Amo a las mujeres desde su piel que es la mía.
A la que se rebela y forcejea con la pluma y la voz desenvainadas,
A la que se levanta de noche a ver a su hijo que llora,
A la que llora por un niño que se ha dormido para siempre,
A la que lucha enardecida en las montañas,
A la que trabaja –mal pagada– en la ciudad,
A la que gorda y contenta canta cuando echa tortillas
En la pancita caliente del comal,
A la que camina con el peso de un ser en su vientre
Enorme y fecundo.
A todas las amo y me felicito por ser de su especie.Gioconda Belli.
En el corazón de la historia colombiana, las madres han sido mucho más que dadoras de vida; han sido las guardianas de la esperanza en medio de la penumbra. Durante décadas han cargado sobre sus hombros el peso de una violencia que les arrebató compañeros, hijos y territorios, pero que nunca pudo arrebatarles la dignidad. Son ellas quienes, con el alma herida, han decidido que el odio no será la herencia de las próximas generaciones. Las madres de Colombia han transformando su dolor en una fuerza que sostiene a la nación.
Esta fortaleza no es solo poética, es una realidad estadística contundente. Según los datos más recientes del DANE para este 2026 la jefatura femenina en los hogares colombianos ha alcanzado niveles históricos, llegando a casi el 50% a nivel nacional. En ciudades como Medellín y Bogotá, esta cifra es aún más impactante, donde en hogares con niños pequeños la jefatura femenina llega a superar el 70%. Estas mujeres no solo crían, sino que son el único sostén económico y emocional de millones de familias, enfrentando solas la responsabilidad de construir el tejido social. En cada rincón del país, una madre ha sido refugio, han sido gestoras de paz, mediadoras en conflictos locales y sembradoras de perdón en tierras fértiles para la violencia.
La construcción de un nuevo país es imposible sin reconocer que la paz tiene rostro de mujer y manos de madre. Las madres colombianas han pasado de ser víctimas a ser protagonistas políticas, exigiendo que su labor de cuidado sea reconocida como el pilar fundamental de la justicia social. Su sufrimiento no ha sido pasivo, por el contrario, han protagonizado una de las resistencias más heroicas y silenciosas de nuestra era, no solo han resistido las consecuencias de la guerra sino que han tenido que multiplicar sus jornadas laborales, dedicando más de 7 horas diarias a labores de cuidado no remunerado, un sacrificio que profundiza desigualdades pero que ha sostenido generaciones.
En este panorama, millones de madres necesitan de un Estado que las sostenga a ellas, tal como ellas han sostenido a Colombia, y es la figura de Iván Cepeda que emerge como el aliado coherente para este mandato de vida, su trayectoria como defensor de derechos humanos puede ser garantía de que el dolor de las madres no será una mercancía electoral, sino el eje de un gobierno que prioriza la reparación, la búsqueda de los desaparecidos y la creación de un sistema nacional de cuidado que alivie la carga de quienes lo han dado todo.
El nuevo país ya está naciendo, y ese nuevo país no puede hacerse de espaldas a quienes han puesto el pecho a la adversidad. Por eso es imprescindible seguir en el camino de reconocer como sociedad que la paz no es solo la ausencia de guerra, sino la presencia de garantías para que ninguna madre vuelva a parir hijos para la muerte, sino para la vida, porque las madres entienden que para defender el nido hay que transformar el mundo, y que votar por el cambio es, en realidad, el abrazo más largo que los hijos merecen. Por el sudor de sus frentes y la luz de su esperanza, este país dejará de ser una fosa común para convertirse en el jardín de los sueños.
Por los 7837, por nosotras y por la paz que nos merecemos.
