La pregunta por el futuro de las fuerzas transformadoras en Colombia no es retórica; interpela la memoria y la responsabilidad de quienes han dedicado su tiempo y su vida a la lucha social. Exige una respuesta que supere los gestos y se adentre en la autocrítica, el reconocimiento mutuo y la construcción de reglas que permitan la convivencia política sin anular las trayectorias de cada organización.
Nuestra historia política en la izquierda colombiana muestra con claridad que el sectarismo interno ha sido, en muchos momentos, un obstáculo mayor que los adversarios externos. Durante décadas, disputas doctrinales y purismos tácticos consumieron energías que podrían haberse traducido en mayor capacidad de incidencia social y electoral; la tendencia a “pelear entre sí” debilitó proyectos y dispersó fuerzas que podían haber sido decisivas, como lo vivido entre las décadas de los 60 y 70 del siglo XX.
Hubo, sin embargo, a finales de los años 80s episodios en los que la izquierda supo trascender el dogmatismo y articular fuerzas. La conformación de centrales sindicales, proyectos políticos unitarios y coordinaciones de diverso tipo, incluso insurgentes, demostraron que la suma es posible y eficaz cuando se priorizan las necesidades populares por encima de las diferencias sectarias.
Pero la experiencia también mostró límites: muchas iniciativas unitarias fueron instrumentalizadas, absorbidas o neutralizadas por lógicas internas que privilegiaron la repartija de cargos y la reproducción de prácticas clientelistas, en las que algunas fuerzas terminaron desmovilizadas. Esa dinámica terminó por reproducir las mañas del régimen que se decía combatir y por erosionar la legitimidad de las organizaciones.
Reconocer las trayectorias de lucha no es un acto de nostalgia, sino de justicia política. Honrar a quienes dieron su tiempo y su vida a la organización social y política es condición para construir confianza entre corrientes diversas, reconociendo que en Colombia las transformaciones sociales han costado sangre de la que chorrea el Estado por todos sus poros. Sin ese reconocimiento, cualquier intento de unidad será frágil y susceptible de fracturarse ante la primera crisis.
La renovación exige, además, una ruptura ética con las prácticas clientelistas. La política transformadora no puede reproducir la lógica de contratos, cuotas y redes de poder local que han sido la marca del statu quo. Listas abiertas, transparencia en la financiación y mecanismos internos de rendición de cuentas son herramientas indispensables para recuperar credibilidad.
La formación teórica y la producción de ideas deben volver a ser prioridades. Una izquierda que no estudia ni analiza la realidad concreta corre el riesgo de convertirse en un repertorio de consignas sin capacidad de gobernar ni de transformar estructuras, solamente de reproducirlas.
La unidad no exige homogeneidad ideológica, sino convergencia en objetivos y métodos. Es posible acordar prioridades que permitan coaliciones amplias sin borrar identidades. La política de alianzas debe basarse en mínimos programáticos verificables y en compromisos públicos que puedan ser evaluados por la sociedad.
El cambio no vendrá de los mismos de siempre con las prácticas de siempre. Tampoco vendrá de una izquierda preocupada solo por identidades del pasado, sino de una anclada en las luchas del común y enfocada en la unidad y la fuerza del futuro. Los avances logrados con sangre no pueden seguir siendo cooptados por el liberalismo o por nuevas organizaciones de centro que diluyen el proyecto transformador.
Reconocer las diferencias no significa renunciar a la confrontación política; significa, en cambio, elegir con claridad los verdaderos adversarios: la desigualdad estructural, la corrupción que despoja recursos públicos, la violencia que impide la vida digna. La izquierda debe dejar de gastar energía en peleas internas que solo benefician a quienes se alimentan de nuestra división. La pregunta no es quién es más puro, sino qué capacidad colectiva tenemos para transformar la correlación de fuerzas y abrir espacios reales de participación.
Si la izquierda quiere ser fuerza de cambio, debe aprender a sumar sin borrar, a disputar sin destruir, a gobernar sin reproducir las prácticas que criticó. Solo así podrá ofrecer una alternativa creíble a millones de colombianos que hoy desconfían de la política. La unidad que necesitamos no es la fusión de egos ni la absorción de historias; es la construcción deliberada de una fuerza plural, ética y eficaz que honre las luchas del pasado y las convierta en políticas de futuro. Sin olvidar que toca pelear, y que el horizonte es rojo y no verde, nos toca ser más consecuentes con una historia que es larga, no comenzó en el presente.
