Voy a decir lo que me gusta pensar que muchos piensan y pocos se atreven a enunciar en voz alta. Algunas veces es por incapacidad, otras por un erróneo entendimiento de la disciplina militante y otras simplemente por temor a confrontar los discursos hegemónicos incluso dentro de sectores minoritarios de la política de izquierda. Para mí hay una realidad ineludible: la política no es solamente lo relacionado con el poder del Estado. Basta recordar que durante el proceso revolucionario en Rusia, Lenin identificó una situación de “doble poder” (dvoevlastie) donde coexistían el gobierno provisional burgués y los soviets, consejos de obreros y soldados que eran una forma de poder popular emanada directamente de las masas. Una visión restringida —la de la lucha por el poder estatal como fin último— es la que muchas veces se convierte en la única guía de las organizaciones revolucionarias. Por eso ante la falta de “éxitos” electorales se generaliza una sensación de fracaso que se extiende entre muchos militantes que, aunque comprometidos, son al fin y al cabo humanos sensibles.
Apostar de manera deliberada y casi exclusiva a la disputa por el poder en ese sentido restringido —y más aún al poder burgués sin transición revolucionaria— termina siendo un abandono de los esfuerzos más significativos hacia la construcción de Nuevo Poder, es decir, hacia la construcción del Estado realmente revolucionario. Peor aún: se corre el riesgo inexorable de sumergirse en dinámicas clientelares y en los vicios del sistema electoral burgués cuando se abandona el ejercicio de construcción de poder popular. Lo evidente es que sin respaldo popular real no se tiene cabida en las lides electoreras. Pero ojo: el respaldo popular no se construye con equipos de campaña ni con encuestas pagadas, y mucho menos usando las mismas herramientas electorales que el sistema legitima en manos de los enemigos de las clases populares. El poder popular se construye en la acción con la gente en el territorio: en el barrio, en la vereda, en la fábrica. No posteriormente al control de la herramienta estatal sino de manera previa, concomitante y posterior al fenómeno revolucionario.
No sobra repetir, como otras veces, que hacer varias veces lo mismo buscando resultados diferentes es la definición de locura. Mientras una organización revolucionaria siga apegada a la exclusividad del debate electoral burgués y no entienda que esta ruta táctica debe nutrirse de la acción previa por la construcción del Nuevo Poder Popular, seguirá estancada en sus propios errores de concepción y en la inacción de fondo por el cambio.
Es aquí donde debemos revisar la diferencia entre la concepción revolucionaria y los límites estratégicos del progresismo. Los gobiernos progresistas, en las condiciones materiales actuales y sin una ruptura revolucionaria, terminan acomodados como meros administradores del modelo. Al llegar al gobierno no toman el poder real y en consecuencia no logran resolver el fondo de la lucha de clases. Esto ocurre porque el Estado burgués ha sido diseñado para proteger el capital. No es un accidente ni un problema de cooptación: es su esencia.
El gobierno del presidente Petro ilustra claramente esta contradicción. Llega impulsado por un programa de transformación aparentemente radical —al menos en el discurso— pero rápidamente se metamorfosea. Además de las trabas institucionales del Congreso para materializar hasta sus propuestas mínimas de cambio, también comprende que sin adaptarse a las dinámicas históricas de clientelismo, componenda y “mermelada” —muy propias del modelo democrático burgués— le sería imposible mantenerse al menos con esa tajada institucional. Por eso no es un problema de voluntad individual sino un problema estructural. El sistema está blindado técnica e ideológicamente. Pretender cambiarlo desde adentro usando únicamente sus propias reglas es, como dice el proverbio, querer vaciar el océano con un vaso.
