Versión amarga de una dulcificada realidad
Me temo que apropiarse de una cosmovisión europea, centrista, como nos sucedió a todos desde niños, nos determina a poseer mentes colonizadas, adaptadas a defender a toda costa los intereses del amo. Desde luego que podemos hacerlo de manera inocente, sin el menor asomo de maldad, creyendo representar el único universo civilizado y humanista. Es precisamente el efecto de la dominación cultural, del esquema mental con que nos domaron el pensamiento.
Europa nos fue presentada como el escenario de desarrollo social, económico, político, moral, en fin, como la cúspide del progreso y refinamiento humano. Y así aprendimos a verla, por decirlo de otro modo, así nos apropiamos de ella. No soy de los que sienten fobia a Europa; no quiero ser malinterpretado. Simplemente, creo que debemos tener una mirada mucho más amplia y objetiva acerca de las realidades históricas, liberándonos de la opresión mental dominante.
Si vamos al siglo XX y damos una mirada al conjunto, no es muy difícil concluir que las peores desgracias que asolaron a la humanidad nacieron y se cumplieron íntegramente en Europa. Así, las dos guerras mundiales, las matanzas más grandes que recuerde la historia universal, fueron producto de ambiciones y enfrentamientos entre estados europeos. Que terminaron por extenderse a otros continentes, arrastrados al fuego por Europa.
Los peores totalitarismos y el máximo de la degradación ideológica y moral son productos europeos. Pese a lo cual, Europa se nos presenta como la cumbre de las ideas y la humanización. Basta con recordar que entre noviembre de 1884 y febrero de 1885 se cumplió la llamada Cumbre de Berlín, en la que las potencias coloniales acordaron las reglas para repartirse África. Con regla en la mano trazaron los límites de los países que inventaban para cada una de ellas.
Y que ocuparon a sangre y fuego, sometiendo a sus habitantes a un estado cercano a la esclavitud, mientras saqueaban impunemente todos sus recursos naturales. África no es lo que es hoy porque sus pueblos negros sean ignorantes y semisalvajes, sino porque los europeos, los mayores adalides de la cultura, los condenaron al hambre, al hacinamiento y al atraso por medio de la fuerza bruta. Igual les pasó a la India y China con Gran Bretaña.
Como les sucedió a Indonesia y los pueblos del sudeste asiático con la dominación holandesa. Si se suman las muertes violentas ocasionadas por los europeos en sus colonias y protectorados, la cuenta resulta aterradora, son millones y millones de seres humanos, mujeres, niños y hombres pisoteados en su dignidad con el mayor desprecio. Algo que desde luego no aparece en sus libros de historia ni en las películas de aventuras con las que nos adoctrinaron siempre.
Es como si la vida de los asiáticos, los africanos y los nativos americanos no hubiera valido nunca la centésima parte de un penique. Las matanzas se trataron y se tratan aún, en el mejor de los casos, como una especie de efecto colateral, que poco cabe mencionar, a la hora de resaltar la generosidad exhibida al llevar a América, Asia o África las bondades de su religión, sus costumbres y sus lenguas. El traje blanco de cóctel con el que se viste Europa está en realidad manchado de sangre.
Allá se jactan de contar con lo más avanzado de la economía, las ciencias, la tecnología y la cultura, sin hacer la mínima mención de que aquello no es producto de su trabajo honrado, sino del despojo brutal de las riquezas de pueblos nobles a los que ocuparon y desangraron durante siglos. De la misma manera que la pobreza y los dramas que se viven en estos pueblos hoy son, en justicia, la herencia que dejaron al resto de la humanidad los europeos.
La cuenta que deben a América los españoles, para traer sólo ese ejemplo, no cabe por su tamaño en ninguna cabeza. De acuerdo con cálculos de historiadores descolonizados, se podría tender un puente de oro y plata entre Lisboa y el Caribe con todo lo que saquearon por siglos. Se habla, por los más optimistas, de por lo menos 60 millones de indígenas americanos exterminados por los europeos, aunque otros suben sus aproximaciones a los 90 millones.
Igual que en otros continentes y en otros momentos, en los territorios hollados por los europeos en América existían pueblos y culturas muy avanzados. Tenochtitlán, la capital de los aztecas, tenía más habitantes que Londres o París a la llegada de Hernán Cortés. Atahualpa, el líder de los incas, un reino que se extendía desde el sur de la actual Colombia hasta el norte de Chile, fue secuestrado por Pizarro, obligando a los indios a pagar un rescate inimaginable de oro por su vida.
