Durante más de treinta años, en Bello nos han formado en la discapacidad política. Sí, como lo leen. Nos educaron a golpe de clientelismo, a punta de dinero fácil en las campañas y con la corrupción instalada como única forma de gobernar. Crecimos viendo cómo las maquinarias empresariales se apropiaron de lo público, no para servir, sino para enriquecerse. Esos grupos, que se disfrazan de partidos políticos, aprendieron a vivir de nuestros impuestos, convirtiendo la administración municipal en un botín para pocos, mientras a la mayoría nos dejaban migajas y desesperanza.
Esa clase política tradicional nos enseñó a odiar la política. Con su ineptitud y su burocracia, lograron que más de ciento cincuenta mil bellanitas inteligentes, personas con criterio y capacidad, hoy le huyan a las urnas. ¿La razón? Perdimos la fe. Creemos, que con esta cultura política mafiosa nada puede cambiar. Y es que es lógico: cuando el que gobierna lo hace para pagar favores a los pocos que financiaron su campaña, el pueblo queda en deuda. Esa deuda histórica es la que hoy nos convoca a saldar.
Pero de las entrañas de esa destrucción moral, siempre emerge la vida. Bello no es solo el territorio de los malos gobiernos; Bello es también la cuna de la dignidad obrera. Nuestros abuelos y bisabuelos, aquellos fundadores que lucharon por el derecho a una vivienda digna, nos dejaron una semilla. Esa semilla es la que hoy, desde el movimiento social y popular, estamos recuperando. Esa es la nueva cultura política que estamos pariendo: la que nace del pueblo, para el pueblo y con el pueblo.
Porque la política no se hace solo en los concejos o en las asambleas. La verdadera política, la que transforma, se teje en el día a día. Está en el convite del barrio, en la danza que alegra la esquina, en el poema que le cantamos al río, en el deporte que le roba un joven a la violencia. Está en la solidaridad vecinal cuando alguien se enferma, en el cuidado colectivo de la quebrada, en la bondad que resiste a la indiferencia. Esa es la política que vale, la que florece para la vida y nos permite disfrutar de la vida sabrosa, de los buenos vivires.
Nuestras candidaturas como Comunes en su momento con el Pacto Histórico y hoy con la Coalición Fuerza Ciudadana, nunca se ha basado en pedir un voto para ocupar una curul. Siempre ha sido la invitación a construir un nuevo pacto social. Uno verdaderamente histórico por Bello, un acuerdo con la naturaleza, con la paz y con la convivencia. Necesitamos que el Estado aprenda de lo que ocurre en los territorios, que los funcionarios entiendan que gobernar no es mandar desde un escritorio, sino obedecer al pueblo. Ese es el principio del mandar obedeciendo: escuchar al campesino, al joven, al líder comunal, a la mujer cabeza de familia.
Este es un acto colectivo. La gobernabilidad no puede seguir siendo un cheque en blanco para que cuatro ineptos sigan cobrando por no hacer nada. La gobernabilidad debe ser comunal, debe tejerse en asambleas, en las juntas de acción comunal, en las ollas comunitarias. Por eso, nuestro compromiso es con la unidad organizativa, con fortalecer el tejido social desde la base.
Ha llegado la hora de darle nacimiento a esa nueva cultura política. De arrebatarle Bello a las mafias de las maquinarias y devolvérselo a su gente. Este es un momento de refundación ética. Es un momento de sembrar, para que dentro de cuatro años, no solo tengamos una curul, sino un pueblo empoderado, consciente y organizado, que sea capaz de cantar, danzando y sin miedo:
¡Bello puede! ¡Bello puede! ¡Bello puede!
