Hablo de limpieza espiritual no como un rito religioso, sino como un acto político profundo. Durante demasiado tiempo, en Bello hemos permitido que la corrupción habite no solo en las instituciones, sino en nuestros corazones. No me malinterpreten: no digo que seamos corruptos, digo que nos han enseñado a naturalizar lo innatural, a aceptar como normal que unos pocos se apropien de lo que es de todos. Hemos llegado a un punto de destrucción tal, que vivimos una muerte en vida: comunidades sin agua potable mientras los contratos se desvían, jóvenes sin oportunidades mientras las nóminas paralelas engordan, barrios sin alcantarillado mientras los exalcaldes engrosan sus cuentas bancarias.
Por eso, en esta hora, invocamos la sabiduría de Monseñor Romero, aquel que nos enseñó: “Busque a Dios y lo encontré en el pueblo”. Y es que lo sagrado no está solo en los templos, está en el dinero público, en esos impuestos que cada ciudadano paga con el sudor de su frente. El erario es sagrado porque es la vida de la gente transformada en recursos para el bien común. Y cuando un político se roba eso, no comete solo un delito fiscal: comete un sacrilegio contra la dignidad humana.
Acompáñenme a recordar a los inquilinos de esa maquinaria de la desesperanza. Empezamos con Rodrigo Arango, avalado por el Partido Liberal, pero nunca solo: porque nadie en el Estado roba solo. Detrás de cada saqueo hay una red de funcionarios cómplices, de contratistas amigos, de testigos falsos que callan. Luego vino la dinastía de los Suárez: Carlos Muñoz, Oscar Suárez, Olga Suárez, César Suárez, todos cobijados por el Partido Conservador, turnándose la alcaldía como quien hereda una finca. Y para cerrar el círculo de infamia, la última joyita: Óscar Andrés Pérez, avalado por el Centro Democrático. Veinticuatro años, digo bien, veinticuatro años de la misma práctica: alianzas entre partidos que se odian en las cámaras, pero se aman en los presupuestos.
¿Y qué han logrado? Han impedido que los dineros públicos se distribuyan de forma equitativa. Nos han condenado a vivir sin Estado, a pesar del Estado y contra el Estado. Porque cuando los corruptos gobiernan, el Estado desaparece para el pueblo: no hay salud, no hay educación de calidad, no hay infraestructura social. El Estado solo aparece para cobrar impuestos y para beneficiar a los amigos del poder.
Pero el pueblo de Bello, en su sabiduría acumulada de luchas obreras y resistencia comunal, ha dicho: basta. Ha llegado el momento de hacer justicia social con las herramientas que tenemos. La primera herramienta es el voto con dignidad y conciencia. Votar por el que no tiene investigaciones, por el que no hace parte de estos partidos con prácticas corruptas, por el que no tiene vínculos oscuros con los que roban. Votar, así sea la primera vez, así haya votado por ellos antes. Lo importante es que este 08 de marzo hagamos limpieza espiritual colectiva.
Porque la limpieza espiritual no es individual: es un acto comunitario. Es decidir, como barrios y veredas, que no vamos a seguir reproduciendo la clientela politiquera. Es crear desde nuestras comunidades gobiernos territoriales que construyan Estado desde abajo, desde el respeto, la cooperación, la bondad y la solidaridad. Tenemos que ir más allá del Estado corrupto para construir un Estado humano. Y lo humano no puede ser solo una función burocrática; debe ser una garantía para que la vida florezca.
Hoy empezamos a limpiar nuestros corazones. Mañana, con el voto limpio, libre y democrático, reafirmaremos lo que queremos ser: un pueblo tejiendo Estado, en familia y en comunidad.
Si nunca ha votado, inténtelo ahora. Si votó por los corruptos, también puede redimirse. La esperanza se teje entre todos. Los espero para construir, desde la gobernabilidad territorial, la próxima esperanza.
