Quisiera empezar con esta escena cotidiana:
—¿Esta es la fila para reclamar los medicamentos?
—No, esta es la fila para reclamar el ficho del turno que te corresponde para que te atiendan en una de las taquillas. Lo mejor es que se prepare para aguantar las horas de espera. Porque le cuento que ya llevo dos horas aquí y esto no se mueve mayor cosa.
Aunque ya puedo reconocer que estoy bastante entrenado en estas lidias, la paciencia se agota tras haber aguardado más de un mes para lograr una cita de atención médica. Una espera que empieza con una fila y que, cuando menos se piensa, ya te deja por fuera del consultorio; lo único que recuerdas es que, de los quince minutos de la consulta, más de la mitad se fue en el llenado de una planilla.
Ahora me encuentro aquí, en una nueva fila, para reclamar los medicamentos que me prescribieron, con la certeza de que los más costosos no los tienen y tocará comprarlos del propio bolsillo. Así me ha pasado en otros momentos.
—Lo que usted me cuenta, a mí también me ha tocado vivirlo.
—Y a mí también.
—Y a mí también.
—Y a mí también…
Ante este panorama, lo más normal termina siendo ir a una droguería o farmacia de barrio. Uno le dice al droguista cuál es el dolor o sufrimiento, y de forma inmediata sale con el medicamento preciso. Así se evita la humillación de sentirse pidiendo limosna en la EPS. Además, se ahorran los pasajes y no se pierde un tiempo valioso que bien podría aprovecharse para rebuscar el sustento diario.
Este es el contexto que diariamente vive una persona en la ruta del sistema de salud capitalista de las EPS. Son múltiples los fenómenos por registrar, muchos de ellos ya consignados en las miles de tutelas que algunos se atreven a interponer; la gran mayoría, sin embargo, no sabe cómo hacerlo o no cree en las instituciones que deben velar por el derecho a la salud (Art. 49 de la Constitución Política colombiana y Ley 1751 de 2015).
Dentro de este contexto histórico y presente, podemos lanzar la hipótesis de que se ha educado a la población para pasar de ser sujetos de derechos a convertirse en clientes que consumen una mercancía llamada salud. Todo esto opera dentro de la lógica del sistema capitalista rentista y especulativo —su forma de acumulación de capital—, pero financiado con dineros públicos, como si fuera una dinámica universal sin responsabilidad social. En este sentido, planteo que pasamos de una ciudadanía con derecho a la salud a ser, política, económica e ideológicamente, simples clientes que, de acuerdo con sus capacidades materiales, pueden o no recibir una mercancía saludable.
Aquí podríamos hablar de un proceso de colonización por parte de los intereses del mercado capitalista neoliberal, que se traduce en la pérdida del derecho a la vida y a la naturaleza.
Estamos frente a un fenómeno que nos exige problematizar los intereses que se ocultan de forma profunda a la mirada del sentido común. Rutas comunes de monopolio, corrupción, falsificación y propaganda engañosa que cuentan con la complicidad de partidos políticos y funcionarios de gobiernos de turno, quienes juegan como fichas de las multinacionales imperialistas en el territorio colombiano.
La propuesta que nos convoca es empezar a tejer un proceso de soberanía popular en la farmacia, que se articule a la soberanía alimentaria, sanitaria y energética, desde la decolonialidad y la reparación. El objetivo es hacer frente al sufrimiento, el dolor, la enfermedad y la muerte que históricamente han causado al pueblo colombiano las multinacionales imperialistas globales.
Entendemos la soberanía popular farmacéutica como la posibilidad de crear e impulsar espacios donde las personas puedan observar sus subjetividades, emociones, vulnerabilidades y sentimientos. Elementos que, en la práctica cotidiana, se manifiestan en los usos, hábitos, dependencias y abusos de todas aquellas tecnologías que entran al “territorio cuerpo”. Buscamos que estos procesos sean más conscientes, porque cada uno de ellos está integrado dialécticamente a la perspectiva de una sola salud, al buen vivir, la vida sabrosa y la salud mental en armonía con la madre naturaleza, desde una perspectiva epistémica orientada a la emancipación con poder popular.
Este proceso debe centrarse en la espiral compleja de la vida, la enfermedad y la muerte, a través de un diálogo de saberes entre la sabiduría ancestral y los conocimientos de la ciencia, la tecnología y los datos. Esto permitirá poner en tensión las narrativas de la “sociedad de la opinión”, la inteligencia artificial y el hacking de la mente que se imponen hegemónicamente, instalándose en las subjetividades sin dar margen al pensamiento crítico. Solo así se puede enfrentar el ataque terrorista de las ofertas del mercado capitalista neoliberal y sus especulaciones rentistas: mercancías falsas, contrabando, mercados oscuros de la industria de la guerra, propaganda engañosa, negación de los medicamentos genéricos, defensa de patentes monopólicas y el bloqueo a las importaciones paralelas que el Estado podría realizar frente a la “farmafia”. A esto se suma la orientación que el mercado le impone a la investigación y desarrollo de medicamentos, priorizando la rentabilidad financiera por encima de la prevención de la enfermedad.
La invitación es a dar un giro en clave decolonial para arrebatarle al mercado la salud convertida en mercancía y devolverla, mediante la pedagogía, a su concepción de derecho fundamental. Esto debe aplicarse a toda la estructura del sistema, para lo cual requerimos la formación de un sujeto con principios de soberanía y pensamiento crítico; este proceso no es posible sin un doliente interactivo, soberano y con poder popular.
Finalmente, la clave de la reparación consiste en crear las condiciones para que la farmacia no quede reducida al marco que determina la industria farmacéutica. Un aspecto fundamental para resaltar es la necesidad de que el Estado prohíba la propaganda de medicamentos en los medios de comunicación, la cual agrava el fenómeno de la polimedicación que ya no solo afecta a la población adulta, sino que se extiende a la niñez y a las mascotas.
Para alcanzar estos objetivos de soberanía, se requieren soportes científicos y tecnológicos basados en ciencias farmacéuticas abiertas, críticas y ciudadanas. Asimismo, se necesita un seguimiento farmacoterapéutico de conocimiento popular por parte del paciente, la familia y la comunidad, atento a los efectos adversos y contraindicaciones de los medicamentos. También debemos abrir acciones de resistencia frente a la propaganda que motiva la alteración del “territorio cuerpo” en clínicas de garaje y frente a los discursos mediáticos que invitan al “hágalo usted mismo” a través de cirugías y aplicaciones de la industria de la farmafia neoliberal.
