Hace unos días, un amigo profesor de colegio vino a visitarme. Trajo consigo algunos libros de Marx, Engels, Lenin, Martí y otros autores del pensamiento crítico, junto con un poco de whisky del que él y su compañera querían deshacerse. Del whisky entendí la intención —abandonar el alcohol—, pero de los libros no supe si también buscaban desprenderse del marxismo o si se trataba de una herencia de alguna biblioteca que ya no les cabía. En todo caso, agradecido por las armas de destrucción compartidas, le brindé otra con la que contaba: un poco de café.
Al sabor amargo del café, cayendo la tarde y luego de mascullar un poco de rabia y tristeza por los presuntos resultados electorales de mayo, mi amigo procedió a contarme algunas situaciones particulares de su labor como pedagogo. El hombre es uno de esos profesores que se distinguen por su vocación. No parece hacer su trabajo solo en razón del salario, sino que, al menos antes, parecía disfrutar su labor de compartir conocimiento. Pero esta vez su conversación fue una especie de lamento decepcionado, una catarsis muy parecida a lo que podría ser una metástasis de la vocación.
Su relato empezó sentenciando que ya estaba cansado, agotado de intentarlo; que su enemigo final, al que ya no sabía cómo vencer, era el uso deliberado de los celulares en el aula. Me ilustraba lo imposible que le resulta desarrollar cualquier tema reflexivo o formativo mientras los jóvenes están imbuidos en las pantallas, información basura, música sin ningún sentido instalada en sus oídos, chats alrededor del mundo y videojuegos en línea. A esta narración siguió necesariamente la mía sobre la implicación que esto trae no solo en el sentido de la imposibilidad de transmitir y construir conocimientos, sino también sobre las calificaciones de estos estudiantes. Pero el vuelco estuvo en su declaración categórica: solo lo primero sucede, ya que lo segundo les es imposible. Técnicamente, no se puede “rajar” a nadie, me dijo. Las normas de competitividad de las instituciones educativas, los porcentajes establecidos de posibles perdedores de los cursos y la sobrecarga administrativa que significa para el docente el “poner a perder” a un estudiante en términos de refuerzos e intentos sucesivos de recuperación lo hacen prácticamente inviable.
La tristeza del compañero docente era evidente. Que incluso si dentro de un grupo de cuarenta y cinco estudiantes existen dos o tres que sí quieran tomar la clase e intentar aprender algo, les sea imposible porque el resto, en su algarabía y distracciones, lo imposibilitan, hacía la narración cada vez más agobiante. Sumamos en medio de nuestros cafés las subsiguientes reflexiones sobre la perspectiva de vida de estos jóvenes. Su mayor intensidad mental está concentrada en el facilismo y la frivolidad. Neo “profesiones” como la de influenciador o la de inversor en criptomoneda son, al parecer, el cúmulo máximo del desarrollo intelectual humano actual.
Y claro, más difícil aún: mi amigo es profesor de economía, filosofía y ciencias sociales en secundaria de colegio público en un barrio popular de Medellín. Enseña materias que ya de por sí han sido situadas por la hegemonía cultural en un supuesto escenario de “lo aburrido”, y en condiciones ya de por sí precarizadas por las mismas políticas de un Estado que, guiado por las élites, considera innecesaria la calidad en la formación de los sectores populares y campesinos.
Este es un pequeño cuadro de lo que viene a ser el imperio de los imbéciles desarrollándose durante décadas en un torbellino descendente de mediocridad, cultura de la basura, desinformación y, en todo caso, capitalismo imperialista en toda su cúspide de dominación globalizada. Pero la situación es más compleja y escalable.
La sociedad capitalista nunca ha sido un proceso en construcción, sino más bien un proceso paulatino y constante de desmonte del concepto de humanidad, privilegiando de manera efectiva al señor, dios y amo capital por encima de todo y de todas. Sin embargo, el momento al que estamos llegando es efectivamente uno de los más álgidos de la decadencia intelectual y reflexiva de la humanidad.
