Asistimos, en esta tercera década del siglo XXI, a la expresión más descarnada de la guerra imperialista del mercado capitalista neoliberal. No se trata ya de conflictos armados con frentes de batalla definidos, como en las guerras del siglo pasado. Hoy, la guerra se cultiva en cada territorio, y dentro de estos, en el más íntimo y esencial: el territorio cuerpo. Estamos inmersos en un proceso histórico de enajenación total –de lo político, lo económico, lo ideológico y lo militar– que ha creado las condiciones perfectas para la globalización de las bandas y el pillaje. Este fenómeno no es un efecto colateral; es la estructura misma sobre la que se erige el crimen organizado transnacional, un engranaje indispensable para la acumulación de capital en su fase más depredadora.
Podemos rastrear las formas de reclutamiento para estas milicias del capital comenzando por el mercenarismo, la industria de la guerra privatizada. En este esquema, la seguridad se convierte en una mercancía más, sujeta a las lógicas de la tercerización y la subcontratación. La “vigilancia capitalista” se vende como la única garantía posible para el orden, pero su efecto perverso es la liberación de los Estados de sus responsabilidades ineludibles en materia de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario. Este modelo económico no es más que una versión contemporánea del gladiador del Imperio Romano: un hombre (o mujer) reducido a mercancía, obligado a matar para sobrevivir, en un circo mediático que normaliza la violencia. El uso de la fuerza, en esta lógica, queda despojado de cualquier legitimidad ética o política para convertirse en un instrumento más de la dominación imperialista.
Recuerdo siempre la lúcida frase de un campesino haitiano, que con una sabiduría simple pero profunda dijo: “Primero los gringos nos arrodillaron con sus ametralladoras y ahora nos arrodillan con sus cochinos dólares”. Esa es la esencia del primer reclutamiento: el voluntario. La industria de la guerra, a través de la vigilancia capitalista, promete la llave para salir de la pobreza. Ofrece los “cochinos dólares” a todo aquel que esté dispuesto a enriquecerse asesinando a otros seres humanos, sin importar quién sea el señalado ni bajo qué argumentos. El asesinato del presidente de Haití es un ejemplo perfecto de esta lógica mercenaria. Pero la lista es larga y trágica: las guerras en Afganistán, Irak, Libia, y ahora Ucrania, se alimentan de este ejército de reserva de jóvenes a quienes se les vende la ilusión de un futuro a cambio de su capacidad de destrucción. Es el contrato del gladiador moderno, firmado con sangre.
Luego, tenemos el reclutamiento forzoso. En Colombia, este no es un fenómeno nuevo, sino una constante histórica que ha mutado y se ha perfeccionado con el tiempo. Los asesinatos en nuestro país han sido posibles gracias a una articulación perversa entre estructuras ilegales y organismos del Estado. Lo vimos con los pájaros y los chulavitas, y más tarde con el paramilitarismo en su última versión. Esta simbiosis, este contubernio, ha sido analizado en detalle en casos emblemáticos como las masacres de los llamados “falsos positivos”, donde jóvenes eran engañados y reclutados para la muerte con la promesa de un empleo, para ser presentados como bajas en combate por la fuerza pública. Es también el genocidio cometido contra la Unión Patriótica, el crimen de Jorge Eliécer Gaitán, el de Galán. Todos estos hechos comparten una raíz común: la aplicación del terrorismo de Estado al servicio de sectores económicos poderosos, ya sean multinacionales, narcotraficantes o terratenientes ávidos de despojar de sus tierras a campesinos, indígenas y afrodescendientes.
Fue precisamente ante este terrorismo de Estado que se crearon las condiciones para la resistencia. La rebelión, que en un principio es una respuesta defensiva ante la agresión, deviene con el tiempo en fuerza armada insurrecta, conspirativa y anómala. Esta fuerza se activa y se repliega en el devenir del conflicto, según la caracterización de un enemigo que no es otro que el sistema capitalista y su industria militar. No se puede entender la existencia de la insurgencia sin comprender primero la violencia estructural y política que la precede y la provoca como respuesta emancipatoria, por más controversial que esta sea.
Finalmente, llegamos al eslabón más bajo y trágico de esta cadena: el reclutamiento para la muerte. Este es el espacio del crimen organizado de las bandas y los grupos de pillos, alimentado por la marginalidad histórica a la que son condenadas generaciones enteras. Estos jóvenes son convertidos en carne de cañón, en la primera línea de fuego en los conflictos urbanos y rurales. Su función es el sicariato, el trabajo sucio. Y una vez cumplida su misión, o caen asesinados por bandas rivales, o son ejecutados por sus propios jefes para eliminar evidencias y garantizar la impunidad. Es así, con esta violencia sin rostro y sin límite, como se construye el pánico colectivo. Y sobre ese miedo, se instala la solución “milagrosa”: el mercado capitalista industrial neoliberal de la seguridad, que vende protección mientras es cómplice de la inseguridad que lo alimenta.
La última y más siniestra estrategia de este mercado es la creación de “movimientos sociales artificiales” y la invención de enemigos internos. Se busca enfrentar al pueblo contra el pueblo mismo, señalando a inmigrantes, progresistas, comunistas, socialistas, sindicalistas, o defensores de género. Es la inteligencia de la burguesía, de la que hablaba Marx, aplicada a la perfección: construir al enemigo del proletariado dentro del mismo proletariado, fragmentando cualquier posibilidad de organización y transformación real. Para la juventud, el mensaje debe ser claro: el reclutamiento, en cualquiera de sus formas, es un camino hacia la muerte. El crimen organizado no ofrece futuro, solo condena. Su objetivo es silenciar y exterminar cualquier propuesta juvenil que convoque a la organización colectiva, a la transformación social o a la revolución contra el sistema capitalista. Buscan que no les quede otra opción que la violencia, para seguir alimentando la industria de la guerra. Las juventudes son vida, creación, potencia transformadora. Defenderlas es defender la posibilidad misma de un futuro digno. No permitamos que sigan siendo carne de cañón para el mercado de la muerte.
