Hace algunos días, en este mes de mayo de 2026, Álvaro Uribe Vélez volvió a sacar del baúl de la Guerra Fría uno de los fantasmas más usados por la derecha latinoamericana: acusar a Iván Cepeda de querer “cubanizar” a Colombia. El verbo parece nuevo, pero es viejo. Es apenas una variación local del mismo miedo administrado durante décadas contra cualquier proyecto que se atreva a hablar de soberanía, igualdad, reforma agraria, justicia social o independencia frente a Estados Unidos. “Cubanizar” no aparece allí como una categoría de análisis, sino como una alarma. No busca explicar nada; busca impedir que pensemos.
La acusación no discute un programa, no compara modelos, no examina cifras, no evalúa instituciones. Opera como consigna. En una sola palabra intenta comprimir una pedagogía del miedo: Cuba como ruina, el socialismo como hambre, la igualdad como amenaza, la soberanía como aislamiento, la crítica al imperio como delirio autoritario. Es una vieja técnica de empobrecimiento del debate público. Cada vez que un proyecto popular propone redistribuir poder, aparece el espanto: “nos van a volver Cuba”. Cada vez que se habla de paz, se grita “castrochavismo”. Cada vez que se habla de derechos sociales, se responde “comunismo”. Cada vez que se habla de soberanía, se acusa traición a Occidente.
Pero revisada de cerca, la pregunta cambia. ¿Quién ha “cubanizado” realmente a Cuba? ¿El pueblo cubano, que decidió construir un proyecto político en una isla pobre y periférica? ¿O el imperio norteamericano, que durante más de seis décadas ha desplegado contra esa isla una política de sanciones, bloqueo, aislamiento financiero, persecución comercial y castigo extraterritorial? Esa pregunta es indispensable, porque el anticomunismo suele cometer una operación cínica: primero participa en la asfixia de un país y luego presenta las consecuencias de esa asfixia como prueba del fracaso moral del asfixiado. Es como quebrarle las piernas a alguien y luego burlarse de él porque no puede andar.
Cuba no ha vivido en condiciones normales de inserción económica internacional. La relatora especial de las Naciones Unidas, Alena Douhan, visitó Cuba en noviembre de 2025 y sostuvo que las sanciones unilaterales contra la isla tienen efectos amplios sobre los derechos humanos, la cooperación internacional, el acceso a bienes esenciales y las posibilidades ordinarias de funcionamiento económico. En sus hallazgos preliminares señaló, además, que esas medidas no pueden comprenderse como una simple disputa bilateral, porque producen efectos extraterritoriales y terminan condicionando la conducta de terceros Estados, empresas, bancos y actores comerciales.
Ese dato debe ponerse en el centro. Cuba no es simplemente una economía con problemas internos, aunque los tenga. Es una economía sometida a una arquitectura de castigo prolongado por la principal potencia del planeta. El bloqueo no es una metáfora. Es una estructura material que encarece transacciones, inhibe operaciones bancarias, disuade inversiones, restringe acceso a tecnología, obstaculiza comercio, genera sobrecumplimiento empresarial y castiga indirectamente a quienes intentan relacionarse con la isla. No es, entonces, una anécdota diplomática. Es una forma de guerra económica sostenida, incluso posiblemente más criminal que acciones de guerra bélica.
Por eso resulta tan importante recordar que el rechazo al bloqueo no es una extravagancia de la izquierda latinoamericana. En octubre de 2025, la Asamblea General de las Naciones Unidas volvió a aprobar, por trigésima tercera vez consecutiva, una resolución que exige poner fin al embargo económico, comercial y financiero de Estados Unidos contra Cuba. La votación fue abrumadora: 165 países a favor, 7 en contra y 12 abstenciones. Ese resultado dice mucho. La comunidad internacional entiende, con distintos matices ideológicos, que el bloqueo no es un mecanismo legítimo de promoción democrática, sino una política de asfixia contra una población entera. Si hoy el DIH castiga todo tipo de acción de guerra que no distingue entre combatientes y no combatientes, ¿qué se puede decir de una acción también de guerra que ataca por parejo toda una nación?
