Es probable que muchas personas le teman como yo a la eventual amnesia de la vejez. A que enfermedades hereditarias como el Alzheimer que se ven en nuestras familias y nos llevan lenta e imperceptiblemente al olvido de todo lo que nos hace ser lo que somos. Y es normal. Nada más triste que perder lo único verdaderamente propio: las ideas, los recuerdos y el lenguaje que los entreteje en nuestras mentes. Esta enfermedad afecta no solamente la memoria sino también el lenguaje y la comunicación, el pensamiento y las habilidades sociales, y en ese deterioro progresivo lo que se desvanece no son meros datos acumulados sino la trama misma de la identidad. Quien ha visto a un ser querido extraviarse en ese laberinto sabe que no se trata de olvidar dónde quedaron las llaves sino de olvidar quién es uno mismo, y eso duele porque duele la disolución de la persona en aquello que la constituía.
Según algunos filósofos y filósofas, el mundo para los humanos se construye desde el lenguaje. Foucault, por ejemplo, sostuvo que las palabras y las cosas se corresponden y que los nombres de las cosas no son meras designaciones sino que juegan un papel activo en la construcción de la realidad. Solo en la medida que logramos nombrar o construir lingüísticamente el ontos, el mundo empieza a existir para nosotros. Nada que sea innombrable se puede considerar existente y precisamente por eso no poder nombrar las cosas o no recordarlas aún cuando las podemos percibir por los sentidos se nos convierte en un temor que genera una profunda angustia. Podría decir que es lo más cercano a lo que puedo llegar a concebir como convertirse en un imbécil y lo más grave sin que tengamos opción para evitarlo.
Wittgenstein nos enseñó que el significado de una palabra está determinado por su uso y no por una definición fija, de modo que el lenguaje no es un mero reflejo de una realidad exterior sino una práctica viva que configura aquello que podemos pensar y decir. Si las palabras se vacían o se restringen, si se nos prohíbe usarlas o simplemente se nos desacostumbra a ellas, entonces se reduce el espectro de lo pensable. Y cuando se reduce el espectro de lo pensable se reduce también el espectro de lo posible. Esta es una de las enseñanzas más profundas que nos legó el siglo XX y que sin embargo parece que hemos decidido olvidar en la vorágine de una época que prefiere los eslóganes a los conceptos y las ocurrencias a las elaboraciones.
Seguramente en este punto se me censurará nuevamente como tras mi columna anterior “El Imperio de la Imbecilidad”, que use calificativos como el de imbecilidad para referirme a ciertos imbéciles. Pero no me importa, es ahí justo donde quiero llegar, a seguir afianzando que la gran mayoría de quienes votaron por “El Tigre” Abelardo de la Espriella en las elecciones pasadas son simple y llanamente sujetos y sujetas a las que les vieron la cara de imbéciles. He empezado por el temor a la pérdida de memoria, ideas y lenguaje que las construye y que nos puede llevar a la imbecilidad genética precisamente porque es eso, memoria e ideas, todo lo que les falta a este particular grupo de imbéciles, y ahora estoy hasta llegando a pensar que una parte de quienes no votamos por él pero que por traicionar hasta nuestro propio lenguaje hemos apuntalado las bases de la imbecilidad colectiva que beneficia a los titiriteros que hay tras este tipo de figuras.
Hace ya varios años nos han venido quitando el lenguaje, y claro, ya Orwell con su noción de la “neolengua” lo había anticipado: es necesario si nos quieren mantener sumisos. La neolengua que Orwell describe en 1984 es un idioma diseñado para limitar la libertad de pensamiento y, por consiguiente, la capacidad de los ciudadanos de rebelarse contra el régimen totalitario. A través de la neolengua, se manipula las palabras y su significado y se redefine la percepción de la realidad de los ciudadanos modelando así la forma de hablar y pensar. Al eliminar palabras que puedan inducir a pensamientos subversivos y simplificar las estructuras, el objetivo de la neolengua es reducir el vocabulario de manera que lo que queda ya no pueda expresar conceptos de libertad o justicia.
Pero lo que preocupa no es que nos lo quieran quitar. Lo que preocupa es que estemos de acuerdo con ellos y les permitamos, supuestamente por criterios de corrección política, que nos despojen de él. Porque la neolengua no es solamente el invento de un novelista distópico; es una descripción bastante precisa de lo que ocurre cuando una sociedad acepta que ciertas palabras se vuelvan impronunciables, que ciertos conceptos se vuelvan incómodos, que ciertas ideas se vuelvan peligrosas no por lo que dicen sino por lo que revelan. Y en esa aceptación hay una complicidad que duele más que la imposición porque la imposición al menos supone un adversario al que enfrentar mientras que la complicidad supone la disolución de la propia conciencia de estar en una lucha.
