Hay fechas que pertenecen al calendario y otras que terminan perteneciendo a la conciencia de los pueblos. El 26 de julio es una de estas últimas. Hace setenta y tres años, un grupo de jóvenes cubanos atacó los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo. La acción fracasó militarmente, pero abrió una nueva etapa de la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista y dio su nombre al Movimiento 26 de Julio. Por eso, cuando Carlos Puebla convirtió en canción la consigna “Para nosotros siempre es 26”, no estaba celebrando simplemente una jornada victoriosa: estaba proclamando que una derrota inmediata puede convertirse en el comienzo de una victoria histórica.
Pensé en ello hace algunos días, durante unos exámenes ocupacionales. El médico que me atendió era cubano. Al observar un tatuaje de Cuba que llevo en el cuerpo, quiso iniciar una conversación. Comenzó diciéndome que los privilegios de los que hoy disfruta en Colombia no habrían sido posibles en su país. Habló de las restricciones, de las carencias y de las dificultades de la vida cotidiana en la isla. Después afirmó que el bloqueo estadounidense era, en realidad, un negocio político de los socialistas en el poder: una excusa permanente para conservar el Gobierno y atribuirle a un enemigo exterior todos los problemas internos.
Discutí con vehemencia.
No porque un cubano que ha emigrado pierda el derecho a criticar a su Gobierno. Nadie debería exigirle silencio, gratitud obligatoria ni adhesión perpetua a quien ha decidido buscar otra vida. Tampoco porque en Cuba no existan errores. Defender la dignidad de Cuba no obliga a negar sus contradicciones.
Lo que me resultó difícil de aceptar fue otra cosa: escuchar un discurso construido desde el privilegio alcanzado, pero desprovisto de memoria sobre las condiciones históricas que contribuyeron a hacerlo posible. No le reprochaba al médico que viviera mejor en Colombia. Le reprochaba convertir su experiencia individual en una negación absoluta de la historia colectiva de su pueblo.
Porque aquel hombre no era únicamente un migrante que había prosperado. Era un médico formado por una sociedad que, después de 1959, decidió que la salud, la educación y la ciencia no podían seguir siendo privilegios reservados para quienes tuvieran dinero. Su cultura, su formación profesional y su capacidad para insertarse exitosamente en otro país no surgieron de la nada. Fueron también el resultado de una apuesta pública sostenida durante décadas por formar médicos, investigadores y trabajadores de la salud.
La solidaridad médica cubana tampoco es una invención propagandística. La primera colaboración sanitaria internacional de la Revolución se produjo en 1960, cuando Cuba envió personal médico a Chile después de un terremoto. En 1963 partió hacia Argelia una brigada de cincuenta profesionales. Desde entonces, la cooperación cubana llegó a numerosos países de América Latina, África, Asia y Oceanía. Según cifras oficiales cubanas recogidas por medios internacionales, entre 1960 y 2023 alrededor de seiscientos mil médicos, enfermeros y técnicos participaron en misiones sanitarias en ciento sesenta y cinco países. Nadie puede discutir que miles de profesionales cubanos atendieron comunidades a las que casi nadie quería llegar.
Cuba hizo de la solidaridad una política exterior. Donde otros enviaron soldados, condicionamientos financieros o recetas de austeridad, los cubanos enviaron médicos, maestros y entrenadores. Lo hicieron después de terremotos, epidemias, huracanes y guerras. Lo hicieron incluso mientras su propio país enfrentaba enormes privaciones. Esa vocación impide reducir la Revolución cubana a la caricatura de una élite que se mantiene en el poder mediante consignas vacías.
Tampoco el bloqueo es una ficción. Puede ser utilizado por el Gobierno cubano como argumento político y, simultáneamente, producir efectos económicos reales y devastadores. Una cosa no excluye la otra. En octubre de 2025, la Asamblea General de las Naciones Unidas volvió a pedir el levantamiento del embargo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos: ciento sesenta y cinco países votaron a favor de ponerle fin, siete se opusieron y doce se abstuvieron. La actual estrategia estadounidense ha recuperado expresamente la Doctrina Monroe mediante el llamado Corolario Trump, que reivindica la preeminencia de Washington en el hemisferio occidental. Durante 2026, esa orientación se ha traducido en nuevas sanciones, presiones contra las misiones médicas y restricciones energéticas que han agravado la escasez de combustible y los cortes eléctricos en la isla. Toda una estrategia criminal y genocida que hoy se cuenta en vidas humanas.
Se puede criticar al Gobierno cubano sin absolver al Gobierno de Estados Unidos. Se pueden señalar las insuficiencias de la planificación económica sin aceptar que una potencia extranjera tenga derecho a asfixiar durante décadas a un país para imponerle un sistema político. Se puede reclamar más democracia, -que en realidad existe- en Cuba sin respaldar una política imperial que castiga indiscriminadamente a once millones de personas. Afirmar que el bloqueo es únicamente un negocio del socialismo cubano equivale a confundir el aprovechamiento retórico de una agresión con la inexistencia de la agresión misma.
Aquella conversación con el médico me hizo pensar inevitablemente en Colombia.
