La filosofía siempre tiende a la abstracción del espíritu, a la reflexión trascendente sobre las motivaciones, las razones y las causas de nuestro comportamiento. Dirían mis profesores de filosofía escolar (o escolástica, si se prefiere): “la búsqueda del arjé”. Para mí, desde la infancia, cuando por primera vez me encontré con filósofos como Fernando González, Nietzsche o Platón, esa búsqueda se convirtió en una bella obsesión. En medio del desorden con que me fueron llegando las escuelas y las corrientes, fui comprendiendo lentamente el valor de tratar de entender las raíces de las cosas.
Sin embargo, con el paso de los años y las sutiles pero profundas adaptaciones que he hecho de las teorías a mi vida y a la forma en que intento entender la de los demás como individuos y como sociedades, he entendido que la filosofía —al igual que la ideología en su sentido tergiversado por el idealismo— suele disfrazar un componente material detrás de un cúmulo farragoso de ideas que suponen causas en intereses elevados. Recojo una frase de cajón de Marx y Engels: “No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”, pero de manera atrevida agregaría que la vida no es una concepción abstracta, sino un conjunto de fenómenos cotidianos respaldados en la necesidad de la subsistencia (su prevalencia, diríamos en términos evolutivos).
Toda esta perorata pseudofilosófica es solo una forma de llegar a un nuevo descubrimiento —y perdonarán otros más eruditos que ya lo hubieran hecho antes—: la política, vista en un escenario “posmoderno” (Lyotard) de los países de la periferia económica capitalista, nada tiene que ver con el bienestar colectivo. Ha pasado a ser únicamente el modo en que pequeños grupos —de funcionarios, diría Dostoievski— luchan por salvaguardar sus condiciones materiales de subsistencia.
Esta idea, que insisto no es nueva para muchos, adquiere particular relevancia para mí porque no la había acogido dentro de mi sistema de ideas, no por falta de pruebas, sino por mi intención “radical” de defender principios ideológicos y filosóficos aun en contra de la corriente normalizante y hegemónica. Toda mi vida me han sido consabidas frases como “las cosas son como son”, “las cosas no se pueden cambiar”, “una sola golondrina no hace verano” o “la política es así”. Sin embargo, mi postura autoinfligida de rebeldía, dignidad, consecuencia y otro tanto de principios que abstraje de todo cuanto me parece justo y estéticamente bello me llevaban siempre a pelear contra ellas.
Pero, siendo fiel al materialismo que hace años decidí intentar acoger frente a las visiones idealistas, hoy debo reconocer que tenían razón: la política y, en particular, la politiquería electorera burguesa es ante todo un fenómeno instrumental y sus partícipes, fundamentalmente, animales en competencia por prevalecer.
No importa desde qué bando “ideológico” uno se sitúe. Sean de izquierda o de derecha, las y los “políticos” no son más que individuos sumidos en su propia búsqueda de subsistencia. Este fenómeno, ampliamente analizado y renombrado como clientelismo, no responde a ningún planteamiento filosófico de fondo y, sin embargo, a todos se les impone, los ubica por encima y tergiversa su trasfondo. Es durante las campañas electorales cuando se exacerba en su versión más caricaturesca.
Para el caso colombiano me resulta verdaderamente particular la variación que me gusta llamar “rolos‑periferia”, donde se vuelve evidente que la gran mayoría de quienes se involucran “desde Bogotá” en campañas electorales no son más que competidores por el logro máximo: “un cargo en el eventual gobierno”.
Por su lado, las periferias o “provincias” presentan una situación que combina la adaptación clientelar con el convencimiento borreguil, respaldado en la ignorancia, el desconocimiento y el caudillismo. Mientras unos, consciente o inconscientemente, se han adaptado al fenómeno clientelar y aspiran a algunas migajas territoriales del botín burocrático, otros son solo elementos ciegos y esperanzados en la llegada del “verdadero cambio” para sus condiciones precarias de vida y subsistencia.
Ya en otras ocasiones he mencionado que esta es una visión tergiversada de la política, marcada por la determinación en última instancia de un modo de producción imperante que patrocina el individualismo (mas no la individualidad), la competencia (mas no la competitividad) y la impostura como modelo ético loable.
Para mí, la política comporta elementos que van más allá, pero qué le vamos a hacer: “esto es lo que hay”. En su base ontológica y en consecuencia con las banderas ideológicas que hace años decidí alzar, la política debería ser el debate por el poder para las mayorías, por el buen vivir y el bienestar colectivo. Eso solo es posible desde la consolidación de un proyecto de humanidad atravesado por la conciencia de hombres y mujeres como sujetos conscientes y no como simples instrumentos de un bienestar elitizado.
La razón por la que esta visión ha venido perdiendo peso tiene que ver, en parte, con denominaciones teóricas como “el fin de la historia” de Fukuyama o “la crisis de las ideologías” de Daniel Bell, pero fundamentalmente tiene que ver con la falta de intención de defender principios, en tanto la normalización es ley en este mundo de “sanidad mental”. Claro está, el acomodamiento burgués hace lo suyo, y es apenas comprensible que la casta más baja del proletariado —ese conjunto de trabajadores improductivos que Weber denominó burocracia— busque su natural subsistencia.
Desde ahí se entiende por qué se pueden dar fenómenos como la migración de posturas radicales y revolucionarias de colectivos e individuos hacia actitudes meramente electoreras, donde lo más importante es lograr participación en el botín estatal y la lucha por el poder para el pueblo se reduce a un resultado que garantiza la subsistencia material por “cuatro años más”.
Ahora bien, no es mi intención hacer el papel de autoridad ética frente a esta situación; solo quiero compartir lo que en mi reflexión se ha hecho evidente. También he sido parte de la institucionalidad pública, aunque me gusta pensar que llegué allí de manera desprevenida y en línea consecuente con mis posturas, buscando fortalecer el proceso popular desde mis habilidades y aptitudes más que solo buscando recibir mensualmente un emolumento.
Por eso hoy levanto de nuevo las banderas de la crítica y la dignidad, y llamo a preguntarnos por la adaptación al sistema de costumbres electorales y a la visión rolo‑centrista de la política institucionalizada, burocratizada y clientelar. Llamo una vez más a la reflexión por la concentración de los cuadros únicamente en estas labores, que tienden a dejar de lado los procesos de construcción de Nuevo Poder, de Poder Popular y de dinámicas de adquisición de conciencia para sí.
Llamo nuevamente a pensar si la política es solo lo que hacen en Bogotá en el Congreso (con todas sus marrullas, egos y mentiras), en los ministerios y entidades (con todo su burocratismo de babosas y desconocimiento de las realidades territoriales), en los comités de campaña (con todo su oportunismo disfrazado de buenas intenciones). Llamo, pues, a preguntarnos si nuestro destino es pasar de ser los mayores críticos del sistema de valores burgueses promovidos por el capitalismo y el neoliberalismo representados en el Estado como herramienta de dominación de clase a ser unos engranajes adicionales de su correcto funcionamiento.