La cosa no se quedó en el pasado. En 2026, el gobierno de Donald Trump profundizó la presión contra Cuba. El 29 de enero de 2026, la Casa Blanca expidió una orden ejecutiva sobre “amenazas” atribuidas al gobierno cubano, abriendo la puerta a nuevas medidas contra países que suministren petróleo a la isla. En mayo de 2026, Reuters informó de nuevas sanciones contra altos funcionarios cubanos y señaló que estas medidas hacían parte de una estrategia más amplia de presión contra el liderazgo cubano, incluida la afectación de los suministros petroleros provenientes de Venezuela. Pocos días después, grandes empresas navieras como CMA CGM y Hapag-Lloyd suspendieron reservas hacia y desde Cuba por los riesgos derivados de las órdenes ejecutivas estadounidenses, con posibles impactos severos sobre el comercio marítimo de la isla.
Esto muestra que el bloqueo no es una reliquia de la Guerra Fría. Es una política viva, actualizada, endurecida y revestida de nuevos lenguajes de seguridad nacional. En el fondo, se trata de una vieja doctrina con ropaje contemporáneo: América Latina como zona de control estratégico de Estados Unidos. La Doctrina Monroe, formulada en 1823, fue presentada como una advertencia a las potencias europeas para que no intervinieran en el hemisferio occidental, pero históricamente terminó funcionando como justificación de la tutela estadounidense sobre nuestra región. En su versión reciente, analistas internacionales han hablado incluso de un “corolario Trump” a la Doctrina Monroe, orientado a reforzar la dominación estadounidense en el hemisferio occidental bajo argumentos de migración, seguridad, drogas, energía, competencia con China y control de cadenas estratégicas.
Entonces volvamos a Uribe. Cuando acusa a Iván Cepeda de querer “cubanizar” a Colombia, no está simplemente criticando a Cuba. Está defendiendo una pedagogía de obediencia. En su imaginario, el peligro no parece ser la pobreza, ni la desigualdad, ni la violencia política, ni la concentración de la tierra, ni la subordinación económica. El peligro sería apartarse de la receta imperial. En esa lógica, Colombia no debe preguntarse por su propio destino, sino escoger quién administra mejor la finca del patrón del norte. No hay que pensar una nación soberana, plurinacional, democrática y justa; hay que obedecer. No hay que construir comida propia; hay que aceptar las sobras. No hay que crear camino; hay que seguir la carretera trazada por Washington.
Pero la historia latinoamericana no confirma la promesa de la subordinación. Si alinearse con Estados Unidos fuera garantía de desarrollo, América Latina estaría llena de sociedades prósperas, igualitarias, industrializadas y soberanas. No lo está. Haití sigue siendo el país más pobre de América Latina y el Caribe y uno de los más pobres del mundo, según el Banco Mundial, en medio de una crisis marcada por violencia, inseguridad, fragilidad institucional y desplazamientos masivos. Guatemala y Honduras, países profundamente inscritos en la órbita geopolítica y económica estadounidense, no son precisamente ejemplos de soberanía productiva, justicia social o bienestar generalizado. La lección no es que Estados Unidos sea la única causa de todos los males de la región. Esa sería una simplificación. La lección más seria es otra: la subordinación geopolítica no garantiza desarrollo, democracia social ni dignidad nacional.
La derecha colombiana habla de “cubanizar”, pero nunca habla de “haitianizar”, “hondureñizar” o “guatemalizar” a Colombia. Nunca se pregunta por qué tantos países obedientes han seguido atrapados en pobreza, violencia, dependencia, migración forzada y economías primario-exportadoras. Nunca se pregunta por qué la apertura asimétrica, la banca multilateral, la militarización de la seguridad y la subordinación diplomática no han producido sociedades libres de hambre y desigualdad. El anticomunismo funciona precisamente porque oculta esa pregunta. Presenta a Cuba como advertencia única, mientras deja en silencio el fracaso social de muchas periferias obedientes.
