El 8 de marzo de 2026 Colombia celebrará las elecciones legislativas en las que se elegirán los integrantes del Congreso de la República para el periodo 2026‑2030, en simultáneo con consultas interpartidistas para la definición de candidaturas presidenciales de cara a la primera vuelta del 31 de mayo de 2026. De acuerdo con la normatividad vigente, se elegirán 103 senadores (100 de circunscripción nacional, 2 de circunscripción especial indígena y 1 curul para el candidato presidencial que ocupe el segundo lugar) y 183 representantes a la Cámara, incluyendo curules territoriales, especiales étnicas, de colombianos en el exterior y las 16 curules de paz (CITREP), así como una curul adicional para la fórmula vicepresidencial en segundo lugar.
Desde una perspectiva marxista, las elecciones consolidan un terreno privilegiado para medir correlaciones de fuerza entre clases y fracciones de clase en la sociedad capitalista, donde se deciden orientaciones de política en torno a distribución de la riqueza, derechos laborales y modelo de desarrollo, aunque en este ejercicio no se agota la política. En el contexto colombiano el ascenso de Gustavo Petro en 2022 y la aprobación en 2025 de una reforma laboral de amplio alcance sitúan el ciclo electoral de 2026 como un momento decisivo para la clase trabajadora, que enfrenta la doble tarea de defender conquistas recientes y avanzar en la construcción de su propia organización y conciencia de clase.
En la tradición marxista, la clase social se define por la posición que los grupos ocupan en las relaciones de producción, particularmente en torno a la propiedad o no de los medios de producción y a la necesidad de vender la fuerza de trabajo para subsistir, más que por niveles de ingreso o estilos de vida. Marx y la literatura marxista posterior distinguen entre una “clase en sí”, esto es, un conjunto de individuos situados objetivamente en una misma posición estructural frente al capital, y una “clase para sí”, que emerge cuando ese conjunto se reconoce como sujeto colectivo con intereses comunes y se organiza políticamente en función de ellos.
Así, definirnos como clase requiere una respectiva conciencia. Esta conciencia de clase puede definirse, en términos generales, como la capacidad de los miembros de una clase de comprender las relaciones antagónicas (económicas, políticas e ideológicas) que estructuran la sociedad capitalista y de orientar su acción colectiva a partir de esa comprensión. Autores como Georg Lukács, Rosa Luxemburgo, Antonio Gramsci y otros subrayaron que esa conciencia no surge de manera automática de la posición económica, sino que se construye históricamente en la lucha, mediada por organizaciones, culturas políticas y prácticas cotidianas, de modo que puede haber desajustes entre posición objetiva e identidad subjetiva de clase.
Desde esta perspectiva, la clase trabajadora colombiana no está alejada para constituir su conciencia de clase, sin embargo, se encuentran factores dispersos en la sociedad como un entramado productivo “desigual y combinado”, en el que coexisten sectores de alta productividad (servicios financieros, minería, comercio organizado) con amplias zonas de informalidad, subempleo e intermediación laboral que fragmenta las experiencias cotidianas de explotación. Esta heterogeneidad refuerza la necesidad de un trabajo político e ideológico que articule a asalariados formales e informales, trabajadores por cuenta propia y contratistas, más allá de sus diferencias contractuales inmediatas, sobre la base de su condición común de vendedores de fuerza de trabajo.
En este caso ¿cuáles son las condiciones materiales de la clase trabajadora colombiana? en el contexto colombiano, el contrato de prestación de servicios, de naturaleza civil o comercial, se ha convertido en una figura ampliamente utilizada para vincular personal sin reconocer formalmente una relación laboral subordinada, en particular en el sector público, la experiencia de miles de colombianos y sus demandas en la jurisdicción laboral (más unas cuantas miles que no se presentan por miedo al despido) sugieren que esta figura se emplea de manera sistemática para encubrir verdaderas relaciones laborales (lo que la jurisprudencia constitucional denomina “contrato realidad”) trasladando al trabajador costos y riesgos que en un contrato laboral deberían ser asumidos por el empleador.
