La historia de la lucha de clases está plagada de lecciones dolorosas, y una de las más persistentes a mi modo de ver, es la trampa del electoralismo para las organizaciones revolucionarias. Cuando la participación en los escenarios de la política burguesa – desde la Duma zarista hasta los congresos contemporáneos – se convierte en un fin en sí mismo, el partido corre el riesgo de mutar en su contrario: de instrumento de la insurrección a apéndice del sistema. Este error, que Rosa Luxemburgo ya vislumbraba al criticar el “parlamentarismo cretinizante”, no es una mera desviación táctica, sino la renuncia paulatina a la construcción del único poder capaz de transformar la realidad: el poder popular organizado.
La experiencia del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR) nos puede dar una buena lección. Tras la revolución de 1905, la discusión sobre la participación en la Duma dividió aguas. Para Lenin, esta participación nunca podía sustituir el trabajo principal: la organización política de las masas obreras y campesinas fuera de los marcos legales del zarismo. El partido revolucionario, como vanguardia, debía ser un “tribuno del pueblo”, capaz de articular el descontento espontáneo y dotarlo de conciencia de clase. Quienes anteponían la lucha electoral a esta labor de base, confundían la tribuna con el campo de batalla, diluyendo la energía revolucionaria en el pantano de los procedimientos parlamentarios.
Esta advertencia leninista encuentra eco en las elaboraciones teóricas posteriores. Louis Althusser nos recordó que el Estado burgués no se sostiene solo por la represión, sino principalmente a través de sus Aparatos Ideológicos – el sistema educativo, los medios y el sistema político electoral –, que reproducen la sumisión de los explotados y explotadas. Antonio Gramsci, por su parte, describió la “guerra de posiciones” como una lucha prolongada por la hegemonía en la sociedad civil, un trabajo de constancia que exige una organización arraigada en las fábricas, los barrios y las comunidades. Ambos pensamientos convergen en un punto: ceder este terreno organizativo para concentrarse en las elecciones es entregar al enemigo el espacio donde se forja la conciencia.
En Nuestra América, la teoría revolucionaria se nutrió con la praxis propia y autóctona. El “hombre nuevo” guevarista no nace en un recinto legislativo, sino en la lucha cotidiana, en el trabajo voluntario y en la ética colectiva que se forja al servir al pueblo. La revolución sandinista triunfó no por sus diputados, sino por su entramado de Comités de Defensa Sandinista y su labor de base insustituible. Estos desarrollos reafirman que el sujeto político revolucionario – ya se le llame proletariado para sí, pueblo consciente o hombre nuevo – se construye en la acción directa y la organización popular, no en la pasividad del voto cada cuatro años.
El caso colombiano es una herida abierta que clama por esta reconceptualización. El desangre de décadas de conflicto armado demostró los límites trágicos de la vía guerrillera clásica. Pero hoy ese tránsito al debate en paz no debe significar la claudicación en la lucha, sino su transformación. La tarea histórica es construir una línea insurreccional no armada: una insurrección de la conciencia y la movilización permanente, capaz de desbordar al Estado no con fusiles, sino con la fuerza imparable de un pueblo organizado, educado políticamente y listo para ejercer su poder constituyente.
La advertencia de Jean-Paul Sartre sobre el compromiso revolucionario auténtico resuena aquí: la verdadera fidelidad revolucionaria no es con una papeleta electoral, sino con los oprimidos, así en determinados momentos esta labor le sea útil a la estrategia general por la liberación. Retomar el camino de la organización de masas, del trabajo paciente en los territorios, de la formación de cuadros y de la agitación permanente es la única forma de honrar ese compromiso y al parecer nuestra única ruta real para acercarnos a aquel principio de “o se triunfa o se muere, si es verdadera”; de lo contrario, la izquierda revolucionaria no hará más que decorar la cárcel de los pueblos, en lugar de forjar las llaves para su liberación.