Empecemos por ejemplo por la lucha de clases. Antes era inconcebible que un o una marxista y hasta cualquier hijo de vecino inscrito en el pensamiento crítico pudiera concebir la explicación de las situaciones sociales en que se mueven las sociedades capitalistas sin que en toda la base del análisis estuviera la simple idea de que este tipo de sociedades están en un conflicto constante de intereses entre grupos sociales con motivaciones y aspiraciones contrapuestas. Es decir, entre explotadores y explotados, los primeros guiados por el fetiche de la acumulación y los segundos guiados por la necesidad inherente en que los ha dejado el despojo.
Pero qué pasó. Pues que en algún momento la complejidad radical que significa para cualquier hablante o escribiente mantener esta idea, (dice un amigo mío que hasta por razones de influencia de la CIA en la configuración de corrientes de pensamiento “moderado” como la Escuela de Frankfurt y otros “desarrollos” teóricos del marxismo durante la Guerra Fría), se hiciera muy difícil so pena de ser señalados como “anacrónicos” o hasta “románticos”. Y nos vino la conciliación como regla. Para no ser señalados de extremistas empezamos a hablar de humanismo en un sentido abstracto sin entrar directamente a la definición de las tensiones que intervienen en la construcción y la puesta en marcha de ese proyecto. Y ni qué decir de palabrejas que se fueron volviendo cada vez más demonizadas.
De un tiempo para acá decir Revolución o asumir rebeldía se volvió tan mal visto para propios y extraños que parece o bien que nos arrepentimos o bien que nos vencieron, porque las caras de repugnancia y hasta miedo que genera revivir ese monstruo que no solo motivó fenómenos políticos globales sino también transiciones y cambios en los procesos científicos y productivos, fuera cosa de una absoluta incorrección para la actual “gente de bien” de la política y la academia. Nosotros y nosotras mismas ahora andamos en la retahíla de que no hay que mencionar Marx para ser marxistas, que eso solo sirve para asustar a la gente, que lo único importante es sumar, así sea que lo que se suma no sea más que borregos desprovistos de cualquier conciencia de clase y lo más probable guiados únicamente por el interés personal.
Las izquierdas en síntesis venimos despojándonos nosotros y nosotras mismas de las herramientas lingüísticas y teóricas que antaño nos permitían analizar la realidad y generar conciencia de las situaciones objetivas que nos oprimen para así lograr la superación colectiva de las mismas.
Ah pero la derecha sí que se afianza en sus planteamientos cada vez más radicales y sin tapujos. El fenómeno que venimos sufriendo de vuelco hacia la derecha en la gran mayoría de países de Latinoamérica y el Caribe nos lo demuestra. Discursos cada vez más, ahí sí radicales, en contra de las minorías, las mujeres, los inmigrantes, los pueblos étnicos, las disidencias sexuales, las clases despojadas y todo lo que tenga vocación de rebeldía en contra del modelo hegemónico; esos sí que se han venido apuntalando en medio de nuestra mirada impávida y timorata.
Si nos miramos solamente en nuestro país, la llegada de este nuevo presidente que en sus discursos de campaña dejó muy claro desde sus mismos movimientos de brazos y vociferaciones que es una copia más de las cientos que han existido del Hitler orador apasionado y que en sus aseveraciones nunca ocultó su desprecio por la “pobrecía”, “las maricas”, “las complementos de los hombres”, etcétera, es muy claro que ellos y ellas se dieron cuenta de que la única forma real de convencer y engañar a las masas amorfas es precisamente la radicalidad discursiva. Arengas en favor de la patria, alusiones al sentir religioso, promesas de “destripamiento” y todo lo que huela al mejor estilo del histrionismo del cine basura de acción hollywoodense fue precisamente lo que le ayudó a engañar a los imbéciles.
Y todo esto viene de un guion que podemos encontrar muy bien descrito por este señor Agustín Laje, descendiente de los más puros planteamientos del nazi Joseph Goebbels. Laje, escritor y comentarista político argentino nacido en 1989, se ha convertido en una figura central para la derecha latinoamericana. Es fundador y presidente del tal tanque de pensamiento conservador Fundación Libre y ha construido una carrera basada en la batalla cultural contra el progresismo, el feminismo y lo que él denomina “marxismo cultural”. Su estrategia consiste en brindar argumentos ya digeridos para la batalla cultural antiprogresista y ha logrado posicionarse como un referente de la llamada “nueva derecha” latinoamericana.
