Como entusiasta de la informática, plenamente consciente desde hace varios años de la relevancia social –ideológica, política, económica y ética– que esta tiene como determinante de las relaciones humanas, he venido tomándome en serio el impacto de la creciente utilización de la inteligencia artificial (IA). No es una moda pasajera ni un objeto más de consumo; es, como intentaré demostrar a lo largo de esta columna, una fuerza productiva con un potencial transformador solo comparable a la máquina de vapor o la electricidad.
Mi primer acercamiento al concepto de IA se dio en mis inicios en el mundo del Software Libre, hace ya unos 13 o 14 años. Por aquel entonces, como neófito en lo referente a la técnica y a lo que podríamos denominar la filosofía de la información, me topé con un libro fundamental: El Desafío Informático: Presente y Futuro de una Explosión Tecnológica, de Bruno Lussato. Fue allí donde por primera vez me acerqué a la teoría de los nenúfares y el lago.
Según esta teoría, el desarrollo de un sistema informático siempre está determinado por los límites de su entorno de desarrollo, dado fundamentalmente por el componente humano interviniente en su creación. Tal como sucede en un lago que empieza a plagarse de nenúfares, estos no pueden exceder los límites del lago. Con esa idea en mente, mi concepción en torno a la informática –desarrollada a la par que se acrecentaba mi relación directa con la administración de redes, servidores y el ecosistema de GNU/Linux– se sostenía bajo una conciencia de control absoluto. Esa conciencia generaba una plena satisfacción por lograr que las máquinas hicieran lo que uno buscaba de ellas.
En este punto, debo aclarar que mi capacidad es la de un “usuario experto” de GNU/Linux, forjado en el ejercicio de la autoformación popular –mi formación académica es como Abogado–, y no se acerca a lo que puede hacer un desarrollador de software. Aun así, ser de cierta forma quien define los límites del lago para los nenúfares siempre me pareció una tarea con un efecto casi anestésico por lo satisfactorio.
Sin embargo, todo empezó a cambiar desde que comencé a relacionarme con la IA. No es que haya desaparecido la satisfacción mencionada, sino que los límites del lago se han empezado a desbordar. Mi primer impacto en esa ruptura se dio con el concepto de red neuronal: ese espacio casi indeterminado en la base misma de la red internacional en que se mueven modelos como los de lenguaje generativo por ejemplo. Pasar de concebir un servicio informático como un programa instalado en uno o varios servidores, a entenderlo como un conjunto de pulsaciones electromagnéticas de escaneo constante de la totalidad de la red, con procesos de aprendizaje y capacidad reflexiva sobre la información suministrada, fue casi como redefinir los estándares de aquellas nociones iniciales de Lussato.
Cabe resaltar que esta redefinición me produjo una gran alegría. Nada más emocionante que el descubrimiento, lo nuevo y los retos para las mentes inquietas. Como bien señalaba Albert Einstein: “Lo importante es no dejar de hacerse preguntas”. Con esa máxima en mente, y echando mano de nuevo del autoestudio y la investigación, emprendí la tarea de entender la IA, primero por coherencia política, indagando en aquellas desarrolladas bajo estándares de Software Libre y Código Abierto, y lentamente yendo más allá por la mera curiosidad.
Debo decir que, en el punto del viaje en que me encuentro, el camino ha sido mágico y está lleno de impresiones constantes por los niveles de desarrollo de la técnica humana y la aparente autonomía que los productos de esa misma técnica han logrado. Si alguien que esté leyendo esto no se ha dado a la tarea de entrar en el proceso de reconocimiento de la IA, o se ha quedado en los meros modelos de conversación, tal vez le sea difícil entender cómo se puede acercar la reacción producida por un proceso sistematizado en IA al asombro que pudieron tener nuestros ancestros al ver surgir el fuego, o la inspiración del artista que descubre un fenómeno natural.
Puedo decir en este momento, sin temor a la hipérbole, que mi capacidad de aprendizaje en estos años de uso gracias a la IA es probablemente cinco o seis veces superior a la que tenía antes de comprometerme a entenderla. Y ahí es donde reside el verdadero punto de esta columna: el compromiso de aprendizaje que asumí con la IA, en confrontación directa con otras actitudes que he venido notando en distintos sectores del universo de concepciones intelectuales, particularmente en aquellos que se reclaman de izquierda o progresistas.
