Vivimos tiempos extraños. Tiempos en los que la forma terminó por devorar al fondo, donde la imagen vale más que la sustancia y donde el entretenimiento ha dejado de ser una esfera de la vida para convertirse en su única lógica. No es una percepción solamente de “viejito” como ahora quieren hacernos ver a quienes no siempre somos tan políticamente correctos, sino el diagnóstico certero de una realidad que, como una epidemia silenciosa, ha carcomido los cimientos de nuestra cultura y, por ende, de nuestra política. Hoy, la decadencia social no es producto de una casualidad, sino el resultado directo de un fracaso cultural anunciado: la transformación de la vida en una mera representación, gobernada por las leyes vacías del espectáculo.
Tomando como brújula el análisis de Guy Debord en “La sociedad del espectáculo”, podemos afirmar que lo que Debord definió como una tendencia a ver el mundo a través de imágenes de los medios de comunicación se ha perfeccionado. Pero el fenómeno ha ido más allá. Esa lógica, que aísla y separa a los individuos, ha mutado en una verdadera hegemonía cultural en el sentido gramsciano del término. Ya no se trata solo de imponer ideas erróneas o contrarias a los principios elementales de humanidad y justicia para mantener el statu quo y defender los intereses de una clase sobre otra. Se trata de algo más profundo y perverso: se ha logrado instaurar el reinado de la cultura “tonta”. Una cultura donde se opera una inversión total de los valores, no solo los éticos –aquellos que permiten el buen vivir con los demás— sino también, y de manera crucial, los estéticos.
El primer síntoma de esta inversión lo encontramos en la decadencia de la cultura pop, ese gran aparato ideológico de nuestro tiempo. Asistimos a fenómenos que van más allá, como el ejemplo de la cosificación de la mujer que se hace desde expresiones basura de la cultura como el reggaeton; hemos llegado a un punto donde esa cosificación es reproducida y aplaudida por sus propias víctimas. El fenómeno de las llamadas “feministas reguetoneras” es quizás el ejemplo más grotesco de esta contradicción. Se envuelven en banderas de empoderamiento mientras corean letras que reducen el cuerpo femenino a un territorio de conquista y uso, validando así, desde una supuesta libertad, las mismas cadenas que el patriarcado les ha impuesto históricamente: “Yo perreo sola”
Esta contradicción alcanza su máxima expresión en figuras como Bad Bunny. No se trata aquí de un juicio al artista (si se le puede llamar así), sino al fenómeno cultural que representa y al que sirve. Su música, más allá del ritmo pegajoso, se ha consolidado como el himno de una generación que ha abdicado de la exigencia estética. Es la estética del consumo en su estado más puro: un producto diseñado para ser viral, para ser fácil, para ser desechable. Una música sin tono ni definición, que no busca trascender, sino solo ocupar un lugar en la lista de reproducción. Cuando una sociedad eleva a los altares de la cultura lo intrascendente, lo grosero y lo estéticamente pobre, está entrenando a su mirada para que también sea intrascendente, grosera y pobre cuando mire la realidad. Se adormece la capacidad de asombro, de crítica y de distinción. La consecuencia inevitable es una población acostumbrada a lo chabacano, que luego replicará esa misma falta de estándares en la elección de sus gobernantes.
Y es aquí donde el fenómeno cultural se revela en su faceta más peligrosa: la política. El escenario global se ha convertido en un reality show. La lógica del espectáculo, que antes se limitaba a los escenarios musicales, ha colonizado las urnas. El payaso televisivo, el personaje de la farándula, ha saltado del set de grabación al palacio de gobierno, demostrando que, en el fondo, da lo mismo entretener que gobernar.
¿Qué es Volodímir Zelenski en Ucrania sino el producto perfecto de esta fusión? Un comediante que hizo de presidente en una serie de ficción y terminó siendo presidente en la vida real, gobernando hoy una nación en guerra, atrapado en una dinámica geopolítica que lo supera. ¿Qué es Javier Milei en Argentina sino la encarnación del “conejo malo” en la política? Un personaje de rockstar, de gritos y motosierras, que vende consignas grandilocuentes y vacías como si fueran hits radiales, mientras su programa económico, más allá del ruido, se dirige a profundizar el ajuste sobre los mismos de siempre. Y qué decir de Donald Trump en Estados Unidos, el showman (y pedófilo) por excelencia, que entendió antes que nadie que la política ya no se hace con propuestas, sino con titulares escandalosos en Twitter y la estética grandilocuente del reality The Apprentice.
