No te quiero nombrar porque la industria cultural te ha convertido en moda. Eres hoy el gancho perfecto para ofertar talleres, cursos, diplomados, maestrías, doctorados; también guiones, artículos, vídeos, libros y una infinidad de expresiones instrumentales desde las llamadas “artes”. Para acceder a cualquier convocatoria se ha vuelto requisito fundamental incluirte en el título o en los objetivos; de lo contrario, el proyecto es eliminado de entrada de la oferta financiera forzosa.
En un ejercicio de contexto histórico, cabe preguntarse: ¿qué puede significar o representar una categoría conceptual que, sometida a una campaña mediática –rodeada de opiniones, mentiras, chismes, miedos futuros, odios, venganzas, lo que en nuestra práctica llamamos “campañas políticas”–, hizo que una población votara en su contra? Supuestamente ganaron. Sin embargo, poco después de ese supuesto triunfo, tras la tragedia vivida y el sometimiento a volverla trizas, la misma categoría fue llevada de nuevo a votación y ganaron aquellos que inicialmente la habían perdido.
Lo más curioso de este escenario es que surge entonces la pregunta: ¿qué puede representar una categoría conceptual que, con el solo hecho de nombrarla, ya se esperan cambios o transformaciones, se asumen tareas, responsabilidades y se exigen derechos?
Pero asalta también la duda: con solo nombrarla, ¿acaso hay en su esencia algún movimiento o praxis efectiva frente a las posiciones, oposiciones, contradicciones o conflictos? ¿Brinda métodos y metodologías para su manejo y tratamiento en la búsqueda de posibles salidas? Es más, tengo la casi certeza de que, nombrada desde la reducción de dicha categoría, esta no interviene dialécticamente sobre la realidad en la dimensión del conflicto producto del sistema capitalista financiero, rentista, especulativo, de acumulación en todas sus formas –llámese legal o ilegal, porque esa frontera es ideológica. En concreto, esa categoría conceptual no representa ninguna amenaza ni peligro para el sistema capitalista que padecemos por fuera de nuestras voluntades.
Es aquí donde podemos preguntarnos: ¿cómo llamar o nombrar aquello que nos permite llegar a la esencia, al sentir, al pensar críticamente ese fenómeno que por tantos años, siglos, nos ha mantenido en el uso de la fuerza de las armas como el único camino para tramitar las contradicciones y los conflictos, tanto desde el Estado como desde las diversas formas de oposición que buscan reivindicaciones en sus múltiples dimensiones económico‑políticas?
Lo que sí podemos situar en el contexto presente es el largo recorrido que por tantos años hemos utilizado como métodos y estrategias para la negociación política, bajo la creencia de que es con la eliminación física del oponente y la reducción de los procesos a desarme, desmovilización, reincorporación, reinserción –sin considerar cuál puede ser la pérdida o la ganancia del sujeto de la guerra, ni buscar las causas que lo llevaron a convertirse en sujeto rebelde o revolucionario, ni de qué forma podría acomodarse a un sistema que aún conserva las mismas contradicciones que dieron origen a su justa indignación–. De ahí se desprenden reivindicaciones aprendidas: el derecho a la rebelión, la capacidad de conservar la actitud crítica frente a cualquier injusticia social y el espíritu de lucha por su transformación.
Nos enfrentamos entonces al reto de crear o imaginar otras formas de negociación política para enfrentar cualquier tipo de conflicto, sea social o armado, por separado o en su combinación. No podemos reducirnos a una sola categoría conceptual, ni asumir que la única vía sea el uso de las armas –el camino más fácil de reproducir por todos los involucrados en el conflicto–.
Se hace necesario buscar posibilidades distintas, modelos de negociación política diferentes a los ya existentes y caminados, para hacer nuevos caminos de esperanza que sienten las bases de una solución política con otros y nuevos relatos. Relatos que ilustren la apuesta de una cultura política en el ser y el hacer sin la eliminación del oponente, porque en su esencia esa es una solución política. En ella están implícitas las economías –en sus diversidades, no propiamente rentistas–, lo ideológico, lo social, lo cultural, lo filosófico, lo jurídico, lo histórico, lo geográfico en sus respectivas territorialidades, desde sus diversidades y narrativas, que abran la creación, la imaginación y la innovación en cada territorio con dimensión local‑global. Es aquí donde se revitaliza la comunidad política y la participación viva, la que surge del pensamiento crítico, transformador y rebelde, y que permanentemente fluye desde el convite, la cooperación, la solidaridad, la bondad, y se fortalece con el gobierno propio que brinda el espíritu comunitario y la vida en familia con la madre naturaleza. Así, el proceso se convierte en un contradictor radical frente al carril de las armas que ha tenido las condiciones para reciclar la guerra y los grupos mercenarios que garantizan la acumulación del capitalismo rentista propio del modelo económico armamentístico multinacional en nuestros territorios.
Asistimos entonces a un cuarto de hora decisivo para que el poder pedagógico popular se fortalezca y continúe, en su proceso dialéctico, materializándose en cada territorio, creando las condiciones para el diálogo político. Aquí la reincorporación es una conciencia colectiva que se ha materializado como propia desde los movimientos sociales y representa un reto de aprendizaje para el Estado, que históricamente la ha combatido en todas sus formas con estigmatización, señalamiento, condena, castigo y juicio, al ser objetivo de guerra de varios gobiernos de turno.
La invitación es a asumir el método y la metodología del arte de la palabra en la negociación política de las oposiciones, que se han convertido en uno de los fenómenos mejor instrumentalizados por su terquedad: el racismo, el clasismo, la xenofobia, la aporofobia y todas las fobias, bastante instaladas en las prácticas cotidianas y con grandes afecciones en la salud mental. Estas pueden demostrarse como el mejor alimento para la mentalidad fascista, aunque erróneamente las llamemos acosos. Debemos apuntar a un diálogo político para que las oposiciones –culturalmente bastante avanzadas– tengan los escenarios adecuados de libertad y ejercicio político para la democracia en sus debates argumentados, sin sectarismos, dogmatismos o verdades inamovibles. Debemos velar porque las contradicciones no terminen en conflicto y en el carril de las armas, sino que permanezcan en el escenario de la solución política.
Así que, aquí quedamos en la puerta del diálogo y la negociación política desde el arte de la palabra, sin reducirnos a una categoría conceptual que niegue la dialéctica en el tejido del poder pedagógico popular.
(Le llaman paz).