Pese a lo cual, no vaciló en ejecutarlo una vez tuvo el gigantesco tesoro en su poder. Lo que recuerda un poco también las famosas cruzadas, expediciones militares hacia el Medio Oriente, concebidas por los papas y ejecutadas por los monarcas europeos, para saquear las riquezas de los musulmanes asentados en la llamada Tierra Santa, en el nombre de Dios, Jesucristo y la Virgen María. Todavía hoy sufren los musulmanes el odio que les llegó de Europa.
Son judíos europeos, sin el menor vínculo étnico ni de sangre con el territorio palestino, los llamados jázaros, los que crearon y defienden el sionismo que hoy proclaman con orgullo desde el gobierno de Israel, estado criminal creado nuevamente por europeos a mediados del siglo pasado. El sionismo, la versión moderna del nazismo, lo financiaron los Rothschild, judíos ingleses que aspiraban al control del petróleo y el gas del Medio Oriente.
Son verdades contemporáneas que muchos se niegan a admitir pese a su evidente realismo. Los Estados Unidos, tal y como lo proclaman los supremacistas blancos que dirigen las riendas de ese país, se sienten y se proclaman a sí mismos como anglosajones, de raza pura europea, lo que les otorga el derecho natural a aplastar a todos los demás pueblos integrados por gente de color, fea y repugnante. Por la misma razón persiguen y expulsan a los llamados migrantes.
Desde que llegaron a América los peregrinos del Mayflower, huyendo de las matanzas religiosas de moda en su tiempo en Europa, se dieron en llamar el pueblo elegido, con un destino manifiesto decidido por la providencia, que les permitía expandirse, privar de sus tierras a los nativos, aniquilarlos como a ratas, hasta finalmente apropiarse de todas las tierras hasta la costa este. Todavía sueñan igual, aspirando a hacerse con todas las tierras hacia el sur.
Repaso de su viejo conflicto con Rusia
Con el riesgo de entrar fatigosamente en algunos detalles, traigo a cuento las invasiones de Europa a Rusia, tal y como las registra la inteligencia artificial de Occidente (Grock):
- Cruzada de los Caballeros Teutónicos (1240-1242): Orden militar germánica (aliada con suecos y daneses) intentó expandirse hacia Novgorod y Pskov para cristianizar (católicamente) a los rusos ortodoxos.
- Invasión polaco-lituana (1609-1618) — Tiempo de los Problemas. La Mancomunidad de Polonia-Lituania invadió durante el caos interno ruso (famine, disputas dinásticas). Ocuparon Moscú en 1610 y colocaron a un príncipe polaco en el trono.
- Invasión sueca de Carlos XII (1708-1709). Durante la Gran Guerra del Norte, Suecia invadió Rusia.
- Invasión francesa de Napoleón (1812). La más famosa: Napoleón cruzó con la Grande Armée (unos 600.000 hombres, multinacional europea).
- Invasión nazi alemana — Operación Barbarroja (1941). Alemania y aliados del Eje (con apoyo de otros países europeos) lanzaron la mayor invasión de la historia.
Otras menciones relevantes:
Intervención aliada (1918-1920) durante la Guerra Civil Rusa: Tropas del Reino Unido, Francia, EE.UU., Japón y otros apoyaron a los blancos contra los bolcheviques (intervención limitada, no conquista total).
En la I Guerra Mundial, Alemania y Austria-Hungría avanzaron en territorio ruso, pero fue parte de una guerra general, no una invasión unilateral de conquista como las anteriores.
Copio literalmente el resumen de la IA sobre las invasiones rusas a Europa:
<<Rusia no ha lanzado una “gran invasión pan-europea” al estilo de Napoleón o Hitler hacia Moscú, pero sí ha invadido, ocupado o controlado militarmente múltiples países europeos, especialmente del Este, en varias épocas. Su estrategia histórica ha sido crear zonas de amortiguación (buffers) contra amenazas percibidas desde Occidente. En contraste con las invasiones a Rusia (que suelen ser recordadas como existenciales), las acciones rusas hacia Europa se ven a menudo como expansivas o defensivas-preventivas desde la perspectiva rusa>>.
