Han pasado ya varios días desde el desenlace de la segunda vuelta presidencial. He necesitado este tiempo, no solo para procesar mi propio despecho, sino también, y sobre todo, por un profundo respeto hacia las emociones de mis compañeros y compañeras. He observado con atención y silencio cómo se ha ido gestando un proceso de exaltación de la férrea voluntad, de la convicción y de la esperanza en la lucha, incluso frente a la derrota. Sin embargo, esa energía, tan necesaria para el espíritu, no debe ocultar la realidad de lo sucedido: una vez más, como diría Elkin Ramírez, la simple razón ha sido aplastada por la fuerza bruta de la demagogia, la rabia insensata, la estupidez estratégica y el adoctrinamiento sistemático. Ha llegado, por tanto, la hora de escribir. Y lo hago no porque crea que mis palabras vayan a cambiar el curso de los acontecimientos o que sirvan para algo, sino simple y llanamente porque tengo la obligación moral de hacerlo y, fundamentalmente, porque aún puedo hacerlo.
Lo primero que debo afirmar, con la claridad que el materialismo histórico me exige, es que no se trató de un simple traspiés natural de los procesos políticos electorales. No fue un revés menor o una derrota táctica dentro del vaivén democrático, como algunos pretenden hacernos creer. Esos mismos que, ganen o pierdan, siempre encontrarán la manera de seguir mamando de la teta del Estado en los cómodos círculos de Bogotá, son los primeros en relativizar el desastre y en buscar atenuantes que solo sirven para justificar su propia inacción y su apego a la burocracia. No, compañeros: el Pueblo perdió. Y cuando digo el Pueblo, hablo de carne y hueso, de historias de vida y de luchas compartidas.
Perdieron todas esas personas a las que he acompañado en sus procesos organizativos, como los solicitantes de tierra en el marco de la Reforma Rural Integral del Acuerdo Final de Paz de 2016. Para ellos, la derrota no es un concepto abstracto, sino la continuación de un despojo histórico que les niega el derecho fundamental a la tierra y a la vida digna en el campo. Perdieron las comunidades de firmantes de paz, con quienes he trabajado codo a codo por más de una década, antes y después de que entregaran sus armas de buena fe para apostarle a la construcción de un país en paz. Ellos no han sido reincorporados a la vida civil; han sido, en la práctica, objeto de una venganza sistemática por parte del odio clasista que atraviesa la historia de Colombia. Su esperanza de una nueva vida, de una recompensa por su gesto de apostar por la palabra en lugar de la guerra, ha sido nuevamente quebrantada.
Perdieron los viejos y las viejas luchadoras, esos testigos de acero de una vida dedicada a la búsqueda de una humanidad más justa en un país que todo lo tiene y todo lo niega. Ellos y ellas, que han sembrado de dignidad cada rincón de esta nación, ven cómo su legado de lucha es golpeado por el retorno de las fuerzas más reaccionarias. Perdieron las comunidades campesinas, con quienes he luchado por la paz con justicia social y ambiental, y que de nuevo ven desvanecerse la esperanza de un campo sin el ruido de los fusiles, sin la amenaza latente del despojo y sin la siembra de cultivos de uso ilícito como única alternativa de supervivencia. Perdieron los jóvenes, quienes creían haber dejado atrás el fantasma del servicio militar obligatorio, ese flagelo que atormentó a nuestra generación, y que ahora vuelven a caer en el riesgo de ser llamados a filas para defender una “patria” que, para ellos, solo ha significado abandono y exclusión.
Perdieron también las mujeres como mi madre, obrera y rebuscadora incansable, que vieron renacer la esperanza de una vejez digna con la reforma pensional. Ahora, con la vuelta de los vampiros neoliberales, esos mismos que ansían poner sus colmillos sobre los recursos de los trabajadores para financiar megaobras de infraestructura y el lucro privado, esa esperanza se desvanece. En fin, la derrota es contundente y debemos asumirla con la crudeza que la realidad nos impone. Debemos ser realistas, materialistas, para poder afrontar el fracaso sin caer en el catastrofismo. Y no me vengan con esas frases hechas y lastimeras de viejos manuales maoístas sobre fracasar una y otra vez hasta la victoria. No. Esa cantinela se convierte en un velo ideológico que oculta nuestra propia incapacidad. Si no tenemos un plan, o si teniéndolo lo olvidamos en el fragor de la lucha electoral, lo más seguro es que fracasemos del fracaso al fracaso y así, irremediablemente, hasta la derrota.