Lo que Laje ha comprendido mejor que muchos de sus adversarios es que la batalla política se gana o se pierde en el terreno del lenguaje y de la cultura antes que en el de las instituciones. Sus libros, sus conferencias, sus cursos para formar líderes en la batalla cultural no son otra cosa que la aplicación sistemática de los principios de propaganda que Goebbels perfeccionó en la Alemania nazi: simplificación extrema del mensaje, repetición incesante, apelación a las emociones más básicas, identificación de un enemigo claro al que se pueda odiar y, sobre todo, la construcción de un universo simbólico donde los términos se invierten y el agresor se presenta como víctima. No es casualidad que Laje hable de “los mitos setentistas” o que critique el “relato kirchnerista”: su operación es siempre la misma, desacreditar el lenguaje del adversario para imponer el propio.
Y mientras Laje y sus seguidores construyen un aparato discursivo cada vez más coherente y más agresivo, las izquierdas latinoamericanas andan enredadas en discusiones sobre si es correcto o no usar ciertas palabras, si conviene o no mencionar a ciertos autores, si es estratégico o contraproducente llamar a las cosas por su nombre. Mientras ellos construyen, nosotros nos desmontamos. Mientras ellos afilan sus herramientas, nosotros tiramos las nuestras. Mientras ellos hablan sin complejos de patria, de Dios, de familia, de orden, de autoridad, nosotros titubeamos ante la palabra revolución, nos sonrojamos ante la palabra clase, nos disculpamos ante la palabra lucha y vetamos la palabra enemigos. Y luego nos extrañamos de que ganen las conciencias y las elecciones.
El lenguaje no es un sistema neutral de comunicación sino un campo de lucha de clases donde los significados se disputan y donde la ideología se materializa en las palabras mismas. Quien controla el lenguaje controla la realidad, por eso cuando las izquierdas renuncian a su propio lenguaje no están haciendo un gesto de humildad o de apertura sino que están desertando del campo de batalla. Están entregando al adversario las armas que necesitan para seguir dominando. Porque si no hay lenguaje para nombrar la explotación, la explotación se vuelve invisible. Si no hay lenguaje para nombrar la clase, la clase se disuelve en una masa amorfa de individuos. Si no hay lenguaje para nombrar la revolución, la revolución se vuelve impensable. Y lo impensable es lo que no puede hacerse.
No se trata de un purismo lingüístico ni de un fundamentalismo teórico. Se trata de algo mucho más simple: se trata de saber que las palabras son herramientas y que si abandonamos nuestras herramientas no podemos construir nada. Se trata de saber que el lenguaje de la dominación no es neutral y que adoptarlo, aunque sea por razones tácticas, es ya una forma de rendición. Se trata de saber que llamar a los imbéciles imbéciles no es un exceso de retórica sino un acto de honestidad intelectual y política, porque si no llamamos a las cosas por su nombre terminamos naturalizando lo que debería ser denunciado y aceptando lo que debería ser combatido.
Cierro esta columna con un lamento que no es resignación sino llamado. Lamento en primer lugar que nos dejemos quitar el lenguaje y las herramientas de análisis del marxismo. No es casualidad que las palabras que antes nos servían para entender el mundo estén hoy proscritas o ridiculizadas. No es casualidad que hablar de clases sociales, de explotación, de imperialismo, de revolución, de dictadura del proletariado o incluso de simple rebeldía se haya vuelto motivo de escarnio en los medios y en las academias. Esa proscripción no es un fenómeno espontáneo ni mucho menos inocente: es el resultado de décadas de ofensiva ideológica que ha contado con los recursos del Estado, de los medios de comunicación, de las fundaciones financiadas por el gran capital y de una parte no menor de la intelectualidad progresista que ha preferido la comodidad del reformismo a la incomodidad de la radicalidad.
Lamento en segundo lugar que creamos que no decir las cosas por su nombre las cosas van a dejar de existir. Creer que si no llamamos a los imbéciles imbéciles la imbecilidad desaparece es una ilusión tan ingenua como peligrosa. Creer que si no hablamos de lucha de clases la lucha de clases se termina es un autoengaño que solo beneficia a quienes se benefician de esa lucha. Creer que si no mencionamos a Marx podemos ser más aceptables para el poder establecido es una estrategia que ha demostrado su fracaso una y otra vez en todas las latitudes. La derecha no nos va a querer más por ser más moderados; nos va a despreciar más por ser más débiles.
Lamento en tercer lugar haber renunciado a la formación para la organización por la lucha por el poder real más que por el meramente simbólico del poder estatal. Porque una cosa es ganar elecciones y otra muy distinta es transformar la sociedad. Una cosa es ocupar un cargo y otra muy distinta es modificar las relaciones de producción que sostienen la explotación. Una cosa es tener representantes en el parlamento y otra muy distinta es tener poder en las fábricas, en los campos, en los barrios, en las conciencias. La experiencia de los gobiernos llamados progresistas en América Latina nos ha enseñado que el poder estatal sin poder popular es un espejismo que se desvanece en cuanto la derecha reorganiza sus fuerzas y recupera lo que perdió. Y la derecha siempre reorganiza sus fuerzas porque la derecha tiene algo que las izquierdas hemos perdido: claridad sobre lo que quiere y determinación para conseguirlo.