Desde una óptica marxista, estas formas contractuales, incluyendo muchos trabajos denominados “freelance”, no sacan a quienes las ejercen de la clase trabajadora en la medida en que continúan dependiendo de la venta de su fuerza de trabajo a clientes o contratantes que controlan los medios de producción y la demanda efectiva, en su lugar, constituyen modalidades de precarización que intensifican la explotación al desdibujar la relación salarial, individualizar la negociación e impedir el acceso efectivo a derechos colectivos y a la acción sindical.
Sin embargo, el panorama no presenta desánimo, en cambio, se encuentran dadas las condiciones objetivas para la construcción de la conciencia de clase. El triunfo electoral de Gustavo Petro en 2022 y las masivas movilizaciones de 2019‑2021 reflejan un cierto “despertar social” entre sectores históricamente subordinados, que encontraron en aquel proyecto político un canal institucional para demandas acumuladas de redistribución y reconocimiento. Ante este panorama se presenta una polarización intensa, en la que sectores de derecha rearticulan identidades políticas en torno al temor a la pérdida de privilegios y al rechazo de reformas estructurales.
A pesar de la reacción de los sectores tradicionales, en junio de 2025, el Congreso colombiano aprobó la reforma laboral impulsada por el gobierno de Gustavo Petro, tras un accidentado trámite legislativo que incluyó hundimientos parciales, una propuesta de consulta popular y fuertes resistencias empresariales, coordinadas con los medios tradicionales de comunicación, aún con esto, la voluntad popular se impuso, la reforma fue aprobada y ha sido presentada por el gobierno como la transformación más profunda en materia de derechos laborales en al menos dos décadas.
Desde el prisma de la economía política marxista, estas modificaciones no alteran el carácter de clase del Estado ni la lógica de producción de plusvalía, pero sí intervienen en la distribución de ésta y en las condiciones inmediatas de reproducción de la fuerza de trabajo, reduciendo parcialmente la tasa de explotación en ciertas ramas y ampliando márgenes de tiempo libre y seguridad para segmentos importantes de la clase trabajadora. En este sentido, la defensa de la reforma forma parte de la lucha por reformas dentro del capitalismo que, aunque limitadas, contribuyen a acumular fuerzas, elevar expectativas y fortalecer la organización obrera.
Por esto, las elecciones del 8 de marzo de 2026 definirán la composición del Senado y la Cámara de Representantes que deberán implementar o, eventualmente, revertir la nueva arquitectura laboral y social aprobada en el actual periodo presidencial. Al mismo tiempo, las consultas interpartidistas que se celebren ese día permitirán a diferentes bloques políticos escoger candidaturas presidenciales, configurando alianzas a favor o en contra de la profundización de las reformas.
En este escenario, el voto de la clase trabajadora, entendida de manera amplia como asalariados formales e informales, trabajadores por cuenta propia dependientes de pocos clientes, contratistas por prestación de servicios y sectores desempleados o subempleados, adquiere un papel estratégico para defender la reforma laboral y otras conquistas en materia pensional y de derechos sociales. Desde una óptica marxista, se trata de utilizar el terreno electoral como un campo de lucha donde bloquear el retorno de fuerzas abiertamente hostiles a los intereses de los trabajadores y respaldar a quienes impulsaron transformaciones favorables a la clase trabajadora, sin caer en la ilusión de que este terreno agota la política de clase.
Retomar y profundizar la conciencia de clase
Por otro lado, la reconstrucción de la conciencia de clase en Colombia exige disputar las narrativas que presentan a amplios sectores asalariados e independientes como “clase media” neutra, aislándolos de los conflictos redistributivos y de poder que atraviesan su vida cotidiana. Los conceptos marxistas de “clase en sí” y “clase para sí” ayudan a comprender que millones de trabajadores, incluidos quienes viven en estratos residenciales medios y altos o laboran bajo figuras de trabajo independiente, comparten intereses objetivos frente al capital, aunque todavía no se reconozcan subjetivamente como parte de una misma clase.
