Nada de lo que pueda estar ocurriendo en cualquier continente o país puede examinarse al margen de la pretensión de dominación mundial imperialista
Tengo relación con algunos de los estudiantes colombianos de medicina que cursan su carrera en La Habana, Cuba, como beneficiarios del programa de becas que generosamente concedió ese país una vez se firmó el Acuerdo de Paz de 2016. Por ellos me entero directamente de la gravísima situación por la que atraviesa la isla. Carecen de luz eléctrica y combustibles, cuentan ya varios días de apagón total, hasta la comida escasea.
Pese a las altas temperaturas del Caribe, no existe la menor posibilidad de ventilación, ni forma de conservar alimentos en frío, contando con que conseguirlos es ya una verdadera proeza. El transporte se encuentra paralizado. Universidades, colegios y escuelas han tenido que suspender sus actividades por tiempo indefinido. La situación es dramática. Cuba logró sobrevivir fundamentalmente del turismo, actividad que prácticamente agoniza.
Podrá decirse todo lo que se quiera sobre la revolución y el socialismo, a los cuales resulta muy fácil culpar de la situación actual. Pero, por sobre todo ese discurso que tiene origen en Washington y Miami, resulta cada día más evidente que el bloqueo económico impuesto por los Estados Unidos, empeorado al extremo por los señores Trump y Rubio, constituye la causa principal y determinante de la dificilísima situación por la que atraviesa el pueblo cubano.
El imperialismo, esa definición que la globalización neoliberal desdeñó con absoluto desparpajo, hasta convertirlo en una especie de referente ridículo despreciado en todos los escenarios, vuelve a resurgir con toda su fuerza, como si de pronto se corriera la venda que por más de treinta años se puso sobre los ojos de la humanidad. Sí, claro que era cierto todo lo que unos cuantos afirmaban sobre él, claro que existe y que encarna toda la perversidad imaginable.
La argumentación sobre el mercado como regulador infalible de la economía y las ventajas comparativas con que contaba cada país para beneficiarse del libre comercio entre los pueblos, mediante la cual se ensombreció la imposición del más fuerte sobre los más débiles, terminó siendo tan falsa que el propio poder central de los Estados Unidos acabó por volverse contra ella, pretextando que todo el mundo se había beneficiado injustamente de ellos.
Así que la careta con la que pretendió cubrirse el rostro durante las últimas décadas ha caído al piso sin disimulo alguno. El imperialismo, que desnuda su avaricia y arrogancia, pone de presente además la enorme red internacional en que se apoya. En Latinoamérica no son solo los Estados Unidos, son Argentina, Paraguay, Chile, hasta el pequeño Ecuador, los que de repente asumen la defensa abierta de las políticas imperiales y se prestan para su ejecución.
No es casual que Noboa, repentinamente, tras su conversación con Rubio en el foro de Davos, anunciara los aranceles contra Colombia, pretextando la poca colaboración en la lucha contra el narcotráfico. Ahora, por sobre el resultado del referendo que prohibió las bases extranjeras en su territorio, su decisión es reabrir Manta para ellos. Y rompe todas sus relaciones con Cuba, cuyo cuerpo diplomático expulsa arbitrariamente de su país.
Meses atrás sus fuerzas armadas habían ingresado a la embajada de México para capturar a Jorge Glas, violando toda la legislación internacional, como manifestación precoz de la política del empleo de la fuerza como única razón dominante. Desde entonces tenían claro que los Estados Unidos los respaldarían en caso de alguna contundente respuesta del país agredido. Ahora, de la mano con los Estados Unidos, presiona aún más al gobierno de Colombia.
En ese mismo marco político se produce el ataque contra Venezuela el pasado 3 de enero y el secuestro de su presidente legítimo Nicolás Maduro y de su esposa, mediante el cual el imperialismo no solo demuestra un poder aplastante, sino que deja clara su única motivación, el provecho de las reservas petroleras venezolanas. La disparidad de fuerzas obliga a las nuevas autoridades a dialogar y buscar algún consenso que evite el desastre total para su país.
Delcy Rodríguez no encuentra otra salida que salvar lo poco que pueda quedar de dignidad y soberanía, reuniéndose con altos cargos del país agresor y pactando algunas fórmulas de entendimiento. La brutal amenaza que pesa sobre su país y el mismo gobierno no permite una salida distinta. ¿Acaso puede pensarse en una declaración de guerra que sumiría a Venezuela en una arremetida implacable? Otro retrato de la soberbia imperialista.
Algo, guardadas las proporciones, parecido a lo ocurrido con Colombia, y más directamente con su presidente. Todos fuimos testigos de las actuaciones de Petro en las Naciones Unidas y su discurso antiimperialista, así como de las sanciones inmediatas por parte de los Estados Unidos, que ensombrecieron las relaciones entre los dos países. Bastó con una reunión en Mar a Lago para que la rebeldía de Petro se tornara en una muy buena amistad con Trump.