Lamento en cuarto lugar que hayamos dejado que nos arrebaten la memoria colectiva, que es la única garantía contra la repetición de los horrores del pasado. El Alzheimer social del que hablo no es una metáfora vacía: es el olvido sistemático de las luchas que nos precedieron, de los mártires que cayeron, de los sueños que se forjaron, de las derrotas que se sufrieron y de las victorias que se conquistaron. Es el borramiento de la historia para que todo parezca empezar con nosotros y para que todo pueda terminar con nosotros al mejor estilo de nuestro arraigado caudillismo. Y esa amnesia nos vuelve vulnerables porque nos impide aprender y porque nos condena a repetir los errores del pasado sin siquiera saber que ya los cometimos.
Lamento que la tibieza discursiva y práctica se haya convertido en la norma de unas izquierdas que parecen avergonzarse de sí mismas. Que parecen pedir disculpas por existir. Que parecen más preocupadas por no ofender que por transformar. Que han cambiado la épica por la gestión, la rebeldía por la negociación, la utopía por el pragmatismo. Y no se trata de desdeñar la gestión, la negociación o el pragmatismo cuando son necesarios; se trata de no confundirlos con el horizonte. Se trata de no perder de vista que las reformas son conquistas parciales en un camino que solo se completa con la superación del orden existente. Se trata de no olvidar que el capitalismo no se reforma, se destruye. Y se trata de no confundir la prudencia con la cobardía ni la táctica con la estrategia.
Lamento finalmente que el miedo al Alzheimer individual nos obsesione mientras el Alzheimer social avanza sin que pongamos suficiente resistencia.
Pero el lamento no es el final. O no debería serlo. Porque si algo nos enseñaron Marx, Lenin y todos los que vinieron después es que la historia no está escrita y que el futuro no está decidido. Que las fuerzas de la dominación son poderosas pero no omnipotentes. Que el capitalismo es un sistema en crisis permanente y que sus contradicciones no se resuelven sino que se profundizan. Que las clases explotadas son la mayoría y que la mayoría, cuando toma conciencia de su fuerza, es imparable. Que la memoria puede recuperarse, el lenguaje puede reconstruirse, las herramientas pueden volver a afilarse. Pero para eso hace falta voluntad. Hace falta decisión. Hace falta dejar de pedir disculpas por ser lo que somos y empezar a afirmar lo que queremos ser.
La batalla cultural de la que habla Laje no es una invención suya ni una ocurrencia de la nueva derecha. Es la constatación de que la hegemonía se construye en el terreno de las ideas, de los símbolos, de las palabras. Y si la derecha lo ha entendido y actúa en consecuencia, las izquierdas no podemos darnos el lujo de no entenderlo. No podemos seguir creyendo que la realidad es independiente del lenguaje que la nombra. No podemos seguir pensando que las palabras son un adorno o un estorbo. No podemos seguir actuando como si el campo de batalla fuera solo el de las instituciones y no también el de las conciencias.
Porque al final, el temor al Alzheimer individual y el temor al Alzheimer social son la misma cosa: el temor a perder lo que nos constituye. Y lo que nos constituye como seres humanos es la memoria, las ideas y el lenguaje que las entreteje. Lo que nos constituye como clase es la conciencia de nuestra posición en el sistema de producción y la voluntad de transformarlo. Lo que nos constituye como pueblo es la historia compartida de luchas y resistencias. Y si perdemos eso, si dejamos que nos lo arrebaten o si lo entregamos voluntariamente, entonces nos habremos convertido en lo que más tememos: en imbéciles sin memoria, sin ideas, sin lenguaje, sin historia, sin futuro.
Así que llamemos a las cosas por su nombre. Llamemos imbécil al imbécil. Llamemos explotador al explotador. Llamemos revolución a la revolución. Llamemos lucha de clases a la lucha de clases. Llamemos socialismo al socialismo. Y no nos disculpemos por hacerlo. Porque las palabras no son neutrales y porque en la disputa por las palabras se juega la disputa por el mundo. Y porque si no decimos lo que hay que decir, nadie lo va a decir por nosotros. Y porque si no lo decimos ahora, quizás mañana ya no podamos decirlo. Y porque el mañana, como el Alzheimer, llega sin avisar y se lleva lo que no supimos defender.