Debates contemporáneos en la teoría marxista insisten en que la clase trabajadora no se convierte automáticamente en “sepulturera” del capitalismo, sino que su capacidad transformadora depende de procesos prolongados de organización, politización y disputa ideológica. En Colombia, autores que analizan el ciclo de movilizaciones recientes advierten que el “despertar social” convive con fuertes corrientes conservadoras, clientelismo y miedo al cambio, lo que obliga a pensar estrategias pacientes y acumulativas de construcción de poder de clase para avanzar en su consolidación y el logro de sus objetivos.
Organización alrededor de salarios, jornadas y tiempo libre
Así las cosas, en un ambiente de “construcción” o “rescate” de una conciencia de clase en Colombia implica reconocer que la lucha por el salario y por la jornada de trabajo condensa la contradicción fundamental entre capital y trabajo, al determinar la proporción entre tiempo de trabajo necesario y trabajo excedente en la producción de valor. La reivindicación de salarios justos, jornadas más cortas y ampliación del tiempo libre se vincula, por tanto, con el horizonte de humanización del trabajo y de emancipación de la vida frente al imperativo de la ganancia privada.
En Colombia, la reforma laboral aprobada, junto con la reducción paulatina de la jornada semanal a 42 horas establecida por la Ley 2101 de 2021, se inscribe en esta disputa sobre el uso social del tiempo, frente a dinámicas empresariales que tienden a intensificar ritmos de trabajo y extender la disponibilidad del trabajador mediante tecnologías digitales y modalidades de trabajo a distancia. La organización sindical y social en torno a ejes como salarios dignos, jornadas razonables, derecho al ocio y reconocimiento de particularidades sectoriales sin explotación (incluyendo a teletrabajadores, repartidores de plataformas, contratistas de prestación de servicios y trabajadores rurales) ofrece un terreno privilegiado para articular a fragmentos dispersos de la clase trabajadora, tan necesarios en la tarea de fortalecer el movimiento de trabajadores en el país.
Más allá de lo electoral: Estado burgués y horizonte de superación de la sociedad de clases
El marxismo clásico sostiene que el Estado burgués, incluso en sus formas democráticas, funciona como un aparato que garantiza la reproducción de las relaciones capitalistas de producción y la dominación de clase, aun cuando pueda incorporar demandas parciales del movimiento obrero. Desde esta perspectiva, las reformas laborales y sociales conquistadas por vía parlamentaria son resultado de la presión de la lucha de clases y constituyen momentos de una estrategia más amplia que, sin renunciar a ellas, mantiene como horizonte la superación del capitalismo.
En el caso colombiano, la fragmentación política de la izquierda ha limitado la capacidad de la clase trabajadora para traducir sus luchas económicas en un proyecto político único y propio que dispute el poder estatal. De ahí que la organización actual que hoy se expresa de manera importante en el terreno electoral, a través del apoyo a fuerzas que defienden la reforma laboral y otras conquistas, deba proyectarse en el mediano y largo plazo hacia formas de autoorganización capaces de unificar a las fuerzas alternativas en un solo bloque para la defensa de un proyecto por la vida y posteriormente, con la acumulación de fuerzas, cuestionar estructuralmente al Estado y al régimen de propiedad desigual imperante en Colombia.
En consecuencia, el objetivo estratégico sigue siendo la abolición de la sociedad de clases mediante la transformación de las relaciones de producción y la construcción de formas de poder popular que instauren instituciones de democracia de los productores asociados. Sin embargo, la discusión detallada sobre las vías, ritmos y formas de esa superación excede el propósito inmediato de este momento electoral; en el presente, la tarea central de la clase trabajadora en Colombia es defender en las urnas las conquistas alcanzadas, acumular fuerza organizada y mantener vivo el horizonte de una sociedad más allá del capital.