Otra mirada sobre la guerra en Ucrania
Suele afirmarse alegremente, desde la perspectiva eurocentrista tradicionalmente dominante, que a partir de 2022 Rusia inició una agresión contra Ucrania fundada en falsas motivaciones. Al respecto considero que vale la pena precisar algunas cosas. Los Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia impulsaron la creación de la OTAN en 1949, como una alianza militar con un supuesto carácter defensivo ante una inminente agresión de la Unión Soviética.
Esta última, en respuesta, creó también lo que se conoció como el Pacto de Varsovia, en 1955, materializando con él la división del mundo en bloques de influencia, occidente y oriente, bajo cuyo influjo se desarrolló lo que se conoció como Guerra Fría. Esta terminó con la desaparición del Pacto de Varsovia en 1989, entre otras cosas, como consecuencia de los levantamientos que pusieron fin a los regímenes comunistas en Checoeslovaquia, Hungría, Rumanía y Alemania del Este.
Cuando las grandes potencias se ocuparon del tema de la reunificación alemana, Mijaíl Gorbachov, por cuya orientación se fueron desencadenando todas las transformaciones en el mundo soviético, terminadas con la propia desaparición de la URSS en 1991, llegó a un acuerdo con los gobiernos de Estados Unidos y Alemania Federal. Desaparecía el Pacto de Varsovia, pero a su vez la OTAN, que perdía todo su sentido en las nuevas condiciones, no se expandiría hacia el este.
Rusia, una vez desaparecida la URSS, intentó por todos los medios posibles que Occidente la recibiera como un estado europeo más. Fueron los años en que se habló del fin de la historia, del triunfo histórico definitivo de las democracias capitalistas occidentales, de la posibilidad de un nuevo orden mundial pacífico y varias bellezas semejantes. Sin embargo, los Estados Unidos y Europa se negaron a considerar a Rusia como un país igual a ellos.
Le admitieron sumarse al G7, que se convertiría en un G8, pero, sobre la base de que cada vez que se trataran asuntos económicos, el representante de Rusia debía salirse de la reunión. Una condición humillante, que Gorbachov y luego Yeltsin aceptaron. El comunismo desapareció de Rusia y en su lugar llegaron al poder nuevos y poderosos capitalistas, muchos de los cuales provenían del establecimiento soviético estatal que se habían apropiado hábilmente.
Las llamadas mafias rusas, organizaciones criminales nacientes en medio del desorden, se enriquecieron y expandieron con sumo poder por todo el mundo. En medio de aquel caos, Occidente concibió el plan de expandirse hacia el este, con el propósito de cercar y, llegado el caso, balcanizar el estado ruso, para aniquilar la mínima posibilidad de un rival económico o militar. Pese a la desaparición de la URSS, Rusia seguía siendo el país más grande del mundo.
Ni los Estados Unidos ni la Unión Europea obraron inocentemente. Fue la época de la apoteosis de la globalización neoliberal, del desmonte del estado de bienestar en Occidente, de las privatizaciones, de los recortes laborales, del libre comercio total. Políticas económicas que beneficiaron el enriquecimiento exagerado del sector financiero especulativo en todo el mundo. Los amos de las finanzas especulativas se hicieron al control de los gobiernos de casi todos los países.
Así que, en los Estados Unidos y Europa, consorcios financieros como BlackRock, George Soros, Rothschild y Bloomberg pasaron a tomar el control económico y político. La Unión Europea quedó en sus manos, con todas las intenciones de expandir también su control a Rusia. Es lo que explica que la OTAN, violando el compromiso con Gorbachov, iniciara su expansión hacia el este de manera amenazante para Rusia. De 16 países, pasaron a integrarla 32 hasta hoy.
En ese mismo camino, esos mismos intereses fueron promoviendo las llamadas revoluciones de colores, para asegurar gobiernos títeres para ellos. En resumen, Ucrania fue uno de sus objetivos. Primero en 2004 y luego en 2014 se produjeron golpes de Estado que pusieron al frente del país a los sectores más proclives a la globalización neoliberal, integrados fundamentalmente por neonazis de la peor condición. Eso fue lo que obligó a Rusia a recuperar Crimea.
