Estimado lector, si usted cree que la política es el arte de lo posible, es porque no ha visto el arte de lo imposible: ser héroe y villano de la misma obra, a veces en la misma escena y sin siquiera cambiarse de camisa. El elenco de nuestra función de hoy, con la boletería más cara del país (la pagamos todos), nos ofrece un despliegue de versatilidad actoral que hasta el más ducho transformista envidiaría.
Primer acto: El encantamiento. Telón de fondo: la firma de un Acuerdo trascendental. Entra en escena el camarada Roy, verbo florido, sonrisa de estadista, manos de prestidigitador. Su labia, dulce como panela de Viotá, es fundamental para hechizar a las FARC y convencer al público de que esta vez, señoras y señores, la cosa va en serio. Es el gran arquitecto de la paz, el puente, el mediador. Aplausos. Ramos de flores. Titulares gloriosos. Se pide un bis.
Segundo acto: El desencanto (o el re-encanto hacia otro lado). Pero todo mago tiene su truco, y el de nuestro protagonista es la mutación. El mismo que abrazó el Acuerdo con fervor de recién convertido, ahora, desde su curul senatorial (que es como un palco privilegiado en este teatro), observa y contribuye al incumplimiento. Peor aún, se le señala como parte de la ingeniería jurídica que busca una emboscada a los comparecientes. ¡Plop! El arquitecto de la paz parece estar leyendo el guion de la guerra jurídica. El público frunce el ceño, pero el show debe continuar.
Tercer acto: La purga estratégica. La obra necesita nuevos personajes y hay que sacar a los que “restan”. ¿Sus antiguos compañeros de Comunes? Ahora son un lastre, alejan el voto útil, el voto real, el voto que él ya calculó en su ábaco electoral. La coherencia es un estorbo para el que viaja ligero de equipaje ideológico. La táctica es lo primero. El principio es lo de menos. Se descorchan nuevas botellas y se descartan viejos amigos. Es la política, amigos, no el club de la alegría.
Cuarto acto: El juego de tronos (interno). Aquí la trama se pone jugosa. El benemérito camarada, convertido en estratega supremo, conspira para que una figura emergente y popular, Cepeda, no llegue a la consulta. Demasiada competencia, demasiada luz propia. En la política, como en los viveros, a veces hay que podar el árbol más prometedor para que no le haga sombra a los matojos de siempre.
Quinto acto: El sacrificio del peón (o el jaque maestro). Y he aquí el clímax: nuestro iluminado, en un arrebato de egolatría estratégica, decide lanzarse él mismo a la consulta. ¿El objetivo? Sacar más votos que Cepeda (y que cualquiera que se atraviese). No para ganar, ¡Dios nos libre!, sino para tener la llave de la negociación final. El resultado será el termómetro para repartirse, en una noche de whisky y cálculos fríos, la presidencia y la vicepresidencia. Cepeda puede quedar, sí, pero “a lo Petro”: amarrado, pactado, cercenado. O, en un final aún más truculento, la negociación puede ser con la derecha para que el incómodo Cepeda salga del escenario en primera vuelta. Todo por el bien superior de… ¿de qué, exactamente?
Epílogo: Pilas, en esta tragicomedia en cinco actos, el único personaje que no cambia es el camaleónico camarada Roy, siempre en su papel favorito: el de sí mismo. El público, entre la perplejidad y el hartazgo, paga la cuenta. Y se pregunta, mientras apaga la luz del teatro, si lo que acaba de ver fue una obra de títeres o un reality show. La diferencia, querido espectador, cada día es más difusa. El telón no baja; solo cambian los actores que reciben los abucheos o los aplausos, mientras el verdadero director permanece entre bambalinas, contando los votos como si fueran monedas de oro.