Quedó claro que, si Washington quisiera, contaría con múltiples mecanismos, sin hablar de la fuerza militar, para golpear la economía colombiana y su pretendida soberanía. Fuimos notificados de que no se podía, ni siquiera con el discurso, enfrentar las decisiones y actuaciones de los Estados Unidos. Podría decirse que nos amansaron, que nos pusieron en nuestro lugar. Nuestro único consuelo es pensar que se recompusieron nuestras relaciones con ellos.
Una especie de generoso hielo sobre nuestras contusiones. No nos llamemos a engaños, es la realidad. El imperialismo está ahí, riéndose de nuestra pretendida osadía. Haciéndonos recordar que puede hacernos lo que desee. Palestina no está en el Medio Oriente, está aquí, a la vuelta de la esquina, como recordándonos lo que puede sucedernos si nos atrevemos a seguir hablando fuerte. El mensaje fue claro, lo que cuenta en el mundo actual es el poder.
Y ese lo tenemos nosotros. Todos los días, de una y otra forma, se lo repite Donald Trump a Claudia Sheinbaum, la presidenta de México. Advierte, como si estuviera hablando del patio de su casa, que en cualquier momento sus fuerzas armadas incursionarán en México. Y, tal y como lo hizo con Maduro, no vacila en acusar al propio gobierno mexicano de trabajar con las mafias del narcotráfico. De hecho, les impuso la prohibición de enviar petróleo a Cuba.
Desde luego que existen otros poderes, realmente considerables, como China y Rusia, que podrían enfrentarse con probabilidad de éxito a los Estados Unidos. En la actualidad, los rusos lo enfrentan en el campo de batalla, en Ucrania, en donde sólo los ilusos pueden creer que Rusia combate contra ese solo país. El enfrentamiento es con el imperialismo recubierto con la máscara de la OTAN. Mal podría Rusia asumir en la actualidad otro frente de batalla.
China, por su parte, sabe bien que tiene pendiente el asunto de Taiwán, que no sólo implica el respaldo de los Estados Unidos a la independencia de esta, sino el asedio militar permanente en todo el mar de China y el sudeste asiático, el cual se extiende hasta Corea del Sur y Japón. De todos es sabido que el imperialismo tiene a China en el primer lugar de sus enemigos, con planes dirigidos a destruir su crecimiento económico y, de ser posible, su régimen político.
Poco o nada cabe esperar de una Europa sometida vergonzosamente a los designios de los Estados Unidos. Los europeos están destinados a reindustrializar Norteamérica a costa de su propia desindustrialización, relocalizando sus fábricas al otro lado del Atlántico. Así como a convertirse en principales compradores de gas licuado y armas de los Estados Unidos, a fin de convertirse en la primera fuerza de choque contra Rusia. Peones imperiales.
Así que no es cualquier cosa lo que se atrevió a enfrentar Irán con sus misiles. La voluntad imperial impone que su mano derecha, sin duda su real inspirador, Israel, se convierta en el poder absolutamente hegemónico en el Medio Oriente. Llevan años apoyando la destrucción de cualquier rival que se pudiera oponer a ese propósito, Irak, Libia, Siria, Líbano, entre otros. Su vieja determinación es aplastar a Irán y en eso se empeñan hoy brutalmente.
Sin olvidar que, al propiciar un cambio de régimen político en Irán, por un gobierno completamente arrodillado a los intereses imperialistas, se estaría propinando un golpe contundente a China y Rusia. Por un lado, Irán dejaría de venderle su petróleo a China, mientras simultáneamente se impide la materialización de la llamada ruta de la seda terrestre, que consolidaría la economía de ese país. También se cancela el corredor Norte Sur de Rusia con la India.
Golpes directos a los proyectos de expansión de esas economías. Más claro que un manantial, el imperialismo extiende sus garras por todo el planeta, sin el menor respeto por el derecho internacional o las normas sobre derechos humanos. Nada de lo que pueda estar ocurriendo en cualquier continente o país puede examinarse al margen de esa pretensión de dominación mundial en curso. De allí que lo que ocurra en Irán tendrá inevitablemente repercusión universal.
No tiene nada que ver con la religión musulmana o el credo chiita. Ni menos con el sistema político o social que existe en ese país. Se trata del pulso encubierto entre el imperialismo y las fuerzas que se le oponen. Una derrota del imperialismo en el antiguo territorio persa marcará definitivamente el comienzo de su debacle. Como una victoria del mismo significará un terrorífico anuncio de su disposición a llevarse por delante la humanidad entera.
Por eso no vacilo en afirmar que el corazón de toda la humanidad que clama por la justicia se debe situar en Teherán. Está fuera de cualquier discusión el relato imperialista; es sencillamente falsedad, propaganda de la más baja categoría. El bombardeo y el asesinato de las niñas de la escuela en el sur de Irán no son una equivocación, es un propósito deliberado, destinado a escarmentar a todo un pueblo mediante el terror. El imperialismo no puede seguir adelante.
