Bueno, volvamos a esto. Ya sé que escribir no sirve de mucho, básicamente porque pocas personas leen, pero como ya he dicho en otras ocasiones, qué le puedo hacer: es lo que me queda para desatragantar una serie de ideas que me embargan, me conmueven y me estremecen. Tristemente, ninguna me alegra.
No sé si para alguien venga siendo alguna suerte de sorpresa que, pasados menos de quince días del “Gobierno” de Abelardo de la Espriella en Colombia, el fiasco se venga convirtiendo en una constante al mejor estilo de cualquier comedia de situación británica de esas del siglo pasado, como Mr. Bean. Obviamente, solo aludiré a las cuestiones que no son de la naturaleza misma como el fatídico terremoto, porque por mucho que me vea tentado a pensar que los de Venezuela y Colombia parecen una suerte de complot conspirativo dictado por los designios del imperialismo norteamericano, no pienso caer hoy en esas discusiones que solo me llevarían del lado de las reflexiones conspiranoicas.
Por ahora, en el escenario de la “realidad” política, tenemos ya una seguidilla de situaciones que solo pueden ser vistas como normales si las pasamos por el mágico lente de los grandes medios, que a diario vanaglorian al presidente tigre y a su narizón compinche el vicepresidente. Cosa que no hicieron claramente en los cuatro años del presidente anterior. Hacía años que no se les veía a Caracol, Semana, RCN, Blu y todo eso que llaman dizque periodismo, tan contentos como lo han estado desde el pírrico triunfo —por la estrecha diferencia— que tuvo el imperio de la imbecilidad en Colombia. “Más contentos que marrano estrenando lazo”, diría mi papá, y no le falta razón, porque la alegría de estos medios no es la alegría del periodismo objetivo, sino la euforia del perro que vuelve a su vómito, del sicario que recupera su “fierro”, del terrateniente que ve restaurado el “orden natural de las cosas” una vez tumben la Reforma Rural Integral, o bueno, los pequeños avances que venía teniendo.
Hay que recordar, para quienes tienen memoria corta, que estos mismos medios fueron los artífices del relato que llevó a la victoria de la derecha. No fue un triunfo espontáneo; fue orquestado, financiado y coreografiado desde los estudios de televisión y las redacciones de los grandes periódicos. Cada noticia, cada entrevista, cada “análisis” político estaba diseñado para presentar a la opción de la imbecilidad como la única sensata, y a la opción del humanismo como una amenaza existencial para la patria. Y ahora, una vez consumado el objetivo, celebran como si hubieran ganado un campeonato mundial, sin importarles que el precio de su victoria sea el sufrimiento de millones. Pero ese es el negocio del periodismo burgués: vender la realidad al mejor postor, y el mejor postor siempre es el que tiene más dinero y menos escrúpulos.
Por ahí ya se oyó que andan haciendo “exorcismos” en el Ministerio de las Culturas —y no de la cultura, como quieren llamarlo otra vez, porque esa “s” final parece ser un exceso de inclusión que a los nuevos funcionarios les resulta incómodo, como ya había anticipado mi compañero Laverde— porque hay una serie de esculturas, arte y artesanías en la sede, decoraciones al fin y al cabo, que representan al “mismísimo Lucifer”. Sí, ha leído bien: exorcismos. No es una metáfora, no es una exageración; están literalmente echando agua bendita y sal y recitando oraciones para expulsar al demonio de las paredes del ministerio, como si el problema de la cultura en Colombia fueran las representaciones artísticas del diablo —que muy bien se observan en carnavales populares como el de Rísocio, Caldas— y no la falta de presupuesto, la precarización de los artistas o la invisibilización de las expresiones populares. Eso sería demasiado complejo para la mente de estos nuevos funcionarios de públicos; es mucho más sencillo atribuir los males del país a una “conspiración satánica”, porque así no hay que pensar en desigualdad, en explotación o en injusticia, y todo se reduce a una lucha maniquea entre el bien y el mal, donde ellos, por supuesto, son los paladines de la luz divina.
