Debo confesar que Gustavo Petro me ha despertado siempre reacciones contradictorias. En algunos momentos lo he encontrado admirable, digno de todo apoyo. En otros, sinceramente, se me ha antojado despreciable, sobre todo cuando su egolatría se presenta impúdica, revelando un personaje impulsivo, que habla con propiedad sobre asuntos que en realidad ignora, tratando de reemplazar el conocimiento con sus propias y descabelladas teorías.
Aún recuerdo el día del 2022, ahora lejano, en que la Registraduría lo dio por presidente electo de los colombianos. Confieso que mi alegría fue desbordante, la celebré con un abrazo emocionado con quien me acompañaba, con lágrimas contenidas de emoción. Después de mis sesenta años, tras todo lo vivido y sufrido pensando en un mejor futuro para mi país, sentía la dicha del triunfo electoral soñado desde mis años de infancia, cuando oía a papá hablar de política.
Era un desquite ambicionado por décadas. Recuerdo que, en las justas electorales de 1966, mamá le apostaba a José Jaramillo Giraldo, el candidato de Rojas Pinilla a la presidencia, quien resultó ampliamente derrotado por Carlos Lleras Restrepo. Pero en el año 70 se presentó el propio Rojas como candidato, generando un movimiento popular gigantesco a su favor. Mamá, papá, todo el vecindario hizo cuanto estuvo a su alcance por conseguir votos para él.
Tengo grabadas en mi memoria las escenas familiares y barriales que siguieron a aquel 19 de abril, cuando nos fuimos a dormir con la certeza del triunfo de Rojas, para encontrarnos con la sorpresa mañanera de que Misael Pastrana había sido declarado ganador. Hubo protestas, día y noche, muy fuertes, pero igualmente reprimidas. Nos robaron, ese fue el sentimiento general. Medio siglo después, alguien que había sido del M19 resultaba ganador.
Un candidato respaldado ampliamente por los más desfavorecidos del país. El M19 había aparecido en 1974, como reacción a ese fraude electoral, luchando durante 15 años en las ciudades y campos, y, finalmente, firmando la paz con el Estado colombiano. Gustavo Petro había pertenecido en sus años mozos a ese movimiento, y explotaba ese pasado a su favor con propósitos electorales. Había sido alcalde de Bogotá y librado una lucha histórica contra su destitución.
Por eso su triunfo nos parecía una compensación brindada por la vida. Por primera vez en la historia era presidente de la república alguien que no pertenecía a los partidos o grupos tradicionales, los que la gente del común identificaba como oligarquías. Nosotros, las FARC, habíamos luchado contra ellas durante más de medio siglo, con las armas, hasta la firma del Acuerdo de Paz. En lo personal, me alegraba que un exguerrillero llegara al poder por el voto popular.
Además, el M19 había sido el hijo ingrato de las FARC. Buena parte de sus fundadores, empezando por su máximo jefe, Jaime Bateman, salieron de aquellas. Sin necesidad de desertarse. Lo hablaron con Manuel Marulanda y Jacobo Arenas, que, de algún modo, aceptaron y toleraron esa disidencia. No hubo malos términos. Algo de enojo tal vez, porque al partir se llevaron un dinero considerable. Y una perra muy querida por Jacobo, lo que le dolió especialmente.
Pese a que Bateman fue siempre muy respetuoso con las FARC, por encima de sus diferencias ideológicas y de estilo, en el M19 maduró un sentimiento negativo hacia esa organización. Seguramente que en ello incidió la inmensamente mayoritaria composición campesina de las FARC, contraria a la militancia mayormente urbana del M19. Petro, fundamentalmente un político, sin la menor experiencia militar, heredó esa antipatía hacia las FARC y nunca la ha ocultado.
Quien lea su libro de campaña a la presidencia puede notarlo fácilmente. Campesinos, analfabetas, secuestradores y asesinos, de allí no baja a las FARC. Aun al día de hoy, su apreciación no cambia. En reciente consejo de ministros afirmó que esta organización jamás contó con cuadros políticos firmes. Y que para la época de los diálogos de paz eran una organización degradada. No se entiende cómo una organización así, consiguió con el Estado los Acuerdos de Paz de La Habana.
