La izquierda en Colombia ha asumido, por primera vez en la historia, la conducción institucional del país. Y es irrefutable que este es el mejor gobierno que ha tenido Colombia, con transformaciones sociales que privilegian a las mayorías sobre los grandes capitales. Sin embargo, afronta una paradoja crítica: no se vislumbra un proyecto de país definido a largo plazo, ni existe la base de cuadros o liderazgos necesaria para sostenerlo.
Este problema va más allá de la gobernabilidad y se descubre como una crisis de identidad y capacidad política. Aunque el gobierno de Gustavo Petro impulsa reformas pertinentes, su ejecución se ve socavada por una fragmentación programática, una comunicación errática y, principalmente, por la carencia de un cuerpo de funcionarios y líderes formados con solvencia técnica, claridad ideológica y ética revolucionaria. La incapacidad para formar y promover cuadros políticos es, en ese sentido, el talón de Aquiles que amenaza con convertir la alternativa histórica en una variante más del ejercicio tradicional del poder.
Esta escasez contrasta con la tradición formativa que distinguió a la izquierda en gran parte del siglo XX, cuando organizaciones como el Partido Comunista Colombiano (PCC) erigieron escuelas donde el estudio riguroso del marxismo, la economía política y la historia de las luchas sociales era el núcleo de la militancia política (Medina, 2010; Vega Cantor, 2015). El resultado fue una cantera de dirigentes con una comprensión profunda del país y una ética de compromiso inquebrantable, que alimentó tanto la acción política legal como la insurgencia (Pizarro Leongómez, 2011). Hoy, ese pasado es un reflejo lejano de lo que se ha perdido.
En el tránsito al siglo XXI, la izquierda consolidó algunas expresiones políticas como Marcha Patriótica y el Congreso de los Pueblos, que revitalizaron agendas sociales, pero no lograron la unidad orgánica de todo el espectro político (Santos, 2019). Con esta etapa, se abrió una grieta estructural donde los movimientos sociales actuaban desde la resistencia territorial, mientras los partidos maniobraban en la lógica del pragmatismo electoral. La izquierda entonces ganó visibilidad y un buen número de votos, gestando nuevos caminos, nuevas condiciones, pero aún no construía la capacidad de generar un proyecto de nación compartido y viable.
Con la llegada a la presidencia en 2022 se hizo evidente este déficit. La insuficiencia de funcionarios con idoneidad técnica y coherencia ideológica ha derivado en la cooptación por dinámicas que se pretendían superar como el clientelismo, el personalismo y la lógica caudillista. La conformación de alianzas con figuras del establecimiento ha puesto en vilo la promesa de renovación ética (Echavarría, Casas & Patiño, 2021). Se consiguió el gobierno, pero no se capturó del todo el poder real para transformar estructuras burocráticas, económicas y mediáticas.
A esta problemática se le suma un entorno comunicativo dominado por la posverdad, en la medida en que la derecha capitaliza esta lógica con estrategias emocionales y desinformativas. Frente a esto, sectores de la izquierda, en lugar de contrarrestar con pedagogía y profundidad, terminan imitándola, reduciendo el debate a consignas virales y trivializando la complejidad de los problemas. La política entonces se banaliza, y con ella, la identidad de una izquierda que históricamente reivindicó la seriedad del análisis y la coherencia.
Superar esta encrucijada en la que estamos exige, por tanto, un programa claro y deliberado de reconstrucción política. Además, la izquierda podrá profundizar en su capacidad transformadora de fondo si reconstruye, con urgencia y seriedad, una cultura de la formación política en nuevos liderazgos que trascienda la coyuntura. Esto es un imperativo práctico para la continuidad del proyecto de cambio.
Por ello una primera medida debe ser la de impulsar escuelas de cuadros, espacios donde la formación política se combine con los saberes de la gestión pública, comunicación estratégica y, de manera esencial, todo ello bajo una ética política inalterable. La experiencia de nuestra región, particularmente la venezolana, ofrece unas rutas que podemos observar como país. La Revolución Bolivariana expuso la potencia de formar masivamente cuadros políticos e ideológicos a través de misiones y escuelas, creando así una base militante orgánica y una capacidad de movilización excepcional.