Es que suele olvidarse que Ucrania, como estado moderno, fue creada por la propia Rusia, en desarrollo de la revolución bolchevique, y que fue el propio Lenin quien la orientó. Como fue la Unión Soviética, de la que hacía parte Ucrania, quien tomó la decisión de entregar Crimea a Ucrania, su aliado político, militar y económico, en 1954, esta vez por decisión de Nikita Kruschev. Ante los nuevos acontecimientos, por su importancia, Rusia recuperaba lo suyo.
Materializado con un referéndum en el que la aplastante mayoría de crimeos votó por unirse a Rusia. No hay que olvidar que la mayoría de esa población es rusa de origen y siempre se ha sentido ligada a esa nación. La propaganda de los financistas neoliberales de Occidente presentó el hecho como una amenaza rusa de apropiarse de toda Europa, cosa que se manifestaría en cualquier momento con la invasión de distintos estados europeos.
Hay que advertir que, tras la muerte de Yeltsin, ascendió al poder en Rusia, primero en condición de primer ministro y luego como presidente elegido por la mayoría de los rusos, Vladimir Putin, quien asumió el rescate de su país del lugar que le habían asignado desde Occidente. Putin puso orden en casa en muchos sentidos, pero sobre todo en el rescate de su economía y poder militar, con el fin de enfrentarse a los propósitos de sus rivales de destruirlo.
Atravesarse a los objetivos occidentales lo convirtió en blanco de la peor propaganda. Hasta el punto de ser calificado como asesino, torturador y todo lo que se quiera, como suelen hacer los Estados Unidos y sus aliados de la Unión Europea con todo aquel que se opone a sus intereses. No hay que olvidar que, por los mismos años, esos aliados actuaron en Irak, Afganistán, Libia, Siria, Somalia, Sudán, despedazando por completo esos países para apropiarse de sus riquezas.
Son las cosas que Occidente suele ocultar, o tapar con todo tipo de noticias deportivas, musicales o lo que se quiera. En Ucrania, en 2014, Victoria Nuland, subsecretaria de Estado de los EE. UU., para la época, se encargó de imponer al presidente su interés por su país. Así como un tiempo después, los Estados Unidos, con la bendición de la Unión Europea, llevaron a Selensky a la presidencia. Al que además prometieron integrarlo a la OTAN, en la frontera con Rusia.
Con cada oleada con la que la OTAN se expandió al este, Rusia, ahora con Putin, advirtió que se sentía amenazada en su seguridad. 1999: Hungría, República Checa y Polonia. 2004: Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumanía, Eslovaquia y Eslovenia. 2009: Albania y Croacia. 2017: Montenegro. 2020: Macedonia del Norte. Ante el anuncio de la entrada de Ucrania de Zelensky a la OTAN, Rusia manifestó que no lo permitiría. Era un atentado contra su seguridad.
Como si ella pusiera bases nucleares en el norte de México o el sur de Canadá, algo que sin duda los Estados Unidos jamás aceptarían por razones de seguridad nacional. Desde entonces hubo muchísimas propuestas de diálogo, de acuerdos en materia de seguridad global, todas despreciadas abiertamente por los Estados Unidos y la Unión Europea, en la que la voz cantante la llevan el Reino Unido, Alemania y Francia, en manos de gobiernos dirigidos por fanáticos neoliberales.
Tanto Biden, como los primeros ministros europeos y los líderes de la Unión Europea, se burlaron de Putin. Hablaron abiertamente de que, si se producía una guerra, Rusia sería derrotada y despedazada. La inminente aceptación de Ucrania en la OTAN obligó a Rusia a cumplir con sus advertencias, que al contrario de lo que piensan mentes dominadas por el supremacismo europeo no eran pretextos, ni intenciones de invadir a Europa, sino actos legítimos de defensa.
Me tomo la molestia de precisar todas estas cosas, quedando en el aire muchas de ellas, porque creo que cualquier análisis debe partir de hechos objetivos. A los dos meses de iniciada la guerra en Ucrania, hubo conversaciones de paz en Estambul, donde prácticamente se llegó a un acuerdo. Ucrania desistía de su ingreso a la OTAN y Rusia salía del Dombás. Pero, Boris Johnson, primer ministro del Reino Unido, y Biden, por los Estados Unidos, hicieron echar el acuerdo abajo.
Por eso la guerra continúa. Si Rusia hubiera querido aplastar a Ucrania, lo hubiera hecho, dada su superioridad de recursos militares o nucleares. Pero sólo ha elevado tres consignas: Neutralidad de Ucrania, desmilitarización de la misma y desnazificación de su dirigencia política. Nada más. Occidente cree que tiene servida su oportunidad para acabar con Rusia. La OTAN hoy más que nunca insiste en que ganarán, llevando al riesgo de una guerra mundial nuclear.