Nos acercamos al final del primer Gobierno nacional de izquierda de nuestra historia republicana y al comienzo de una administración encabezada por Abelardo de la Espriella. Este tránsito ocurre después de una implementación incompleta del Acuerdo Final de Paz, en medio de la persistencia de la violencia territorial y cuando amplios sectores sociales parecen dispuestos a olvidar con sorprendente rapidez el origen de algunos avances que hoy consideran naturales.
Durante los años del Gobierno de Gustavo Petro se produjo una ampliación medible de la clase media y una reducción significativa de la pobreza. Los datos comprobables son suficientemente elocuentes. Según el DANE, la proporción de población clasificada como clase media pasó del 29,9% en 2022 al 31,9% en 2023 y al 34,4% en 2024. En el mismo periodo, la pobreza monetaria descendió del 36,6 al 31,8%. Para 2025, la pobreza monetaria se redujo nuevamente hasta el 28%, 3,8 puntos porcentuales menos que el año anterior.
Estos resultados no significan que todos los problemas hayan sido resueltos. Colombia continúa siendo profundamente desigual. Buena parte de quienes estadísticamente ingresan en la clase media permanecen a una enfermedad, un despido o una deuda de regresar a la vulnerabilidad. Persisten la informalidad laboral, las brechas territoriales, el hambre, la concentración de la tierra y las dificultades fiscales.
Lo inquietante es observar cómo algunos sectores beneficiados por las transformaciones sociales terminan utilizando la seguridad recién adquirida para respaldar proyectos políticos que amenazan con desmontarlas. No porque recibir un beneficio público genere una deuda electoral. Los derechos no son favores y ningún ciudadano está obligado a votar por quien gobierna. El problema es más profundo: consiste en apropiarse individualmente de un progreso producido colectivamente y después negar las decisiones públicas, las luchas sociales y las mayorías políticas que contribuyeron a hacerlo posible.
Es la misma contradicción que percibí en aquel consultorio. El profesional formado por un sistema público que reniega de toda la obra social que hizo posible su formación. El integrante de una clase media ampliada que interpreta su nueva posición como una proeza exclusivamente individual y termina votando contra las políticas que protegieron el trabajo, aumentaron los ingresos o redujeron la pobreza. El privilegio reciente convertido en amnesia política.
Por eso el 26 de julio no debe ser para nosotros una ceremonia extranjera ni una pieza de nostalgia. Debe ser una advertencia.
El Acuerdo Final de 2016 amplió el espacio democrático colombiano. Permitió que una organización armada transitara hacia la política legal y contribuyó a modificar un sistema en el que durante décadas la izquierda fue perseguida, asesinada o excluida. Las Naciones Unidas han reconocido ese impacto histórico sobre la ampliación de la democracia, aunque también han advertido que la implementación integral continúa pendiente. Defender el Acuerdo no significa defender la idea elemental de que los conflictos políticos deben tramitarse con palabras, votos, movilización ciudadana y garantías para la oposición, no mediante el exterminio del adversario.
Quienes hemos soñado con una Nueva Colombia sabemos que esa expresión no designa solamente una organización que perteneció a otro momento histórico. Nombra una aspiración todavía inconclusa: una nación soberana, en paz, socialmente justa, dueña de sus recursos, capaz de reconocer la dignidad campesina, indígena, afrocolombiana, popular y trabajadora; una Colombia en la que la política deje de ser el privilegio de unas pocas familias y se convierta en el ejercicio cotidiano del poder popular.
Esa Nueva Colombia no será construida repitiendo mecánicamente las formas de lucha del pasado. Las viejas banderas deben encontrar nuevos lenguajes. La defensa de la paz, la justicia social y la soberanía necesita creatividad política, organización comunitaria, comunicación alternativa, cultura, pedagogía popular, movilización no violenta, litigio estratégico, acción parlamentaria, sindicalismo, arte y disputa democrática en las calles y en las redes.
Se avecina un tiempo difícil. Habrá intentos de desmontar reformas, de desacreditar la paz, de perseguir el pensamiento crítico y de presentar cualquier demanda de igualdad como una amenaza. Nuestra respuesta no puede ser la resignación ni la añoranza paralizante. Debe ser la lucha democrática, pacífica, constitucional y popular. Debemos defender los espacios existentes y ampliarlos cuando quieran reducirlos. Debemos proteger los avances del Gobierno Petro, reconocer sus errores y continuar lo que quedó incompleto. Defender no significa congelar. Defender significa profundizar.
Hay una frase de autoría incierta, frecuentemente atribuida a José Carlos Mariátegui, que prefiero utilizar sin adjudicarle una procedencia que no he podido comprobar: La revolución es un niño que persigue una mariposa; no importa si la alcanza, porque en el intento el ser humano se yergue y apunta al infinito.
Tal vez la revolución sea precisamente eso: la decisión de no dejar de perseguir aquello que todavía parece imposible. No porque toda tentativa esté destinada a vencer, sino porque los pueblos se degradan cuando renuncian a intentarlo.
Los cubanos dicen: para nosotros siempre es 26.
Los colombianos que no estamos dispuestos a entregar la paz, la soberanía, la justicia social ni la esperanza debemos responder:
Para la lucha, siempre es 26.