En unos diálogos que se prolongaron casi por seis años, durante los cuales se involucraron en estas conversaciones no sólo delegaciones representativas del agro colombiano y las víctimas del conflicto, sino además la comunidad internacional en pleno. Naciones Unidas, la Unión Europea, los Estados Unidos, Venezuela, Cuba y buena parte de los estados latinoamericanos se sentaron a manteles con las FARC y el gobierno colombiano hasta conseguir precisar esos Acuerdos.
Algunas capacidades debían tener los encargados por las FARC para esa tarea. Que, además, habían tomado parte en otros procesos, durante los gobiernos de Betancur, Barco, Gaviria y Pastrana, hasta llegar a Santos. Las descalificaciones de Gustavo Petro sólo revelan su mala leche, una antipatía visceral de la que no ha logrado desprenderse. Puede ser que esta sólo revele un cálculo, una manera de aproximarse a las clases dominantes que odiaron siempre a las FARC.
Colombia, especialmente desde la llegada de Álvaro Uribe al Poder, se polarizó indudablemente entre los que odiaban a las FARC y los demás, no necesariamente seguidores o simpatizantes de estas, pero que no coincidían con las apreciaciones de ese presidente de extrema derecha. Para entonces, la cultura política dominante impuso que quien no estaba con Uribe estaba con las FARC. Petro quiso diferenciarse, dejar claro que ni de lejos era del círculo de estas.
Como quiso también diferenciarse del proceso revolucionario venezolano, de Hugo Chávez, declarado por el imperio y todas las oligarquías latinoamericanas como dictador, pese a haber ganado sobradamente en todos los procesos electorales en que se presentó por su propia voluntad. Petro también sumó sus posturas personales en contra del chavismo, al que no ha dejado de considerar nunca como un régimen, palabra odiosa, muy del gusto de Washington.
Para presentarse toda la vida como un revolucionario, resulta deprimente, por no decir vergonzoso, que Petro haya establecido una distancia más que prudente con la revolución bolivariana. Si, en su momento, el imperialismo y sus áulicos, crearon la figura del eje del mal en Latinoamérica, representado por un imaginario lazo entre La Habana, Caracas y las FARC, Petro hizo todo cuanto le fue posible por distanciarse de ese triángulo, alejándose al máximo de los tres acusados.
Para toda la derecha latinoamericana, vinculada intrínsecamente con los distintos gobiernos de los Estados Unidos, resultaba requisito intrínseco de higiene política declarar abiertamente su condena a ese triángulo diabólico dibujado desde Washington. Petro se negó a ser considerado de algún modo como seguidor o apologista del mismo, así que, sin declararse reaccionario abiertamente, asumió una posición crítica y hasta condenatoria de este.
Es por eso que, llegado el momento, no vaciló en sumarse al no reconocimiento del triunfo electoral del chavismo y concretamente de Nicolás Maduro en las elecciones presidenciales del año anterior. Su voz fue una más dentro de las que sumaron exigiendo la presentación de las actas, una invención de María Corina Machado y su equipo, convertida en caballito de batalla para justificar un presunto fraude, desconociendo abiertamente la legalidad vigente del proceso electoral.
Para Petro contó más la condena de los Estados Unidos y la Unión Europea contra la revolución bolivariana y Nicolás Maduro, que la simple solidaridad de hermano latinoamericano enfrentado al poder del imperialismo y las oligarquías. Ahora, después de que, fundado en esa invención premeditada, el gobierno de Trump bombardeó Caracas y secuestró a Maduro, cualquier declaración de condena por parte de Petro resultaba más que anodina.
Son las cosas por las que la mente y el corazón advierten que no se puede estimar a Gustavo Petro de manera incondicional. Nunca conocí una declaración oficial de las FARC afirmando que Gustavo Petro fuera de la CIA, pero reconozco que algo se hablaba respecto de él en la organización armada. De hecho, en las revelaciones de Wiki Leaks, aparece Petro llevando informes a la embajada americana sobre dirigentes sindicales y populares a los que sindicó de ser de FARC.
Acciones que solamente pueden generar repudio y que muy difícilmente pueden ser explicadas por su autor. Uno tiene la impresión de que Petro, en su afán por alejarse del triángulo maldito para Washington, estableció también distancias considerables con el marxismo, al que considera apenas una escuela de pensamiento más, complementada y superada por otros autores extranjeros, a los que destaca en público cada vez que quiere mostrarse erudito.