El aprendizaje para el caso nuestro debe partir del fomento de espacios formativos como antídoto contra la improvisación y la tecnocracia vacía. Las escuelas deben forjar cuadros que entiendan el Estado no como un botín político y económico, un feudo personal o una máquina de propaganda, sino como el instrumento complejo para la transformación democrática y popular, manejado con rigor técnico y sometido siempre al escrutinio ético.
En paralelo, es preciso construir y socializar un proyecto de país claro y pedagógico, un documento que defina prioridades tácticas y estratégicas más allá de un momento gubernamental. Dicho proyecto debe servir como carta de navegación común que evite la deriva y la fragmentación, y su narrativa debe ser lo suficientemente capaz de comunicarle a las mayorías, bajo un lenguaje comprensible, la complejidad y la necesidad de las reformas estructurales.
Este esfuerzo sería banal sin configurar una ética práctica e intransigente, interiorizada como código de conducta pública y como insumo imprescindible frente a la corrupción. Debe exhibir el rechazo explícito y cotidiano al clientelismo, así como normalizar la rendición de cuentas y el control político. La credibilidad se convierte entonces en el activo más valioso, y de ello depende el proceso de cambio por el que vamos caminando.
Esto converge, también en la necesidad de liderazgos integrales. Como apuntaba el Che, se trata de formar dirigentes que sean, en esencia, “hombre nuevos”, con la capacidad política de armonizar el rigor teórico con la práctica eficaz, de estimular la empatía social con las facultades técnicas, y de demostrar la firmeza revolucionaria con la humildad para aprender constantemente. En últimas, líderes que aspiren a conducir procesos complejos con una visión que trascienda lo inmediato.
Por lo demás, el escenario electoral de este año (2026), tanto legislativo como presidencial, no puede ser una repetición de los mismos errores de hace cuatro años. La continuidad del proyecto del cambio, que puede materializarse bajo una figura con la trayectoria y solidez de Iván Cepeda, pende de la suficiencia para corregir estos asuntos y profundizar las reformas sociales. Para esto se requiere dar cabida en las listas al Congreso a liderazgos formados bajo el nuevo horizonte de país que se avizora y con experiencia en las luchas sociales, de cuadros políticos alternativos y revolucionarios de diferentes procesos, que asumen la contienda electoral como el escenario para aportar a la transformación del país entendiendo este momento histórico.
Desde luego y con todo lo dicho, la referencia a Lenin es vigente como una advertencia contra el “infantilismo” de izquierda que permanece en el tiempo; ese purismo que desprecia la construcción del poder concreto y, por tanto, a la posibilidad misma de la transformación. Por eso debe afirmarse sin ambages que gobernar sin cuadros significa administrar el estado de cosas actuales sin cambios profundos, pero bajo otro nombre. No obstante, la labor debe partir de la proposición y la construcción, no en la resignación y la crítica pueril. El presidente Salvador Allende hablo de que “(…) Mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”. Esas alamedas no se abren por sí solas; deben, en cambio, partir de herramientas concretas.
El momento actual nos exige construir y promover la nueva cantera de dirigentes revolucionarios. Porque frente a la naturaleza azarosa y contingente del actual gobierno y el escenario electoral, emana la necesidad histórica de construir una base orgánica de liderazgos. Es desde allí, desde estos sujetos políticos formados, y no en la mera administración de turno, donde se encarna y asegura la continuidad del proyecto de transformación estructural irreversible.
Referencias
Clavijo Santos, J. M. (2019). El proceso histórico de la izquierda política colombiana 2002-2014 [Tesis de maestría, Universidad Nacional de Colombia]. Repositorio Institucional Universidad Nacional de Colombia.
Medina, M. (2010). Historia del Partido Comunista Colombiano. Bogotá: Ediciones Aurora.
Pizarro Leongómez, E. (2011). Las FARC (1949–2011): De guerrilla campesina a máquina de guerra. Bogotá: Editorial Norma.
Restrepo Echavarría, N. J., Casas, D. A., & Patiño, I. (2021). La izquierda en Colombia. Un análisis del comportamiento electoral en el siglo XXI. Novum Jus, 15(1), 41–72. https://doi.org/10.14718/novumjus.2021.15.1.3
Vega Cantor, R. (2015). Izquierdas y cultura política en Colombia: Siglo XX. Bogotá: Universidad Pedagógica Nacional.
