprendido que la implementación integral del Acuerdo de Paz y la apertura de espacios para transformaciones más profundas requieren de alianzas amplias. Por ello, desde un principio abogamos por la integración, en un momento incipiente nombrándolo como la Unidad de los Comunistas y posteriormente producto del curso histórico de descontento que se canalizó gracias al mismo Acuerdo, en lo que se empezó a denominar coalición Pacto Histórico, entendiendo que esta era la herramienta electoral y social más potente para defender lo acordado y promover un cambio progresivo en el país.
Pero esta vocación unitaria se ha topado una y otra vez con lo que podríamos denominar como los vicios del electorerismo y el sectarismo. Algunos sectores dentro del progresismo, motivados por cálculos electorales y presionados por la estigmatización que aún pesa sobre nuestro partido, han activado mecanismos de exclusión y han buscado por todos los medios evitar una integración plena y fraterna. Esta dinámica, propia de la falta de convicción revolucionaria, y más inclinada a la adaptación al fenómeno clientelista y acomodaticio del Estado burgués y su política electoral, ha sido un obstáculo constante para la fortaleza de un verdadero bloque popular, ya que reproduce las lógicas divisionistas que tanto benefician a la derecha política.
Esa constante inclinación de exclusión a nuestro Partido y a los Firmantes de Paz, nos llevó entonces desde 2023 a la creación de lo que se denominó Frente Amplio Unitarios. Unitarios fue una iniciativa abanderada con convicción por el Partido Comunes, que buscó ser una respuesta a esta fragmentación y exclusión que encontramos en algunos sectores mayoritarios del Pacto Histórico, un espacio para reagrupar a las fuerzas verdaderamente comprometidas con un programa de transformación radical sin sectarismos.
Lamentablemente, proyectos como este son frecuentemente desestabilizados por actores que priorizan el electorerismo y el bombón de trapo de la burocracia sobre la construcción revolucionaria radical – obviamente, porque no son revolucionarios –. La conducta de figuras como Roy Barreras, con un discurso centrista y abiertamente alejado de postulados de izquierda es emblemática de este problema, con lo que promovió nuestra renuncia a la dignidad revolucionaria so pena de la exclusión que efectivamente se materializó. Su giro hacia la búsqueda de alianzas con el liberalismo tradicional y su rechazo a lo que llama “extremismos” representan un abandono de los principios y una adaptación a los marcos impuestos por el establecimiento.
Frente a esta realidad, nuestra decisión de sumarnos a la coalición Fuerza Ciudadana fue una decisión que tratamos de enmarcar en la coherencia con nuestro legado histórico en favor de la unidad, aun cuando siguen latentes los riesgos propios de la participación en el escenario electoral que algunos seguimos temiendo y criticando. Se trata en esencia de ubicarnos en un espacio político donde podamos seguir impulsando, sin censura o auto-censura, un proyecto de izquierda popular que no implique renuncia a nuestro origen revolucionario. Un espacio donde la defensa irrestricta de la soberanía nacional, la reforma agraria integral, la democratización profunda de la economía y la justicia social sean la brújula, lejos de las ambigüedades del centro reformista, eso sí, cumpliendo con nuestro compromiso de participar en la vida política electoral, aún cuando no se haya materializado la reforma política que se pactó en La Habana.
La historia nos enseña, con letras de sangre y de lucha, que la unidad no es una opción, sino una necesidad imperiosa. El llamado de Marx, el programa de Marquetalia, las trágicas páginas de la Unión Patriótica y los desafíos políticos del presente convergen en una misma verdad: la emancipación del pueblo colombiano será obra del pueblo unido e insurrecto o no será.
El Partido Comunes, fiel a su origen y a su compromiso con la construcción de un nuevo país, ha ratificado con creces su disposición a trabajar por la confluencia de todas las fuerzas revolucionarias, democráticas y progresistas aún por encima de la exclusión, la estigmatización y el rechazo. Seguimos insistiendo en la necesidad del gran Frente Amplio que enarbolamos desde la Plataforma Bolivariana por la Nueva Colombia, con base social, capaz de resistir la arremetida estigmatizadora, de superar las mezquindades sectarias y de conducir al pueblo colombiano hacia la paz con justicia social que merece. La unidad, más que una consigna, es nuestro camino estratégico hacia la victoria.
Solo esperamos que nuestro esfuerzo no se nos vaya a quedar enmarcado en esa que parece ya frase de cajón y que acuñara el gran Eduardo Galeano: “…Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.”