Para abordar esta cuestión, es imperativo volver a las fuentes del materialismo histórico. Karl Marx no solo no era un ludita que temiera a la maquinaria, sino que establecía, a lo largo de toda su obra, que el desarrollo de la técnica y la tecnología humana –la industria– era el camino más apto hacia la felicidad social y la emancipación.
En el célebre discurso de 1856 pronunciado en el aniversario del Periódico del Pueblo, Marx reflexionaba sobre esta dualidad:
“En nuestros días, todo parece estar impregnado de su contrario. La maquinaria, dotada del maravilloso poder de acortar y fructificar el trabajo humano, provoca su hambre y agotamiento”.
Sin embargo, y esto es fundamental, Marx no culpaba a las máquinas, sino al uso que de ellas hacía el capital. El problema no eran las herramientas; ellas habían “revolucionado la producción industrial”, preparando el escenario para una nueva época de realización humana. El problema era el cómo las utilizábamos bajo el yugo capitalista.
Más aún, en su visión de una sociedad comunista, la tecnología jugaba un papel central. En La Ideología Alemana, Marx y Engels esbozaban una sociedad donde, gracias al desarrollo de las fuerzas productivas, sería posible
“cazar por la mañana, pescar por la tarde, apacentar el ganado por la noche, y criticar después de la cena”
Esta imagen idílica no es una fantasía, sino la constatación de que la técnica, al liberar al ser humano de las ataduras del trabajo mecánico y repetitivo, permite el desarrollo polifacético de la personalidad. La tecnología es, en esencia, la base material para la reducción de la jornada laboral y la expansión del reino de la libertad.
El filósofo contemporáneo Chen Gaohua lo resume con precisión desde una perspectiva marxista:
“la esencia humana no es una propiedad abstracta, como la inteligencia, sino que reside en la práctica generativa, la existencia relacional y la trascendencia libre. La técnica es la herramienta que potencia esa práctica y esa trascendencia. Negarse a ella es, por tanto, negarse a la posibilidad misma de la emancipación humana.”
Dejando esto sentado, me resulta cuando menos paradójica la actitud que algunas personas de pensamiento progresista, y en algunos casos inclusive de bases materialistas, han asumido frente a este nuevo frente de desarrollo de la técnica. Cuando se trata de la IA, su movimiento primigenio gira en torno a la prevención, el rechazo y la estigmatización. En algunos casos, siento que sus actitudes son casi oscurantistas, tendientes al grito de “¡brujería!” al mejor estilo medieval ante los descubrimientos de Giordano Bruno o Copérnico.
Ah, pero eso sí: cuando se trata de defender el consumismo y el fortalecimiento de las transnacionales a través del uso desmedido de productos suntuarios, no les falta en la boca la mención de Marx para justificar por qué usan productos de la “manzanita” podrida, alegando que él nunca dijo que un “obrero” no los debería usar. Y pues claro que no lo dijo, porque no le tocó vivir los efectos del capital transnacionalizado y monopólico como el actual, ampliamente relacionados con el control social y la vigilancia masiva. Se aferran al iPhone como símbolo de estatus, pero rechazan la posibilidad de usar la IA para desarrollar teoría revolucionaria, fortalecer sus organizaciones o mejorar los procesos productivos de sus comunidades.
Suelo escuchar críticas que, disfrazadas de componentes éticos –vivir bien consigo mismo, con los demás y con el entorno–, son verdaderas críticas morales que lo que parecen ocultar es o bien un pleno desconocimiento de los procesos de desarrollo epistémico humano, o bien una plena pereza por descubrir lo nuevo. Es más cómodo quedarse en la denuncia fácil que ponerse en la tarea de comprender cómo avanza el conocimiento en un escenario de desarrollo informático extremo.