Para comprender esta afirmación en toda su dimensión, es necesario desentrañar las mediaciones concretas que conectan el aula de clase con la junta directiva de un banco, el videojuego con el mercado de derivados financieros, la distracción adolescente con la acumulación de capital. Porque la imbecilidad, no es un accidente histórico ni una fatalidad biológica: es un producto social, una mercancía más que el capital produce y distribuye con la misma eficiencia con que produce carros o teléfonos inteligentes.
Karl Marx desarrolló el concepto de alienación para describir el proceso mediante el cual el trabajador, bajo el capitalismo, se ve separado del producto de su trabajo, de su propia actividad productiva, de su especie y de los demás hombres. El trabajo, que debería ser la expresión más genuina de la humanidad del hombre, se convierte en un medio de subsistencia, en una actividad que lo niega como ser humano. Pero la alienación no se detiene en la producción de mercancías. Se extiende a todas las esferas de la vida social, incluyendo la esfera de la producción de conocimiento y de la formación intelectual.
Si el trabajo alienado produce un trabajador alienado, la educación alienada produce un estudiante alienado. Y un estudiante alienado es un estudiante imbécil: no en el sentido de una incapacidad biológica para el conocimiento, sino en el sentido de una incapacidad socialmente inducida para el pensamiento crítico, para la concentración sostenida, para la construcción autónoma de sentido. La imbecilidad no es pues, un atributo individual sino una posición de clase: es el lugar que el capital asigna a aquellos a quienes no necesita como pensadores, sino como consumidores, como obedientes ejecutores de órdenes, como engranajes intercambiables de su maquinaria de acumulación.
Como lo planteó Lenin, el imperialismo no es meramente una fase económica; es un sistema global de dominación que requiere, para su reproducción, ciertas condiciones subjetivas. Entre ellas, la producción masiva de sujetos incapaces de comprender el sistema que los domina, sujetos cuya conciencia fragmentada y atrofiada los vuelve dóciles ante el mandato de los monopolios.
Louis Althusser, en su texto Ideología y aparatos ideológicos del Estado, proporcionó una herramienta analítica fundamental para comprender el papel de la escuela en la reproducción del orden capitalista. Para Althusser, la escuela es un aparato ideológico de Estado fundamental que produce sujetos conformes a la ideología dominante, garantizando así la reproducción de las relaciones de dominación social. A diferencia del aparato represivo del Estado —policía, ejército, cárceles—, que opera mediante la coerción física, los aparatos ideológicos funcionan creando y manteniendo representaciones, creencias y valores que legitiman el orden existente. La escuela no solo transmite conocimientos y habilidades, sino que internaliza las normas y disposiciones que preparan a los individuos para ocupar posiciones sociales acordes con sus orígenes de clase.
Lo que el relato de mi amigo profesor revela es la operación concreta de este aparato ideológico en su fase más avanzada. La escuela ya no necesita siquiera inculcar una ideología positiva favorable a la alienación sino que, le basta con no educar. Le basta con mantener a los estudiantes en un estado de permanente distracción, de estimulación superficial, de incapacidad para el pensamiento abstracto y la concentración sostenida.
Si en la época de Althusser la escuela aún cumplía la función de formar trabajadores calificados para la producción industrial, en el capitalismo financiero y digital la escuela cumple la función de deformar sujetos para el consumo permanente. La producción de imbecilidad no es un subproducto accidental del sistema educativo; es su función principal, su razón de ser en el contexto de un capitalismo que ya no necesita mentes disciplinadas sino cerebros reactivos, ya no necesita obreros calificados sino consumidores compulsivos.