Esta pérdida, sin embargo, trasciende el ámbito estrictamente político, aunque en una sociedad de clases casi todo es político, como bien nos enseñaron las compañeras feministas. Estas elecciones, planteadas como una pugna radical entre valores y antivalores, han abierto en la vida cotidiana brechas insalvables en el relacionamiento interpersonal. No lo confundan ahora con la tal polarización, que es un término que la prensa burguesa utiliza para neutralizar el conflicto de clases. Polarización entendería yo si hubiera una verdadera lucha de ideas (como las de Didaskó Pérez en el cuento de Eduardo Galeano: “ideas ideológicas”), es decir, un choque de proyectos contrapuestos. Sin embargo, lo que hemos presenciado no fue eso. Fue, simple y llanamente, una lucha entre el humanismo más básico y la maldad instrumental. Por un lado, el humanismo: la justicia social, la primacía de la vida por encima del lucro, la naturaleza como madre que se respeta y se defiende, la equidad y la igualdad humana por encima de razas, credos o géneros. Por el otro, la simple y llana maldad de la razón instrumental: la acumulación como regla suprema, la superioridad de clase basada en la ostentación, las falsas promesas de progreso y ascenso social, la identificación con el explotador, el machismo, el racismo y la masacre de la naturaleza en aras de la acumulación de capital privado.
Esta dicotomía me recuerda aquel célebre Cambalache de Enrique Santos Discépolo, que Gardel inmortalizara:
“Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor
Ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador
Todo es igual, nada es mejor
Lo mismo un burro que un gran profesor”.
He ahí precisamente el lastre de lo que nos ha sido revelado en estas elecciones. A fuerza de costumbre y normalización, lo admirable se ha vuelto inhumano. La solidaridad, el amor al pueblo y los más simples imperativos de convivencia han dejado de ser un horizonte deseable para una buena parte del Pueblo colombiano. Y esa revelación, esa constatación, afecta las relaciones más simples, las más humanas, porque yo no sé ustedes, pero para mí no será lo mismo la interacción con mis compatriotas.
Ya sospechaba de esa maldad latente en muchos, aunque la disfrazaran con una vergüenza impostada. Sin embargo, ahora, gracias a la grotesca caricatura de El Tigre, la han manifestado sin ningún pudor, mostrando su peor faceta, su alma más mezquina. Ya para mí respetar la opinión de esa odontóloga de una EPS que, luego de sacarme una muela, alzó su mano en posición de firme para manifestar su afinidad con esa línea de antivalores, no va a ser lo mismo o, simplemente, ya no va a ser. Así como aquellos familiares, miembros de mi misma clase, que también se fueron por esa línea, seguramente han dejado de ser mis cercanos. Lo único que agradezco en medio de este naufragio es que mi madre y mi hermana, las familiares que más valoro, se pusieron la camiseta de la dignidad. Ellas, sin haber recibido ni lo más mínimo del gobierno que cierra, lo defendieron con la amplitud de quienes sí aman a sus congéneres, demostrando que la conciencia no es un asunto de clase económica, sino de clase social.
Y entonces, ¿dónde ubicamos las razones profundas de este fracaso? Para mí, la respuesta es sencilla y dolorosa, porque nos señala a nosotros mismos, a quienes se supone que hemos alcanzado la conciencia de clase para sí y que nos comprometimos conscientemente con la revolución social y cultural. Fracasamos porque, como ya he mencionado en otras columnas, olvidamos el fin superior de nuestra lucha, la emancipación definitiva, y nos concentramos obsesivamente en el señuelo, en el bombón de trapo del poder del Estado. Esa conquista, por supuesto, es útil y necesaria, pero solo en la medida en que sea utilizada como una herramienta para la transformación radical de la sociedad. Durante estos cuatro años, mientras estábamos pendientes del voto para mantener el aparato estatal en manos “amigas”, descuidamos la infraestructura sobre la que debíamos operar: la económica, por supuesto, pero también, y de manera fundamental, la ideológica.