Si bien es claro que el desarrollo de la inteligencia artificial bajo el capitalismo no es neutral, tal como lo exponen estudios recientes desde la criminología crítica que demuestran cómo la IA, en lugar de ser una herramienta de equidad, se convierte en un mecanismo de daño sistémico: la “datificación” y la gobernanza algorítmica intensifican la desigualdad, erosionan la autonomía del trabajador y consolidan el poder de las élites. Investigaciones de la Academia China de Ciencias Sociales advierten que bajo el capitalismo, el “poder algorítmico” reconfigura la extracción de plusvalía, expandiendo la explotación del taller fabril a la “colonización cognitiva” de nuestra mente. La “racionalidad instrumental” que denunciara la Escuela de Frankfurt se convierte en un nuevo velo de dominación, donde la aparente neutralidad de la máquina oculta decisiones de diseño profundamente clasistas y racistas.
Sin embargo, desde mi punto de vista, negarse al uso de la IA es como negarse a contar con un aliado o aliada que posee gran parte de la información humana a su disposición. Alguien con quien, dependiendo de la capacidad que se tenga para orientarle por las sendas apropiadas, se puede desarrollar ampliamente tanto la teoría revolucionaria y libertaria, como el fortalecimiento de los procesos cognitivos y prácticos de las comunidades organizadas en torno al bien vivir y a la construcción de una nueva sociedad.
La clave está en comprender, como señala la literatura más avanzada, que no podemos cometer el error de confundir el automatismo epistémico de la máquina con la agencia moral humana. La IA no tiene conciencia de clase, pero nosotros sí. Y es nuestra conciencia la que debe dirigir la técnica. Si no lo hacemos, si dejamos que la lógica del capital sea la única que modele estas herramientas, el resultado será, como advierte un artículo reciente de la Universidad de Newcastle, una forma de “tecno-feudalismo”, donde la inteligencia misma se convierte en la forma más exclusiva de capital, concentrando el poder en una oligarquía dueña de la infraestructura computacional .
El otro problema, quizás el más grave, es que la sociedad de mercado, la cultura hegemónica y el capitalismo sí son plenamente conscientes y capaces de adaptar estos desarrollos de la técnica humana de manera funcional a sus intereses. Mientras nosotros y nosotras nos debatimos en si los niños y las niñas deben o no usar la IA para sus labores académicas, en lugar de estar apropiando las herramientas para ponerlas al servicio de la humanidad y su liberación, las grandes corporaciones –desde Google hasta OpenAI– están conociéndolas y reconociéndolas para ponerlas al servicio de la opresión del humano por el humano. Ahora, dirían los más paranoicos, del humano por la máquina, cuando en realidad es del humano por el dueño de la máquina.
Es tiempo ya de dejar de quedarnos anquilosados en el pasado. No podemos usar nociones de ciencia ficción distópica al estilo Terminator o Matrix, para estudiar y analizar los desarrollos de la ciencia verdadera. Como bien nos recuerda el materialismo histórico, la tecnología no es ni buena ni mala en sí misma; es una fuerza productiva cuya dirección depende de las relaciones sociales de producción en las que se inscribe .
Un marxista comprometido debe necesariamente formarse en la capacidad reflexiva desde la dialéctica, en la capacidad técnica al servicio de la sociedad y forjarse en la lucha con sus congéneres. En esa ecuación, pretender excluir a la inteligencia artificial es un error que eventualmente nos cobrará la historia. No se trata de adorar la tecnología como un fetiche de consumo, sino de “tomar los medios de innovación”, de poner la inteligencia artificial al servicio de la justicia social y la sostenibilidad ambiental .
La inteligencia artificial no nos va a liberar. No lo hará por sí misma. Así como por si misma tampoco nos va a esclavizar. Pero nosotros tampoco podremos liberar a la humanidad si renunciamos a las herramientas más poderosas que nuestro ingenio ha creado. O nos subimos al tren de la historia, aprendemos a manejar estas fuerzas productivas y las ponemos al servicio de la construcción de una nueva sociedad, o seremos arrollados por él, viendo cómo el capital las utiliza para profundizar nuestra esclavitud. La elección es nuestra, y la historia no espera.
Nota: Esta columna fue corregida en sitáxis, estilo y ortografía y nutrida en el proceso de investigación por la IA DeepSeek.