No se trata, por supuesto, de idealizar acríticamente a Cuba. Un artículo serio no necesita negar los problemas políticos, económicos e institucionales de la isla. Cuba enfrenta una crisis profunda, deterioro material y un éxodo doloroso. Pero tampoco es serio examinarla como si hubiera vivido seis décadas en igualdad de condiciones con países no bloqueados. La honestidad intelectual exige poder sostener dos ideas al mismo tiempo: Cuba tiene problemas internos reales y, a la vez, ha sido sometida a una política externa de castigo extremo que agrava estructuralmente esos problemas. Quien borra cualquiera de las dos dimensiones deja de analizar y empieza a hacer propaganda.
Además, incluso bajo bloqueo, Cuba ha producido conquistas sociales que incomodan a sus detractores. La Organización Panamericana de la Salud registra para Cuba una tasa de alfabetización de 99,9% en 2021. La literatura académica sobre su sistema de salud ha señalado que el país logró alfabetización casi universal, erradicación de ciertas enfermedades, acceso extendido a agua potable y saneamiento básico, así como indicadores destacados de mortalidad infantil y esperanza de vida en la región. Nadie está obligado a copiar el sistema político cubano para reconocer esos logros. Pero solo una mirada fanática puede negar que una isla pobre, bloqueada y periférica haya logrado construir capacidades sociales que muchos países más ricos no han querido garantizar.
Ahí está el punto que el uribismo no quiere discutir. Cuba no es solo el nombre de una crisis. También es el nombre incómodo de una pregunta: ¿qué pasaría si un país pobre decidiera que la salud, la educación, la alfabetización, la ciencia y la dignidad nacional deben ocupar el centro de la vida pública? ¿Qué pasaría si el presupuesto de una nación no estuviera organizado por la guerra interna, la renta financiera y el privilegio oligárquico, sino por la reproducción concreta de la vida? ¿Qué pasaría si un pueblo pequeño, con todos sus errores y contradicciones, se negara a pedir permiso para existir?
Por eso la palabra “cubanizar” debe ser disputada. No para aceptarla en el sentido miserable que le da la derecha, sino para desnudar la trampa que contiene. Cuba no es la pesadilla que el imperio le vendió a América Latina. Cuba es una isla bloqueada que, contra todos los cálculos de la dominación, decidió que su pueblo tenía derecho a leer, a curarse, a estudiar, a organizar su vida colectiva y a existir con dignidad sin arrodillarse ante Washington. Esa es la verdadera herejía cubana: no haber aceptado el lugar asignado por el orden mundial. No haber sido finca, enclave, protectorado ni patio trasero. Por eso la odian. No porque Cuba sea perfecta, sino porque Cuba demuestra que un pueblo pequeño puede desafiar al amo más grande. Si “cubanizar” significa poner la vida por encima del mercado, la salud por encima del negocio, la educación por encima del privilegio y la soberanía por encima del servilismo, entonces lo que habría que preguntarse no es si Colombia corre el riesgo de cubanizarse, sino por qué sus élites le tienen tanto miedo a que Colombia deje de comportarse como colonia.
La derecha hace trampa cuando exige que toda defensa de Cuba empiece por una disculpa. Quiere que hablemos del bloqueo con vergüenza, que reconozcamos la alfabetización cubana con pudor, que mencionemos sus médicos como si fueran una nota incómoda, que pronunciemos la palabra soberanía bajando la voz. Pero no hay por qué aceptar ese chantaje. Cuba no tiene que ser defendida desde la culpa, sino desde la verdad histórica. La isla ha sido sometida a una guerra económica brutal, sostenida por la potencia más poderosa del planeta, y aun así ha levantado un proyecto social que puso en el centro la educación, la salud, la ciencia y la solidaridad internacional. Eso es lo que no le perdonan. No le perdonan haber demostrado que un pueblo pequeño puede mirar al imperio de frente. No le perdonan que, en medio del cerco, haya formado médicos en vez de mercenarios, maestros en vez de capataces, brigadas de salud en vez de ejércitos de ocupación. No le perdonan haber desobedecido.
El problema es que Uribe no habla de Cuba para comprender Cuba. Habla de Cuba para no hablar de Colombia. Para no hablar de un país donde la tierra sigue brutalmente concentrada; donde los liderazgos sociales son asesinados; donde la paz ha sido saboteada una y otra vez; donde las regiones periféricas viven como colonias internas; donde el campesinado ha sido expulsado, endeudado, estigmatizado o militarizado; donde la política antidrogas fue diseñada más para satisfacer a Washington que para resolver la economía real de los territorios; donde la democracia electoral coexistió durante décadas con cementerios políticos, desplazamientos masivos y proyectos populares exterminados.