Estos personajes no llegan al poder por error o casualidad. Son los perros guardianes de una clase que ha comprendido que, para defender sus privilegios, ya no necesita intelectuales orgánicos al estilo clásico, sino bufones que distraigan a la plebe. Sirven a los ricos y poderosos no con sesudos informes, sino con un ruido ensordecedor que impide pensar. Son la consecuencia lógica de una sociedad que ha dejado de pensar críticamente y se ha acostumbrado a consumir.
Este fenómeno no es exclusivo de las grandes potencias; lo tenemos a la vuelta de la esquina. El Concejal de Medellín conocido como “El Gury” es el ejemplo caricaturesco de esta misma lógica. Una figura surgida del mundo del entretenimiento popular que pretende ocupar un escaño con las mismas herramientas de la farándula: el escándalo, la simplificación y la ausencia total de un pensamiento profundo. No es un advenedizo; es el producto genuino de una cultura que ha hecho del espectáculo su única forma de expresión.
Ante este panorama desolador, la tentación de la izquierda y los sectores progresistas ha sido, en muchos casos, la de imitar al adversario. Se han lanzado a la carrera por posicionar “influencers”, por ganar la batalla en TikTok, por tener el meme más gracioso. Se han subido al mismo carruaje del espectáculo, creyendo que así podrán llegar a las masas. Pero en ese proceso, han terminado por vaciarse a sí mismos. Han sobrepuesto el interés por ganar la próxima elección –la táctica inmediata– al fondo y al contenido de una propuesta humanista. Han querido convertirse en “ellos”, adoptando su moral, para derrotarlos.
Aquí resuena con fuerza la advertencia de León Trotsky en “Su moral y la nuestra”. No podemos caer en la trampa del moralismo abstracto que nos iguala a todos en un mismo plano. La diferencia radical entre nuestra lucha y la de ellos no es una cuestión de buenas intenciones, sino de clase y de proyecto histórico. Su moral, la moral de la clase dominante y de sus bufones, está al servicio de la explotación y el embrutecimiento. La nuestra debe estar indisolublemente ligada a la liberación humana. Como bien plantea Trotsky, los medios no pueden justificarse en fines abstractos, sino en el fin supremo del aumento del poder del hombre sobre la naturaleza y la abolición del poder del hombre sobre el hombre. Si para ganar un minuto de fama electoral adoptamos las formas vacías y la estética banal del espectáculo, estamos traicionando ese fin. Estamos usando medios que ya contienen en sí mismos la derrota de nuestros principios.
Por eso, la salida no es competir en el terreno de la tontería. La salida es la reconstrucción de una postura rebelde desde la contrahegemonía cultural. Necesitamos volver a cultivar una estética humanista, profunda y trabajada. Una estética que reivindique el valor de lo bello no como un lujo, sino como una necesidad del espíritu para no sucumbir a la vulgaridad. Una cultura que vuelva a enseñar a pensar, a dudar, a cuestionar, en lugar de solo a consumir y a reírse de las ocurrencias del payaso de turno.
Solo vinculando esta contrahegemonía cultural a una auténtica contrahegemonía política podremos construir una alternativa real. Una política que no tenga miedo de hablarle a la gente con respeto, que no subestime su inteligencia y que ofrezca, en lugar de consignas vacías, un horizonte de sentido. Mientras sigamos pensando que la batalla se gana con el mejor eslogan de 15 segundos, seguiremos siendo funcionales a la decadencia. La verdadera rebelión comienza cuando apagamos el televisor, cuando dejamos de bailar al ritmo del consumo y nos atrevemos a pensar, de nuevo, por nosotros mismos. O reconstruimos el pensamiento y la sensibilidad, o seguiremos gobernados por políticos con bates y conejos malos.