Los cuadros revolucionarios se concentraron en la burocracia estatal, dejándose seducir por sus comodidades y su lógica, y en ese proceso, abandonaron a las comunidades a su suerte. La construcción del sujeto político, tanto colectivo como individual, la formación de comunidades organizadas y conscientes, la cualificación de hombres y mujeres para la lucha, todo eso pasó a ser un vago recuerdo de nuestro planteamiento estratégico. Las masas se transmutaron en un ente amorfo, un simple electorado al que había que “mantener” con asistencialismo y discursos, en lugar de un pueblo al que había que acompañar en su proceso de emancipación. Dejamos de ser educadores y nos convertimos en meros gestores de la insatisfacción popular.
Es cierto que cuatro años es un período ínfimo para transformar un aparato institucional construido por siglos de dominación burguesa; es un monumento pétreo de difícil moldeo. Pero de ahí a convertir esa dificultad en la razón para la adaptación, para la domesticación de nuestra rebeldía, hay un trecho que no deberíamos estar dispuestos a recorrer. Ahora que perdimos, recordamos que nuestra esencia ha sido siempre luchar contra la corriente. Sin embargo, durante estos cuatro años, el estribillo permanente era un pragmatismo vacío: “es que la política es así”, como si la política fuera una entidad metafísica e inmutable y no el campo de batalla de nuestra voluntad transformadora. Si no podemos estar de acuerdo en que ese fue nuestro principal error, entonces el diagnóstico será incompleto.
Nos faltó, o mejor, olvidamos, que la tarea principal era construir el germen del Nuevo Poder, del Poder Popular, como base de la lucha definitiva por la superación del capitalismo. Nos quedamos dando vueltas en cálculos electorales mezquinos, en encuestas y en repartición de cuotas, mientras las comunidades eran ganadas por la acción ideológica del enemigo, permeadas por sus promesas vacías y seducidas por el espectáculo mediático. El enemigo, mientras tanto, no descansaba, construyendo un relato poderoso y calando hondo en el sentido común (o no tan común) de la gente.
Y bueno, podríamos decir que la ganancia relativa es que no perdimos por muchos votos, que una parte importante de la población parece inclinarse hacia un pensamiento más humanista. Pero eso, lejos de ser un consuelo, debe ser un motivo de profunda preocupación. Ese acumulado no tiene cimientos sólidos si los cuadros vuelven a enclaustrarse en las proyecciones electoreras, construyendo de nuevo las sendas hacia la retoma de la burocracia, en lugar de tejer las bases de la conciencia revolucionaria entre las masas. No olvidemos que la conciencia no surge de manera espontánea ni por generación espontánea. Se nutre del entorno, se cultiva con el ejemplo y se proyecta de manera escalada gracias a la interacción crítica con la reflexión. Si esperamos que esas “masas amorfas” nos sustenten en el próximo ciclo electoral solo por la fuerza de lo que se logró en los primeros cuatro años de gobierno popular que hemos tenido en toda nuestra vida republicana, entonces sí que estamos jodidos. Porque, sin duda, a partir de ahora, el enemigo desplegará todo su arsenal de propaganda y garrote para devolver a la población a la normalización de la conciencia hegemónica del modo de vida capitalista. La batalla cultural, la batalla por las conciencias, la hemos descuidado y el costo de esa negligencia es la derrota que hoy lamentamos.
Por todo esto, es claro que seguiremos en la lucha, como dicen los más esperanzados. Nadie dijo que el camino sería fácil y estamos acostumbrados a la adversidad. Sin embargo, hago un llamado urgente a la coherencia. Si no retomamos la labor con base en un plan estratégico claro, si no volvemos a la construcción paciente y militante del hombre y la mujer nueva, emancipada y emancipatoria, y nos quedamos atrapados en las arenas movedizas del populismo burocrático, estaremos condenados a los flujos y reflujos de la politiquería burguesa por siempre jamás. La derrota no es el fin; es, si sabemos leerla correctamente, el más severo de los maestros. La pregunta es si estaremos a la altura de su enseñanza.