Ese soy, pero no soy, o soy, pero no tanto, que caracterizan el devenir político de Gustavo Petro en materia revolucionaria, tiene que ver sin duda con su conducta de relacionamiento político una vez llegó a la presidencia. Intentó inicialmente una especie de alianza con sectores tradicionales, creyendo que podría así sacar adelante sus propósitos. No le funcionó. Entonces reestructuró, pero sin dejar de la mano a personajes sospechosamente siniestros, como Benedetti.
A quien concedió un poder privilegiado, por encima de sus colaboradores más próximos y ligados a su propio proyecto. Todo esto, sin duda, genera enormes dudas sobre su consecuencia política. Para no hablar de su reculada, que benévolamente puede considerarse táctica, con el presidente norteamericano Donald Trump. Nótese que su enfrentamiento con él fue por Gaza, o digamos, por Israel, no por las políticas abiertamente imperialistas y despreciables de Trump.
Lo cual marca una diferencia. Basta con tener una concepción humanista, noble, de respeto a la dignidad de los seres humanos, para indignarse con el genocidio que comete impunemente Israel en Gaza. No necesariamente hay que ser un revolucionario para condenarlo, aunque por el solo hecho de serlo se debe repudiar semejante crimen. Es cierto que Trump es un petrolero y Petro un ambientalista, pero eso no altera su nueva y enrarecida amistad.
Que puede ser atribuida a la primacía del interés patrio. En fin. Puede ser que Petro sea en el fondo un auténtico antiimperialista, pero nunca lo ha expresado abiertamente. Eso no le resta mérito a sus valientes denuncias y disputas con el uribismo y el narcoparamilitarismo, tan ligado a la clase política tradicional colombiana. En esa materia hay que quitarse el sombrero ante su actitud. La cual desdice de su desdén, por no decir abierto desprecio por el Acuerdo de Paz de La Habana.
Antes de su campaña, Petro expresó en múltiples ocasiones su desprecio por el Acuerdo. Llegó a decir que no era ningún acuerdo de paz, sino un acuerdo por las alturas entre Santos y Timochenko, que no representaba la voluntad del país, que se trataba de una paz chiquita, en contraste con la paz grande que él sí iba a firmar con todos los movimientos armados, con la participación abierta del pueblo colombiano. Algo que sí sellaría un gran acuerdo nacional.
Los resultados de su política de paz total hablan por sí solos. Un completo fracaso. Uno tiene la sensación de que, en su atávico menosprecio por las FARC, Petro creyó llegada su oportunidad para demostrarlo. Por eso, pese a la firma del Acuerdo de Paz de La Habana y la reincorporación de las FARC a la vida civil, su gobierno optó por calificar a la disidencia de Mordisco como Estado Mayor Central de las FARC y darle pleno reconocimiento político.
Así minimizaba a las FARC originales y su Acuerdo. Del mismo modo que abrió su atención a la Marquetalia de Segunda, con la que estableció un pomposo proceso de paz, con la presencia física de Iván Márquez, cuya traición al Acuerdo Final de Paz de 2016 no le importó, y cuyo alzamiento, entonces y ahora, ha justificado públicamente como el producto de las patrañas del exfiscal Néstor Humberto Martínez, ignorando olímpicamente los desvaríos mentales de Márquez y Santrich.
Dos personajes que desde los años de los diálogos de paz se encargaron de generar una inconformidad en el seno de la comisión de diálogos, llegando al punto de conformar un grupo anti Acuerdo, pues su idea de trotskismo bolivariano los conducía a sostener la vigencia de la insurrección armada inspirada por Bolívar, al que veneraban hasta el extremo de celebrar sesiones de espiritismo en las que escuchaban las orientaciones a seguir.
No importa que luego se supiera, incluso documentado, como lo hizo Jorge Enrique Botero en su novela Blanca Oscuridad, que todo el tiempo fueron manipulados por la Inteligencia Militar, que les envió el espiritista, sabedor de sus inclinaciones a la superchería. Así que, contrariamente a lo sostenido por el señor Petro, la Marquetalia de Segunda ya había sido concebida de antemano por unas mentes desviadas de la línea ideológica política de las FARC.
A Petro no le interesa hablar de esto, porque le resulta más bien útil la idea de unos individuos que se enfrentaron a la antigua organización de la que hicieron parte, dedicándose, entre otras cosas, no sólo a planear magnicidios como el de Miguel Uribe, sino también al asesinato de firmantes de paz que no les agradaban por una u otra razón. Es que, a propósito, ha sido nula la actividad de Petro para detener ese desangre de firmantes de paz, obra en su mayoría de esas disidencias.
