No se trata de una consigna. Menos aún del referente reducido —y desprestigiado— de lo que suele entenderse cómo partido político. El Pacto Histórico es, ante todo, la expresión de un proceso que no puede devenir en estatus de privilegio para castas puristas que se autocalifican de revolucionarias o de izquierda. Caer en ese error vanguardista sería reeditar prácticas colonialistas: quienes, desde su egocentrismo, terminan proclamándose representantes del pueblo sin que el pueblo los haya designado, anulando así la verdadera fuerza que habita en la dialéctica de las luchas territoriales, la democracia directa y el movimiento social.
De ello tenemos una experiencia reciente en Antioquia con la minga indígena. Allí, la fuerza del pueblo organizado les recordó a los representantes del gobierno de turno que los acuerdos se respetan y se cumplen, porque esos acuerdos son la esencia de la cultura política como constituyente primario, amparados además en nuestro marco constitucional. Así, en movimiento social, vamos tejiendo una nueva cultura política que se distancia de la democracia representativa de partidos –obsoleta, desprestigiada y cada vez más inútil para atender las diversidades territoriales del pueblo–. La misma experiencia nos mostró el rostro de quienes, en lugar de honrar los consensos, salen con bates a dispersar y agredir al constituyente primario.
El Pacto Histórico, la fuerza del pueblo, es en su esencia movilización social. Y esa movilización no puede seguir siendo mirada con la lógica de la violencia o el terrorismo, ni sometida a persecución jurídica y represión. Es la expresión dialéctica de una cultura política anclada en la democracia directa, que no ha caído del cielo ni es gratuita: es producto de las condiciones materiales de luchas descolonizadoras, de resistencias y de acuerdos históricos que se exigen cumplir.
Estas narrativas ya han cruzado la comunicación popular. Están en los procesos de educación popular, en la comunidad política que construye poder popular, y también en algunos espacios de la educación pública estatal. Caminan en el pueblo organizado y en el que aún no lo está, pero que se viene uniendo con la sabiduría ancestral, la ciencia y la tecnología crítica, abierta a las sociedades en sus territorios y diversidades. Esa confluencia posee una superioridad política e ideológica frente a quienes, autoproclamándose representantes, han gobernado el Estado durante años bajo un sistema capitalista atrasado, dependiente, rentístico y especulativo al servicio de las mafias financieras, industriales y digitales.
Para entender este cambio de la cultura política y la lógica sobre el constituyente primario, conviene ir a la memoria profunda y poner en escena los acuerdos que los pueblos han conquistado. Traigamos a colación el Acuerdo Final de Paz con las FARC-EP. Allí encontramos un listado histórico de temas esenciales y justificaciones claras sobre lo que hay que cumplir. Si hacemos una mirada evaluativa de estos diez años de la firma, es evidente que el Estado ha cumplido muy poco en lo sustancial. Pero desde el enfoque dialéctico materialista, hay algo que valorar: no se puede volver atrás, no se empieza de cero. Aunque en la coyuntura actual no siempre se reconozca la proyección de sus contenidos, esos acuerdos son y serán la esencia que el Pacto Histórico debe lograr con el pueblo. Lucha que hoy se encuentra obstaculizada por un poder judicial enquistado, por aspectos neoliberales enquistados en la Constitución Política que urge reformar, y por prácticas cotidianas que la guerra nos dejó como herencia: el odio, la venganza, el miedo, el señalamiento, la estigmatización, la mentira y el uso de la fuerza.
Hoy estamos en condiciones de entender el surgimiento de nuevos fenómenos políticos. En estos últimos años del Acuerdo Final de Paz contamos con un sembrado material en los territorios y su diversidad, con lógicas justificatorias y narrativas del contexto histórico y presente que han entrado a la cultura política como democracia directa con base social. Esa base le da materialización concreta a lo que la Constitución Política colombiana concibe como constituyente primario. Así damos un principio de poder pedagógico popular en lo concreto real, desde donde pueden librarse resistencias frente a los negacionistas que han gobernado a nombre del pueblo. Gracias a la ruptura pedagógica que posibilitó el Pacto Histórico como fuerza del pueblo, hoy podemos seguir caminando y sembrando.
Hacemos, finalmente, un llamado de alerta para no cometer los errores de los partidos de izquierda de Nuestra América, que en su momento han posibilitado grandes retrocesos en las luchas emancipatorias.
