El texto del panfleto no debe interpretarse como una mera expresión de opinión política o de confrontación ideológica, pues su contenido constituye una narrativa de exclusión y estigmatización que deshumaniza a un amplio sector de la sociedad colombiana. En efecto, construye la idea de un “enemigo interno” al que se atribuye la responsabilidad de los problemas del país y, además, presenta su eliminación como una misión legítima. Este tipo de discurso ha sido ampliamente estudiado en la literatura sobre violencia política y, por lo tanto, constituye uno de los mecanismos más peligrosos de radicalización social.
Desde la perspectiva del neorracismo, el panfleto no apela a diferencias biológicas o étnicas, sino a una supuesta “pureza ideológica”; de este modo, el adversario deja de ser un contradictor político para convertirse en una “escoria”, en un “terrorista” o en un sujeto indigno de pertenecer a la comunidad nacional. Esa lógica reproduce el funcionamiento del racismo contemporáneo, ya que ya no se excluye por el color de la piel sino por la identidad política, cultural o ideológica. En consecuencia, la persona deja de ser vista como un ciudadano con derechos y pasa a ser tratada como un elemento contaminante que debe ser “erradicado” o “limpiado”.
Resulta particularmente alarmante que el mensaje afirme expresiones como “erradicar a todo aquel que piense desde el marxismo”, “exterminar el comunismo es una misión sagrada” y “vamos a limpiar todas las universidades”. Estas frases no representan un debate democrático, sino que constituyen un lenguaje de eliminación del adversario que recuerda patrones históricos de persecución política. En sociedades con antecedentes de conflicto armado y violencia sistemática, como la colombiana, ese tipo de retórica no puede analizarse de manera aislada, puesto que históricamente la estigmatización ha precedido asesinatos, desapariciones, exilios, desplazamientos y persecuciones contra líderes sociales, sindicalistas, docentes, campesinos, ambientalistas, indígenas, estudiantes, periodistas y defensores de derechos humanos.
El señalamiento indiscriminado de las universidades públicas como “centros de formación ideológica para guerrilleros y violentos” representa una forma de estigmatización colectiva que, además de desconocer la autonomía universitaria y la libertad de pensamiento, convierte a profesores, investigadores y estudiantes en potenciales objetivos de odio político. La experiencia colombiana demuestra, por otra parte, que los discursos que presentan a las universidades como “enemigos de la patria” han servido, en distintos momentos de la historia, para justificar amenazas, persecuciones y agresiones contra la comunidad académica.
En el contexto de la coyuntura electoral de 2026, un mensaje de esta naturaleza adquiere una gravedad aún mayor, dado que el señor Abelardo de la Espriella, hoy presidente electo, afirmó que iba a destripar a la izquierda. Los organismos nacionales e internacionales han advertido, además, que la polarización, la desinformación y la estigmatización deterioran el debate democrático y aumentan los riesgos para la integridad del proceso electoral.
Desde el punto de vista de los derechos humanos, el panfleto contiene elementos que pueden interpretarse como incompatibles con principios fundamentales reconocidos por la Constitución Política de Colombia y el derecho internacional humanitario. Entre ellos se encuentran los siguientes: la vulneración del principio de igualdad y no discriminación, al promover la exclusión de personas por sus ideas políticas; la negación de la libertad de pensamiento, conciencia e ideología; la afectación de la libertad de expresión y de cátedra, al presentar determinadas corrientes de pensamiento como ilegítimas por definición; la amenaza indirecta contra la vida, la integridad y la seguridad de quienes son señalados como “enemigos”; y la estigmatización de instituciones educativas y de la comunidad académica, lo cual pone en riesgo su seguridad y autonomía.
Especialmente preocupante es el uso de verbos como “erradicar”, “exterminar” y “limpiar”, pues, en el análisis de los discursos de odio, estos términos son considerados procesos de deshumanización que convierten a personas en objetos cuya eliminación aparece como socialmente aceptable. No se trata simplemente de una metáfora política, sino de un lenguaje que reduce al adversario a una amenaza cuya desaparición es presentada como un acto moralmente justificable. El panfleto también utiliza un recurso característico de los movimientos de extrema derecha: la apropiación exclusiva del concepto de patria. Al afirmar que determinados ciudadanos no pertenecen a la nación o constituyen “escorias”, se rompe el principio democrático según el cual la ciudadanía no depende de compartir una ideología específica, puesto que, en una democracia constitucional, la patria pertenece tanto a quienes gobiernan como a quienes hacen oposición; la discrepancia política, en consecuencia, no convierte a nadie en enemigo del Estado.
Si este documento efectivamente está siendo difundido en espacios públicos o redes sociales, resulta importante que las autoridades competentes evalúen su origen, autenticidad y alcance, especialmente si pudiera constituir una amenaza contra personas o colectivos específicos. La denuncia pública de este tipo de mensajes es relevante no por la existencia de una diferencia ideológica, sino porque la historia colombiana demuestra que la estigmatización sistemática del adversario político ha precedido, en numerosas ocasiones, graves episodios de violencia. En una sociedad democrática, las diferencias entre izquierda, centro o derecha deben resolverse mediante el voto, el debate y el respeto por la dignidad humana. Cuando un discurso abandona la confrontación de ideas para proponer la eliminación simbólica o física del contradictor, deja de fortalecer la democracia y comienza a erosionar uno de sus pilares esenciales: el reconocimiento de que toda persona, independientemente de su pensamiento político, posee la misma dignidad, los mismos derechos y la misma protección frente a la violencia.