El concepto de hegemonía de Gramsci, explica cómo las clases dominantes ejercen su dominación no solo mediante la coerción sino también mediante el consenso, a través de la dirección intelectual y moral de la sociedad. Los intelectuales orgánicos son, para Gramsci, aquellos que expresan y organizan la conciencia de una clase social, que le dan coherencia y dirección. En el capitalismo contemporáneo, sin embargo, estamos asistiendo a un fenómeno inverso: la producción de anti-intelectuales, sujetos cuya función no es organizar la conciencia de clase sino desorganizarla, fragmentarla, reducirla a ruido. Los influenciadores, los “traders” de las criptomonedas, los comunicadores de la “posverdad” son los nuevos intelectuales del capitalismo actualizado.
La industria cultural contemporánea ha llevado esta lógica a su extremo. No se trata ya de ofrecer productos culturales estandarizados —películas, música, series— sino de ofrecer experiencias de distracción permanente. El celular, ese dispositivo que mi amigo profesor identifica como su enemigo final, es el vehículo material de esta industria cultural en su fase más desarrollada. No es un simple teléfono; es una máquina de producción de subjetividad, un aparato ideológico de Estado en miniatura que cada individuo lleva consigo y que opera las veinticuatro horas del día.
Estudios como los de Michel Desmurget, documentan con datos cómo los dispositivos digitales están afectando gravemente, y para mal, el desarrollo neuronal de niños y jóvenes. Desmurget señala que los “nativos digitales” son los primeros niños que tienen un coeficiente intelectual más bajo que sus padres, una tendencia documentada en Noruega, Dinamarca, Finlandia, Países Bajos, Francia y otros países. El tiempo que se pasa ante una pantalla por motivos recreativos retrasa la maduración anatómica y funcional del cerebro, afectando el lenguaje, la concentración, la memoria y la cultura entendida como un conjunto de conocimientos que ayudan a organizar y comprender el mundo.
Este declive cognitivo no es un fenómeno natural ni inevitable; es el resultado de una decisión social, de una apuesta política por la producción de imbecilidad. Es decir, la situación que describe mi amigo profesor no es un caso aislado ni una anécdota pintoresca. Es la manifestación concreta de una tendencia global: la transformación de la educación en un dispositivo de producción de ignorancia.
El profesor, bajo el capitalismo educativo, se convierte en un trabajador precario, sometido a condiciones laborales que lo despojan de su autonomía y lo reducen a un mero ejecutor de currículos y evaluaciones estandarizadas. Su vocación, cuando existe, es sistemáticamente destruida por la burocracia, la sobrecarga de trabajo y la falta de reconocimiento social y material. El lamento de mi amigo —”ya estoy cansado, agotado de intentarlo”— es el lamento de un trabajador cuya fuerza de trabajo ha sido expropiada por el capital, no en la fábrica sino en el aula.
También, el saber, bajo el capitalismo, deja de ser un bien común para convertirse en una mercancía que se compra y se vende en el mercado educativo. Los estudiantes no son sujetos del conocimiento sino consumidores de créditos académicos; los profesores no son productores de saber sino proveedores de servicios educativos; las instituciones no son comunidades de aprendizaje sino empresas que compiten en el mercado de la educación. El fetichismo de la mercancía, esa categoría central de Marx que describe cómo las relaciones sociales adoptan la forma de relaciones entre cosas, se manifiesta en la educación como el fetichismo del certificado, del título, de la calificación. Lo que importa no es lo que se aprende sino lo que se acredita.
El imperio de la imbecilidad no se limita al aula de clase. Se extiende a todas las esferas de la vida social, incluyendo, de manera preeminente, la esfera política. Las recientes elecciones en Colombia, que mencioné al inicio de esta reflexión, son una manifestación elocuente de este fenómeno. Sectores populares, campesinos y étnicos votaron por una alternativa de ultraderecha que de manera explícita les prometió persecución, asesinato, saqueo y desmontaje de sus derechos y garantías de más básica dignidad.