Habla de Cuba para no hablar del Plan Colombia, de las bases militares, de la subordinación diplomática, de la guerra contra las drogas, de la dependencia tecnológica, del extractivismo, del desmonte productivo y de la violencia antisindical. Habla de Cuba para no hablar de la Colombia realmente existente: una democracia formal atravesada por desigualdad estructural, racismo territorial, clasismo, paramilitarismo, concentración económica y miedo. El fantasma de Cuba sirve para tapar el desorden de la finca.
En ese punto reaparece una expresión dura, pero políticamente reveladora: “lacayo del imperio”. No conviene usarla como insulto vacío. Así usada, empobrece el argumento. Pero sí puede entenderse como una categoría política: la actitud de las élites locales que renuncian a pensar soberanamente y prefieren administrar los intereses de una potencia antes que los derechos de su propio pueblo. El lacayismo no es solamente admirar a Estados Unidos. Es aceptar que Colombia solo puede existir como aliada menor, como patio estratégico, como plataforma militar, como proveedor de materias primas, como frontera de contención, como ficha geopolítica.
Y ahí el uribismo aparece como algo más profundo que una corriente electoral. Es una forma de imaginación política limitada por el amo. Su promesa no es la grandeza nacional, sino el orden subordinado. Su idea de seguridad no es la vida digna, sino el disciplinamiento. Su idea de libertad no es la emancipación de las mayorías, sino la libertad de las élites para conservar privilegios. Su idea de patria no es el pueblo soberano, sino la propiedad defendida por la fuerza. Por eso acusa de “cubanizar” a quien propone reformas sociales, pero nunca acusa de “colonizar” a quienes entregan la política exterior, la seguridad, la economía y la subjetividad nacional al mandato de Washington.
El verdadero debate, entonces, no es Cuba. Es la soberanía. Es si como Colombia puede pensarse desde sus propias heridas, desde sus pueblos, desde sus territorios, desde sus muertos, desde sus campesinos, desde sus jóvenes sin futuro, desde sus mujeres cuidadoras, desde sus comunidades negras e indígenas, desde sus trabajadores precarizados, desde sus víctimas. O si debe seguir pensándose con el libreto de quienes creen que el único país posible es un país obediente.
No necesitamos copiar mecánicamente a Cuba ni a ningún otro país. Colombia debe construir su propio camino, con democracia, pluralismo, derechos, justicia social y paz. Pero para construir ese camino necesita liberarse del chantaje. Necesita poder hablar de reforma agraria sin que le griten “expropiación”; de salud pública sin que le griten “comunismo”; de educación gratuita sin que le griten “adoctrinamiento”; de paz sin que le griten “impunidad”; de soberanía sin que le griten “Cuba”. Necesita recuperar el derecho elemental a imaginar.
La acusación de “cubanizar” a Colombia no protege la democracia. Protege el miedo. No defiende la libertad. Defiende la subordinación. No advierte sobre una amenaza real. Intenta impedir que el país discuta las amenazas reales: la desigualdad, la violencia, el hambre, la concentración de la tierra, la dependencia, la captura oligárquica del Estado y la obediencia imperial.
Por eso, si algo habría que “cubanizar”, usando irónicamente el verbo que la derecha convirtió en espanto, no sería la clausura del disenso ni la copia de un sistema político ajeno. Sería la terquedad de alfabetizar un pueblo. Sería la decisión de formar médicos antes que mercenarios. Sería la convicción de que la salud no puede depender del bolsillo. Sería la dignidad de una isla que, aun bloqueada, se niega a desaparecer. Sería la idea simple y revolucionaria de que un pueblo pobre no está condenado a obedecer.
El verdadero peligro no es que Iván Cepeda quiera “cubanizar” a Colombia. El verdadero peligro es que los guardianes del viejo orden sigan colonizando el debate público con fantasmas, mientras defienden un país dependiente, desigual y subordinado. El fantasma de Cuba les sirve para no hablar del imperio. Y precisamente por eso hay que hablar del imperio.
