El presidente de la República, Gustavo Petro, logró algo que durante décadas parecía improbable en la política colombiana: consolidar un gran partido de izquierda y, además, convertirlo en una opción electoral viable. El Pacto Histórico no solo logró disputar el poder, sino que hoy parece haber absorbido prácticamente toda la oferta política de izquierda en el país. Su crecimiento ha sido tan significativo que cualquier proyecto electoral que pretenda ubicarse en ese espectro ideológico enfrenta enormes dificultades para competir estando fuera del “petrismo”.
En este artículo de opinión me propongo analizar este fenómeno electoral desde una perspectiva histórica y política. Mi hipótesis es que el éxito actual de la izquierda colombiana no puede explicarse únicamente por coyunturas recientes, sino por una combinación entre el contexto histórico y una estrategia (deliberada o no) de disputa cultural impecable.
En los días previos a las elecciones tuve una conversación con mi padre, un hombre de cincuenta años que evidentemente ha vivido gran parte de la historia política reciente del país. Le pregunté si alguna vez imaginó que la izquierda llegaría a ser tan fuerte en Colombia. Su respuesta fue inmediata: jamás lo habría imaginado.
Inmediatamente me llevó a recordar con él varios momentos de nuestra historia reciente en los que la izquierda estuvo tan cerca de convertirse en una fuerza política relevante, pero terminó truncada por la violencia. Uno de los casos que recordábamos fue el de la Unión Patriótica a finales de los años ochenta. Figuras como Jaime Pardo Leal y Bernardo Jaramillo Ossa representaron una alternativa política que buscaba canalizar electoralmente sectores de izquierda. Sin embargo, ambos fueron asesinados durante sus campañas políticas, en medio de lo que hoy es reconocido como el genocidio contra la Unión Patriótica. Este hecho no solo ha sido reconocido políticamente, sino también jurídicamente: en 2022 la Corte Interamericana de Derechos Humanos declaró la responsabilidad internacional del Estado colombiano por el exterminio sistemático de militantes y dirigentes de ese partido (Caso Integrantes y Militantes de la Unión Patriótica vs. Colombia, 2022).
Este reconocimiento evidencia que durante décadas existió un contexto profundamente hostil para las expresiones políticas de izquierda en Colombia. La Unión Patriótica no fue el único caso; también hubo persecución y asesinatos contra militantes de otros movimientos políticos provenientes de procesos de desmovilización, como ocurrió con integrantes del partido Esperanza, Paz y Libertad, conformado en gran parte por excombatientes del antiguo EPL que intentaban reincorporarse a la vida política y democrática.
A pesar de ese contexto adverso, los dirigentes de izquierda anteriores a Gustavo Petro intentaron incansablemente impulsar transformaciones sociales profundas. Muchos lograron construir importantes bases de apoyo popular; otros incluso entregaron su vida en ese intento. En algunos casos, además, se produjo lo que la ciencia política ha denominado como la “combinación de todas las formas de lucha”, es decir, la coexistencia entre actividad política legal y proyectos armados insurgentes. Así lo relata el investigador Carlos Medina Gallego: “Durante varios años el Partido Comunista Colombiano mantuvo una relación orgánica con las FARC EP, aportando orientación política mientras la guerrilla desarrollaba la estrategia militar” (Medina Gallego, C., 2010).
Sin embargo, el contexto internacional cambió radicalmente tras la caída del Muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética. Con el fin de la Guerra Fría se transformaron también las doctrinas de seguridad de muchos Estados: el enemigo ya no era el comunismo internacional, sino fenómenos como el terrorismo o el narcotráfico. En ese nuevo escenario, las izquierdas comenzaron a replantear sus estrategias políticas.
Gradualmente abandonaron la lucha armada y reorientaron su discurso hacia nuevas agendas. La revolución proletaria dejó de ocupar el centro del discurso político y surgieron nuevas consignas relacionadas con la vida digna, la igualdad, el reconocimiento de minorías y las demandas socioculturales. Este giro teórico y político ya había sido anticipado por autores como Chantal Mouffe y Ernesto Laclau en su obra Hegemonía y estrategia socialista, donde planteaban la necesidad de disputar la hegemonía en el terreno cultural y simbólico.
Así, el nuevo campo de batalla político dejó de ser exclusivamente militar o económico para trasladarse también al terreno cultural. La disputa ya no consistía únicamente en conquistar el poder del Estado, sino en transformar los valores, narrativas e identidades presentes en la sociedad. Este escenario se vio favorecido por el contexto de inicios del siglo XXI, una época en la que el modelo burgués-liberal parecía ser el “fin de la historia”, como lo vaticinaban muchos tras el fin de la Guerra Fría.
A partir de ese momento, buena parte de la izquierda logró posicionarse en debates contemporáneos que resultaban especialmente atractivos para nuevas generaciones. Mientras tanto, los sectores tradicionales de la política colombiana se vieron debilitados por escándalos recurrentes de corrupción, clientelismo y nepotismo. El contraste entre ambos procesos fue generando un cambio generacional visible en el electorado: hoy resulta plausible observar diferencias etarias significativas entre los votantes del Pacto Histórico y los de partidos como el Centro Democrático. De hecho, un fenómeno similar puede identificarse en varias democracias occidentales.
No obstante, las ideas políticas nunca existen en abstracto ni mucho menos por fuera de la realidad; siempre se desarrollan dentro de contextos culturales y geográficos específicos. En el caso colombiano, aunque el Pacto Histórico se presenta como una fuerza de cambio, no está completamente libre de algunas prácticas tradicionales de la política nacional, como el clientelismo o el nepotismo. Si bien su estructura parece la de un partido de masas, cuenta también con características propias de un partido de “notables”, en la medida en que parte de las élites políticas han terminado integrándose en su interior. A ello se suma un elemento central para la política colombiana: la presencia de un liderazgo fuerte y personalista en la figura de Gustavo Petro.
Finalmente, los resultados electorales recientes parecen confirmar la centralidad del Pacto Histórico dentro del espectro de izquierda. Otros proyectos políticos que intentaron ubicarse en ese espacio ideológico (como Fuerza Ciudadana o el Frente Amplio Unitario) no lograron siquiera superar el umbral electoral. Incluso figuras reconocidas dentro del progresismo, como Inti Asprilla o León Freddy Muñoz, quedaron por fuera del Senado dentro de la lista de la Alianza Verde, mientras otros once senadores de esa misma coalición —pero con nichos electorales distintos— sí lograron conservar su curul.
En este escenario, Gustavo Petro parece haberse consolidado como una figura central (incluso caudillista) dentro del sistema político colombiano. Las elecciones legislativas y el debate público parecen girar cada vez más en torno a su figura: su partido concentra la mayor fuerza dentro de la izquierda, los proyectos alternativos se debilitan por fuera del Pacto y buena parte del resto del espectro político organiza sus estrategias electorales en oposición a él.
En conclusión, más allá de los resultados concretos de una elección, lo que estamos presenciando es un cambio profundo en el equilibrio político del país. La izquierda, que durante décadas fue marginal o perseguida, hoy se ha convertido en un actor central de la competencia electoral colombiana.
