A raíz de la reciente columna “De feminista a feminista” y la supuesta contradicción de no apoyar a candidatas mujeres, surgen cuestionamientos que van más allá de la coyuntura electoral. La primera es la insistencia en creer que el feminismo es una postura única y monolítica ante el mundo, y el reduccionismo de un movimiento tan amplio y diverso. Conozco a mujeres valiosas, que son abuelas, lideresas, campesinas, que en la práctica han desafiado estructuras patriarcales toda su vida sin necesidad de autodenominarse feministas. Por el contrario, abundan quienes, portando la etiqueta y el discurso, terminan replicando los mismos patrones opresores que dicen combatir.
Ante el cuestionamiento de por qué las feministas no apoyaríamos a figuras como Paloma Valencia, la respuesta es sencilla, porque ser mujer no es, en sí mismo, una postura política.
Existen mujeres que funcionan como bastiones del patriarcado. En el caso de la senadora Valencia, el problema no es su falta de etiqueta feminista, sino su visión de un país donde realmente quepan los y las colombianas. Su ideología y su partido perpetúan las causas estructurales que el feminismo intenta desmantelar, el patriarcado y con él, el capital. El feminismo real no se limita a denunciar violencias directas o a celebrar que mujeres privilegiadas rompan techos de cristal en espacios corporativos. El feminismo real busca transformar las condiciones materiales de existencia.
Si se defienden políticas agrarias que ignoran la desigualdad histórica en la tenencia de la tierra, se está afectando directamente la autonomía de las mujeres rurales. El feminismo, o por lo menos, el que se desliga del feminismo liberal blanco, es antimilitarista, porque cree en la construcción de paz, entiende que los discursos guerreristas cobran de manera diferenciada los cuerpos de las mujeres, arrebatan hijos a las madres, y reconoce que los cuerpos de las mujeres son usados constantemente como botín de guerra.
También es defensor de la vida digna y la justicia social, porque busca que las clases menos favorecidas tengan salarios y pensiones justas. Senadoras como Valencia han sido las primeras en demandar leyes que buscan estos avances, condenando a las mujeres ancianas a la miseria y empujando a las más jóvenes hacia economías precarizadas y violentas.
La participación política de las mujeres no debe ser un cheque en blanco. Mientras el liderazgo femenino esté respaldado por estructuras que perpetúan la violencia y la desigualdad económica, seguirá siendo funcional al sistema que nos oprime.
Ser mujer es una condición biológica, social e identitaria; lo que constituye una postura política es lo que sale de la boca, lo que se legisla y los intereses que se defienden. Al final del día, el feminismo no se trata de quién llega al poder, sino de para qué y para quiénes se ejerce ese poder.