La idea de una Rusia invadiendo uno y otro país de Europa nace de ese eurocentrismo, acentuado por la globalización financiera, con una gigantesca campaña de propaganda a escala mundial. Para escapar de ella, hay que liberarse de la idea de la superioridad moral y política de la Europa actual, como hay que liberarse de la idea de la superioridad moral de Europa a través de la historia. Y reconocer hechos que la misma Europa se empeña en ocultar.
Como que la filosofía griega, uno de los pilares de la cultura occidental, es un producto europeo, cuando la realidad histórica demuestra que provino de Asia y África, de Persia, de Egipto y de la misma Arabia. Como las matemáticas y la astronomía. Tampoco puede Europa apropiarse impunemente de los avances del renacimiento. Siempre nos vendieron este como el producto de la genialidad europea que la sacó de la Edad Media a la modernidad.
De las cruzadas vinieron muchas relaciones con el mundo árabe y musulmán. Como con los primeros navegantes y mercaderes que fueron a Asia, a China, Indonesia o la India, llegaron también enormes conocimientos científicos y técnicos que fueron aprovechados por mentes europeas para avanzar culturalmente, mientras masacraban pueblos lejanos. Los viajes de Marco Polo no son sólo una crónica de aventuras, sino una prueba de que se bebía culturalmente de Oriente.
A manera de conclusión
Así que no se corresponde con la verdad, ni está bien desde el punto de vista ético, eso que hacen Europa y los Estados Unidos, sus hijos en América, de presentarse siempre como las víctimas, los agredidos que se defienden con sus ideales justos. En rigor, han sido estos quienes han llevado las guerras y los saqueos al resto del mundo. Quienes, con sus naves, ejércitos, bombas y políticos, a los que hay que añadir la propaganda, han atentado siempre contra la paz y la armonía.
Eso no solamente puede predicarse del pasado, desde las guerras médicas o la expansión macedónica con el héroe europeo Alejandro. Sigue siendo igual, no cambia. Con la misma bendición y la misma cruz con la que los conquistadores europeos asolaron la América precolombina, los europeos y norteamericanos siguen hoy presentándose como los buenos, los que enfrentan a los bárbaros criminales y caníbales que ponen en peligro al mundo.
No son China, Rusia, Irán o los pueblos africanos del Sahel, hoy más rebeldes y significativos que nunca, los que amenazan y atentan contra la civilización milenaria occidental. Por el contrario, es la misma avaricia la que sigue imperando, es el mismo afán de dominación esgrimido por siglos por Europa y sus herederos en América. Esos pueblos, como Cuba, que reivindican sus justos derechos, son objeto de las más viles acusaciones desde los Estados Unidos y la Unión Europea.
No defiendo a Vladimir Putin como persona porque, entre otras cosas, no conozco sus hechos sino lo que dice la venenosa propaganda occidental. Eso no me impide ver lo que representa Rusia hoy a la hora de la estabilidad estratégica mundial. Por lo que no me dejo engañar. Como no me engañan las historietas occidentales sobre Taiwán y la supuesta expansión china en el Pacífico. Si los que tienen decenas de bases en el Pacífico son los Estados Unidos.
Lo que sí sé es que Putin, en la época de mayor pérdida de influencia política en su propio país, cayó al 74 por ciento de aceptación, descendiendo del 86 por ciento con el que contaba cuando ganó su última presidencia en elecciones. Ojalá Macron, Mertz o Starmer pudieran contar con un índice de aceptación semejante por parte de sus connacionales. Se trata de proyectos a punto de ser vencidos en las urnas por sectores de ultraderecha, paradójicamente enemigos de la guerra contra Rusia.
Creo que me he extendido más de lo que pensaba. No quiero parecer descortés, agresivo o poco fraternal hacia ningún pueblo o persona. Soy perfectamente claro de que los pueblos europeos han contado con dirigentes perversos, capaces de manipularlos al extremo, baste poner como ejemplo a Hitler. Eso sigue sucediendo aún, con otras máscaras. Creo, firmemente, que un día cualquiera esos pueblos se hartarán del engaño y cambiarán las cosas.