Por eso uno podría pensar que un partido que se precie de revolucionario no debe tender al fetiche electoral en el marco de la democracia burguesa. Debe aferrarse a sus propias raíces —casi siempre sangrantes— de organización y lucha con el pueblo y para el pueblo, y no caer en el pantano vecino de la conciliación como diría Lenin. Su labor debería ir más allá de la instrumentalización electoral de la gente y centrarse en la construcción del pueblo como sujeto histórico del cambio de fondo del modelo económico, político y social. La pregunta es: ¿de qué revolución se podría hablar si la única aspiración termina siendo tener cargos burocráticos y curules en un modelo político que está diseñado para la opresión y la explotación? No se puede enarbolar la bandera del socialismo mientras se juega con las reglas del capitalismo sin transformarlas, evidentemente por la comodidad que producen. Por eso Cesare Pavese en su novela El Camarada advirtió que la comodidad era lo que necesariamente nos llevaba al aburguesamiento. Y si la apuesta no es poder para el pueblo, la patria grande y el socialismo sino solo conseguir votos para tener una curul, entonces la revolución no es el objetivo.
Pero que esta crítica no sea malinterpretada. A pesar de las limitaciones estructurales descritas, no podemos caer en el derrotismo. No pretendo ser de esos que desde la comodidad de una cafetería dictaminan que todo está perdido y que no vale la pena intentar nada. Eso es tan inútil como el electoralismo vacío. Que Gustavo Petro haya ocupado la presidencia de la República constituye un avance importante en el proceso de transición hacia una nueva sociedad. Ese gobierno no cayó del cielo: lo construyeron generaciones de lucha, de resistencia, de gente que puso el cuerpo en la calle y en las montañas. Tenemos la obligación política de defenderlo de los embates de la derecha porque su caída no significaría un mero retroceso electoral sino una derrota para todo el campo popular. Pero tampoco debemos olvidar que este no puede ser visto como el máximo punto revolucionario al que se aspira. Hay que decir lo que el propio Petro ha reconocido: este gobierno no es un Gobierno Revolucionario. Ese está por seguir construyéndose si se quiere cambiar de fondo el modelo político y económico que mantiene la opresión y la explotación de las grandes mayorías.
No podemos plantear tampoco que se debe acoger el fenómeno clientelar en el seno revolucionario por vía de adaptación y aceptación con aquella frase de resignación de “la política es así”. Está ampliamente demostrado que aun cuando se han hecho concesiones a este modelo y las organizaciones revolucionarias se han adaptado a él, esto no ha garantizado votación para nuestras candidaturas. Eso debería llevarnos a comprender que estamos cortos en la materialización del sujeto político consciente que se deriva de la acción organizativa con la gente y las comunidades. Tampoco se trata de romantizar las derrotas ni de renunciar a lo electoral. Se trata de entender que las urnas son apenas un momento, no la totalidad. Sin organización de base, sin conciencia de clase, sin identidad histórica, los votos se convierten en moneda de cambio para las mismas élites que debemos enfrentar. Hemos visto cómo el clientelismo y la lógica de la campaña permanente terminan devorando cualquier principio. El poder real no se decreta desde un escritorio ni se gana con eslóganes bonitos; se construye día a día en el territorio, con la gente, escuchando, sudando, fallando y levantándose.
Y lo digo claro: mi aspiración no es ser como Petro ni acomodarme al electorerismo burgués a cualquier costo. Prefiero ser como el Subcomandante Marcos: sin armas pero en la brega cotidiana por construir poder popular, aprendiendo a mandar obedeciendo. Esa es la única forma de poder que no se corrompe: la que nace de abajo, la que no pide permiso, la que no negocia los principios por un escaño. Los explotados y las explotadas no pueden limitarse a apoderarse de la máquina estatal burguesa. No se trata de una posición ingenua ni de un voluntarismo vacío. Se trata de comprender que el cambio real no lo van a entregar las instituciones burguesas. Las instituciones se toman, sí, pero solo cuando hay una fuerza popular organizada capaz de sostener esa toma y transformarlas desde dentro. Sin esa fuerza, cualquier gobierno progresista termina siendo rehén del mismo monstruo que decía venir a matar.
Desde las organizaciones revolucionarias, o dejamos de hacer locuras y volvemos al territorio o seguiremos siendo la correa de transmisión de un sistema que nos usa para legitimar lo que deberíamos estar desmontando. La decisión, como siempre, está en nuestras manos. Que cada quien asuma su riesgo.