Que hayan habido campesinos y campesinas y pueblos étnicos reaccionarios que hayan votado por la ultraderecha, aún cuando claramente prometió la destrucción del medio ambiente porque para las clases dominantes la naturaleza es simplemente una fuente inerte de riquezas para llenar sus bolsillos, eso no puede llamarse de otra forma más que imbecilidad. Que supuestos sectores apolíticos o de centro se hayan comido el cuento de que, aún conociendo sus antecedentes y relacionamientos mafiosos y elitistas, el candidato de ultraderecha era un outsider que no iba a obedecer a “los de siempre” —y que hoy ven cómo nombran corruptos y corruptas tradicionales en todas las carteras— no puede entenderse más que en el sentido de la rampante imbecilidad que los posee. Que algunos jóvenes —”jóvenes viejos”, les diría Salvador Allende— hayan votado por una alternativa que les prometió que los enviaría a la guerra, hasta por la fuerza, porque ya anunció el retorno del servicio militar obligatorio (obviamente para los pobres, ya sabemos que los hijos de los ricos no van a la guerra), no es otra cosa que simple y pura imbecilidad.
Pero esta imbecilidad política no es un accidente; es el resultado de una estrategia deliberada de las clases dominantes. Y es que es claro que el capital financiero, en su fase monopólica, hace uso de las fuerzas más reaccionarias de la sociedad, incluyendo el fascismo y el militarismo. El fascismo como bien se ha explicado por décadas, no es una aberración histórica sino una tendencia interna del capitalismo imperialista, una respuesta a la crisis orgánica del sistema que busca resolver las contradicciones mediante la violencia y la irracionalidad.
El “neofascismo internacional” que hoy se extiende por Estados Unidos (Trump), El Salvador (Bukele), Ecuador (Noboa), Chile (Kast), Argentina (Milei) y otros países, y que en Colombia ha encontrado su expresión en el nuevo gobierno nacional de De la Espriella, no es un fenómeno autónomo sino el brazo político del capital financiero global. Su ascenso al poder no sería posible sin la producción masiva de imbecilidad que he descrito. Un pueblo que no piensa, que no comprende sus propios intereses, que confunde al enemigo con el amigo y al amigo con el enemigo, es un pueblo que puede ser gobernado contra sus propios intereses. La imbecilidad, desde esta perspectiva, es la condición de posibilidad del fascismo.
La situación que describo puede parecer desesperanzadora. Y en cierto sentido lo es. Estamos precipitados al abismo de la inconsciencia, en una frenética involución desmedida desde el supuesto imperio de la razón hacia el imperio de la imbecilidad. Múltiples estudios actuales vienen demostrando que, generacionalmente, las nuevas generaciones tienden a ser intelectualmente inferiores a las que les preceden. A medida que la humanidad avanzaba en ciencia, investigación, técnica y reflexión teórica, cada nueva generación iba teniendo a su disposición mayores herramientas, fuentes y posibilidades de conocimiento, y en esa medida se consideraba que era más inteligente que la anterior que no las tenía. Pero ahora pasa lo contrario: las nuevas generaciones no están siendo más inteligentes que sus padres, aún cuando cuentan con más y mejores herramientas para serlo, sino que, por primera vez, son crecientemente más imbéciles.
Y lo mejor de todo es que parece no importarles. Y si alguien se atreve a decírselos en la cara, sin tapujos y como una invitación a la recapitulación, será mirado como un bicharrajo extraño y anacrónico.
Algunos han llegado a pensar que esto, en clave de competencia y selección natural —en un sentido individualista y pragmático—, no tiene ninguna relevancia, ya que siempre habrá ese uno o dos del aula hipotética de mi amigo que sí quieren tomar el reto intelectual y aupar su desarrollo mental y práctico, lo cual les colocará por encima de ese otro universo de alienados que está produciendo la sociedad. Pero no, no es así. El problema es que vivimos en sociedades que claramente no apremian la individualidad sino el individualismo, que no son gobernadas por criterios darwinianos de selección natural sino por movimientos masivos, borreguiles y adaptativos a las necesidades de las élites que conducen los hilos de la sociedad.
