El reciente diálogo entre el presidente Gustavo Petro y su homólogo estadounidense, más allá de la fotografía diplomática, contiene un eco ominoso. Es un recordatorio de que, en el ajedrez global, algunas potencias no juegan para empatar, sino para patear el tablero cuando los intereses de sus élites están en juego. Lo que está en discusión no es un simple desacuerdo político, sino la esencia misma del proyecto colonialista que, con ropaje nuevo, busca reinstalarse como orden mundial único. Un orden donde la democracia deja de ser el fruto de la lucha deliberativa, del arte complejo de las palabras y los consensos, para convertirse en un espectáculo impuesto por la fuerza. La amenaza – o la acción directa – del bombardeo a pueblos enteros, una tragedia que ya hemos visto desplegarse con crueldad en Gaza, Yemen y otros rincones del planeta, se erige como el argumento último de esta “diplomacia”. A ello se suman las amenazas financieras, el estrangulamiento económico mediante organismos internacionales o mercados, una táctica aplicada con saña en Argentina y Venezuela para disciplinar a quienes osan pensar en modelos económicos alternativos.
Pero el mecanismo es más sutil y, por ello, más peligroso. Junto a la coerción militar y económica, opera la cooptación. Se trata de la financiación y promoción de “movimientos sociales” a medida, organizaciones de papel cuyo objetivo real es sustituir y debilitar a los auténticos movimientos de emancipación política, económica, cultural y ambiental que emergen desde las bases. Lo intentaron en Venezuela, infiltrando y dividiendo, y lo ensayan en cada rincón donde el pueblo se organiza. El interés fundamental del imperialismo contemporáneo no es la democracia, sino el logro de gobiernos títeres, administraciones dóciles que se arrodillen ante los dictados del capital transnacional y la industria militar. La historia reciente de Nuestra América es un manual abierto de esta práctica: desde los golpes de Estado “blandos” o duros en Honduras (2009), Paraguay (2012), Brasil (2016), Bolivia (2019) y los constantes asedios a Guatemala, El Salvador, Ecuador, Perú y Argentina, hasta la injerencia descarada que pretende continuar. Es una cadena ininterrumpida cuyo mensaje es claro: no se negocian soberanías; se someten. Un gobierno de izquierda o progresista que dialogue desde la igualdad y la autodeterminación es una anomalía intolerable para este sistema.
Frente a este panorama, la alerta – urgente y dramática – es para el Movimiento Social auténtico, el de las bases, el que se nutre de la rabia y la esperanza popular. Este es el único músculo político real capaz de hacer resistencia al “nuevo orden mundial” imperialista, cuyo corazón late en los complejos industriales-militares y financieros. Los organismos del derecho internacional humanitario y los sistemas de protección de derechos humanos, conquistados con sangre tras las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, han sido sistemáticamente vaciados, ignorados o destruidos por quienes se erigen en sus garantes. La ONU mira, a menudo, impotente. Las cortes internacionales son desafiadas. El marco legal global se resquebraja cuando interpela a los poderosos.
Por ello, la tarea fundamental de nuestra hora histórica es seguir alimentando – desde la diversidad y la unidad – el estallido social mundial. No como un fin en sí mismo, sino como la expresión vital de que los pueblos no se resignan. Debemos entender, con lucidez histórica, que los grandes cambios nunca han venido desde arriba. Los movimientos sociales emancipatorios son la matriz generadora de nuevas realidades políticas; son ellos los que, en su momento, pueden y deben crear instrumentos políticos – partidos, frentes, asambleas – a su servicio. Porque los partidos políticos tradicionales, en su mayoría, han mutado en corporaciones capitalistas de acumulación rentista y especulativa. Son máquinas electorales vacías, desconectadas de los territorios, y por esa misma razón, porosas a la corrupción y al dinero de las mafias. Colombia es un espejo doloroso de este fenómeno: el narcotráfico y el capital ilícito han encontrado en las estructuras partidistas un canal perfecto para blanquearse y capturar el Estado.
La invitación, entonces, no es a confiar en un salvador externo o en un diálogo entre élites. La invitación es a la organización terca, a la movilización inteligente, a la construcción de poder popular desde la vereda, el barrio, la universidad, el sindicato, el resguardo indígena. Debemos tejer redes globales de solidaridad que trasciendan las fronteras impuestas. El presidente Petro, en ese diálogo complejo, lleva sobre sus hombros una responsabilidad histórica gigantesca. Pero es el movimiento social, con su capacidad de presión y su claridad moral, el que debe recordar que no hay atajos. La única negociación posible es aquella que se realiza desde la fuerza colectiva y la dignidad inquebrantable. El tablero puede ser pateado, pero los pueblos, cuando se levantan, son el terreno mismo donde se juega el único juego que importa: el de la liberación. La alerta está sonando. Que no sea el tañido de una derrota, sino el clarín de una resistencia que, aunque larga, es imparable
