La sabiduría popular suele ser cruelmente certera. “El que con lobos anda, a aullar se enseña” y “la manzana no cae lejos del árbol” son dos refranes que explican, mejor que cualquier discurso político, lo que está ocurriendo en Medellín con ciertos personajes que aspiran a representarnos. Y es que, cuando vemos al concejal del Centro Democrático, Andrés Gury, recorrer las calles con un garrote en la mano, amenazando manifestantes y justificando la violencia, no podemos evitar preguntarnos: ¿de qué árbol cayó esta manzana? ¿Con qué lobos ha aprendido a aullar?
Los hechos recientes son más que elocuentes. En octubre de 2025, mientras Medellín era escenario de manifestaciones legítimas, Gury Rodríguez apareció en la avenida El Poblado blandiendo un bate de béisbol, confrontando a los asistentes y declarándole la “guerra a todos los presentes”. No fue un arrebato menor: la Procuraduría General de la Nación abrió investigación disciplinaria en su contra por estas conductas, buscando determinar si incurrió en faltas graves al amenazar a ciudadanos que ejercían su derecho a la protesta.
Pero lo más grave ocurrió en diciembre del mismo año. En una licorera de El Poblado, el conductor del concejal asesinó de un disparo en la cabeza a un joven señalado de ser un atracador. Lo revelador no es solo el hecho en sí, sino el cambio de versión de Gury: primero dijo a la Policía que el delincuente lo había intimidado a él y le había robado su cadena de oro; al día siguiente, en un comunicado público, aseguró que eran testigos de un hurto contra el dueño del establecimiento. Dos versiones, una misma muerte y un concejal que, en lugar de clamar por justicia, justifica el hecho como “legítima defensa” mientras su escolta –un exmilitar contratado por prestación de servicios– dispara a quemarropa.
Este es el modelo de ciudad que nos ofrece el Centro Democrático: la ley del talión, el garrote como argumento, la violencia como primera respuesta. Y no es casualidad. Este partido, que hoy postula expresidente Álvaro Uribe al Senado, ha construido su poder de la mano de las mafias, y los datos históricos son tozudos: más de 70 congresistas, gobernadores y embajadores de este proyecto político han sido investigados, procesados o condenados por paramilitarismo y narcotráfico.
El caso más emblemático en Antioquia es el de Luis Alfredo Ramos, exgobernador y una de las figuras más cercanas a Uribe, condenado por la Corte Suprema de Justicia a casi ocho años de prisión por concierto para delinquir con grupos paramilitares. La Corte estableció que Ramos se alió con jefes de las AUC entre 2001 y 2007 para recibir apoyo económico y electoral, a cambio de intermediar para quitarles la presión de la fuerza pública. No es un señalamiento menor: la justicia probó que el otrora poderoso dirigente del Centro Democrático recibió dinero de los hermanos Castaño, del “Tuso” Sierra y de “Miguel Arroyave”, algunos de los más temidos jefes paramilitares que desangraron a Colombia .
Pero la historia no termina ahí. Santiago Uribe Vélez, hermano del expresidente, fue condenado en segunda instancia por el Tribunal Superior de Antioquia como creador y director de “Los 12 Apóstoles”, un grupo paramilitar que operó en Yarumal en los años noventa, dedicado a asesinatos selectivos bajo la figura de “limpieza social”. Mario Uribe Escobar, primo del exmandatario, también fue condenado por la Corte Suprema por concierto para delinquir dentro del escándalo de la parapolítica. Y ni hablar de la excuñada del expresidente, Dolly Cifuentes, extraditada a Estados Unidos por narcotráfico y lavado de activos. Siempre se ha dicho, que es particularmente extraño que Uribe Vélez siempre aparezca con “relaciones” con narcos, paras y corruptos, pero al parecer él “es una mansa paloma”.
Cuando Andrés Gury empuña un garrote y justifica la muerte de un joven de 20 años, no está haciendo otra cosa que repetir las lecciones aprendidas en su escuela política. Está aplicando el manual de quienes creen que el Estado se defiende con balas en lugar de con instituciones, de quienes piensan que la seguridad se logra exterminando al “desechable” y defendiendo a los “gomelos” en lugar de construyendo oportunidades.
Por eso, cuando este señor y su partido nos piden el voto, los antioqueños debemos recordar que la manzana no cae lejos del árbol. Su árbol ha dado frutos de horror y muerte durante décadas. No podemos permitir que sigan cosechando impunidad. Votar por ellos es votar por el regreso a los días más oscuros de nuestra historia, es avalar el garrote como política y el asesinato como defensa.
Ha llegado la hora de decirles que no. No al odio, no a la violencia, no a la herencia de los paramilitares vestidos de políticos. En estas elecciones, elijamos un futuro de justicia, igualdad y paz. No les demos la oportunidad de seguir haciendo daño.