Disidencias a las que no se les exigió nunca el respeto por la vida de sus antiguos compañeros. A Petro le gusta hablar de Márquez y Santrich, porque le sirven como ejemplo de la inconsecuencia y la desviación ideológica de las antiguas FARC, cosa que le permite asegurar en un consejo de ministros que las FARC jamás tuvieron cuadros firmes, que eran simplemente una organización degradada a la que nadie en Colombia quería, ni quiere, ni vota.
Puedo asegurarle a Petro que los firmantes, en tareas de pedagogía de paz, memoria histórica y proyectos productivos, hemos llegado a muchas comunidades en el país, recibiendo enormes muestras de respeto y afecto. Otra cosa que esas disidencias a las que él brindó tanto juego, sentenciaran a muerte a todo firmante que llegara a hacer política en sus antiguas zonas de operación, impidiéndoles así recoger los frutos de su trabajo político de décadas.
Si la ultraderecha colombiana lanza toda clase de estigmas contra Gustavo Petro, siendo él presidente de la república con un altísimo índice de aceptación, ¿qué puede decirse de los firmantes de paz, a quienes esa misma ultraderecha odia sin disimulo alguno, y a los que el mismo Petro no cesa de desacreditar? Eso, entre otras cosas, ha servido para alimentar la ojeriza del Pacto Histórico y otras fuerzas progresistas, refractarias por completo a Comunes.
Así que no es gratuito que no consigamos votos de manera considerable en unas elecciones en las que, además, los dineros del narcotráfico y la corrupción política hacen fiestas. No es por nada que Petro no pueda desprenderse de personajes como Benedetti y sus satélites territoriales, expertos en el manejo sucio que exige el sistema electoral colombiano para poder destacarse. El caso de Ricardo Roa y el cerrado apoyo del presidente, pese a todo, también deja mucho que pensar.
No voy a decir que Petro ha hecho un gobierno malo o pésimo, aunque sí que a las muchas expectativas que sembró, trajo más bien modestos resultados. Comunes apoyó durante estos cuatro años todos sus proyectos en el Congreso, de manera incondicional, sin recibir siquiera un puesto de portero en algún ministerio. Otras fuerzas, expertas en negociación política, contaron siempre con el agradecimiento del gobierno. Esas, obviamente, obtuvieron muchos más votos.
El Acuerdo de Paz de La Habana estableció que, al comienzo de cada gobierno, en el plan de desarrollo propuesto desde la presidencia, debía incluirse un capítulo específico sobre la implementación del Acuerdo de Paz y los recursos presupuestales a asignar. Duque no lo hizo. Pensamos que Petro sí lo haría, recibiendo la primera decepción. Sus promesas de cumplimiento del Acuerdo de Paz quedaron en eso, meras promesas, sin hechos reales contundentes.
No voy a decir que no se hayan hecho obras públicas ni tomado medidas favorables a la población más desfavorecida. Ni a negar los méritos del alza del salario mínimo como lo hizo este año. Aunque queda la duda de por qué no lo hizo antes, por qué esperó hasta los últimos meses de su gobierno. No se puede evitar pensar, entonces, que la motivación haya sido puramente electoral. Es cierto que Petro contó con el odio y la oposición de toda la derecha reaccionaria colombiana.
Así que hay que reconocer lo bueno que haya podido conseguir en su Administración. Pero no podemos olvidar su extravagante predisposición a la utopía, que tanto critica de las FARC. Nunca ha dejado de creerse el coronel Aureliano Buendía, ni el protagonista de las 32 guerras civiles en que tomó parte aquel. No es por nada, pero Petro no conoció jamás el fuego de un combate de verdad, basta con leer su libro para enterarse. Menos llegó a ser nunca un destacado guerrillero.
Por eso, pese a sus desvaríos, no le queda bien eso de estarse exhibiéndose como mártir cada vez que le es posible. Como le queda muy mal que, pese a ponderar a toda hora a sus ídolos Aureliano Buendía y Bolívar, demerite todo el tiempo a las FARC y ahora al partido Comunes. Aureliano perdió todas sus guerras, y Bolívar murió solo y vencido políticamente. Comunes no se diferencia mucho de ellos, de ahí su verdadera grandeza, la que por arrogancia nunca ve ni quiere ver Petro.