Sin embargo, la dialéctica enseña que toda negación contiene en sí misma la posibilidad de su superación. La imbecilidad producida por el capital es también la condición de su propia crisis. Un sistema que necesita producir sujetos cada vez más imbéciles para su reproducción es un sistema que, al hacerlo, socava las bases de su propia legitimidad y eficacia. La producción de imbecilidad no puede ser infinita; tiene sus propios límites internos, sus propias contradicciones.
La esperanza está en que la imbecilidad produzca su propio antídoto. La experiencia de la alienación, de la vacuidad, de la falta de sentido, genera en algunos sujetos —quizás en esos dos o tres del aula de mi amigo— una búsqueda de sentido, una necesidad de comprensión que el sistema no puede satisfacer. Estos sujetos, marginales y excepcionales, son los gérmenes de una nueva intelectualidad orgánica, de una nueva conciencia crítica que, aunque minoritaria, puede convertirse en el núcleo de una futura reorganización social en resistencia. Porque siempre hay espacios de resistencia, de creatividad, de pensamiento autónomo. La educación, a pesar de todo, sigue siendo un campo de batalla donde se disputa el sentido de la existencia humana. Y en esa batalla, la vocación de mi amigo profesor, su resistencia a rendirse, su insistencia en intentarlo, es una forma de lucha de clases.
Y así vamos, precipitados al abismo de la inconsciencia, repito, en una frenética involución desmedida desde el supuesto imperio de la razón hacia el imperio de la imbecilidad. Y parece que lo único que nos queda es resistir, tratar de no claudicar en la defensa de los ideales humanos, tratar de mantener viva la llama del pensamiento crítico en medio de la tormenta de la estupidez generalizada.
Pero la resistencia no puede ser meramente defensiva. No se trata solo de resistir, sino de construir. Construir nuevas formas de educación que no sean meros aparatos ideológicos del Estado, sino espacios de emancipación real. Construir nuevas formas de cultura que no sean industria cultural sino expresión auténtica de la creatividad humana. Construir nuevas formas de política que no sean manipulación mediática sino democracia participativa y autogobierno popular.
La tarea es inmensa, y las condiciones son adversas. Pero la historia de la resistencia, es la historia de la lucha contra viento y marea, de la construcción de alternativas en medio de la hegemonía del capital, de la lucha por la emancipación humana en las condiciones más desfavorables. Como escribió Gramsci: “El pesimismo del intelecto, el optimismo de la voluntad”.
Mi amigo profesor, con su café amargo y su whisky abandonado, con sus libros de Marx y su vocación herida, es un soldado de esta resistencia. Cada día que entra al aula y enfrenta la indiferencia, la distracción, la imbecilidad producida por el sistema, está librando una batalla que trasciende su propia biografía. Está librando la batalla por el futuro de la humanidad. Y aunque la batalla parezca perdida, aunque el imperio de la imbecilidad parezca invencible, la historia nos enseña que los imperios caen, que las hegemonías y los paradigmas se quiebran, que la estupidez, por más poderosa que parezca, tiene sus propios límites.
La contradicción entre la necesidad de inteligencia y la producción de estupidez es una contradicción que el sistema no puede resolver, una contradicción que, como todas las contradicciones del capitalismo, contiene en sí misma las semillas de su propia superación.
Así que seguimos, como mi amigo profesor, tomando café amargo y leyendo libros prohibidos, intentando mantener viva la conciencia crítica en medio del ruido ensordecedor de la imbecilidad generalizada. Organizándonos aún cuando no sabemos si ganaremos. Pero sabemos que perderíamos si dejáramos de intentarlo. Y esa certeza es nuestro único patrimonio, nuestra única arma, nuestra única esperanza.