Esta anécdota, que sería digna de una comedia de los Monty Python o del mismo Macondo si no fuera porque está ocurriendo en la vida real, revela algo profundo sobre la naturaleza del nuevo gobierno: su recurso constante a la superstición como sustituto del análisis, a la fe como coartada para la ignorancia, y a la religión como instrumento de control social. No es casualidad que el primer movimiento de este gobierno haya sido, precisamente, el de sacralizar el poder público, de investirlo de una “aura mística” que lo vuelva incuestionable, porque un gobierno que se presenta como ungido por Dios no puede ser criticado; sus errores no son errores humanos, sino designios divinos que los mortales debemos aceptar con humildad. Esta estrategia de legitimación es tan vieja como el mundo, pero sigue funcionando con una gran eficacia entre una población que ha sido educada para la sumisión y no para la crítica.
También resulta que una viejita rezandera, de esas que cuando éramos niños nos gritaba por ser niños, y que ahora es la Directora del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), está dizque borrando las pintas “subversivas” que los niños en centros de cuidado han pintado en las paredes, porque escribieron la palabra “recistencia” (sic.). Y no, no porque estuviera mal escrita —que también, pero eso es lo de menos— sino porque eso demostraba que esas mentes “chiquitas” estaban siendo adoctrinadas por el castro-chavismo en favor de —dios nos libre— su propia voluntad y en contra —bendito sea el señor— de los sacrosantos designios de la iglesia apostólica y romana. La palabra “resistencia”, aunque mal escrita por un niño o niña, es suficiente para encender todas las alarmas del aparato represivo, porque lo que le importa a la Directora no es la ortografía, sino el contenido: la posibilidad de que un niño, desde su temprana edad, esté interiorizando la noción de que el mundo puede ser diferente, que no todo está escrito, que hay cosas por las que vale la pena luchar. Eso para ella y para sus mentores, es subversión pura, y debe ser erradicada con la misma urgencia con que se erradica una plaga.
También andan dizque “revisando” los currículos de las escuelas básicas y secundarias porque están “plagadas de marxismo e ‘ideología de género'”, y que dios nos libre que la gente sea educada en libertad de pensamiento, en crítica y amor a la igualdad, porque eso “no son cosas de dios”. Esta guerra contra el pensamiento crítico no es nueva, pero adquiere ahora una virulencia particular porque ya no se trata solo de censurar, sino de reescribir la historia y reconstruir el imaginario colectivo desde cero. La idea de que las escuelas están “plagadas de marxismo” es, por supuesto, ridícula —como si en este país hubiera habido algún intento serio de educar desde una perspectiva crítica—, pero funciona como un fantasma que asusta a los padres de familia y los moviliza contra el “enemigo interno”. Y la “ideología de género”, ese comodín que utilizan para referirse a cualquier intento de hablar de igualdad entre hombres y mujeres, de diversidad sexual o de educación afectiva, se convierte en el chivo expiatorio perfecto para justificar la perpetuación de las estructuras patriarcales y heteronormativas que sostienen el sistema de dominación. Porque cuando este gobierno habla de combatir la “ideología de género” no está defendiendo la familia tradicional, está defendiendo un modelo de sociedad donde la mujer es un objeto, donde la diversidad es una amenaza y donde cualquier forma de vida que escape a la norma heterosexual y monógama debe ser reprimida.
Por otro lado, los nombramientos siguen el mismo guion de la comedia de la “Patria milagro”. A uno que era bueno para el cargo al final no lo nombraron por “marica”. Sí, porque tiene una familia conformada por dos personas del mismo sexo y que hasta adoptaron legalmente a un hijo o hija —no sé bien el chisme de esa “pecaminosa” pareja—, pero nombraron a otro que no es tan bueno para el cargo, pero que como influencer su eslogan en redes era “vanidad, mi pecado favorito”, como dijera el diablo en aquella película de cabecera del presidente, El Abogado del Diablo. Aquí el criterio de selección no es la capacidad, no es la experiencia, no es el compromiso con el servicio público; es la lealtad al líder, la adhesión a su ideología y, sobre todo, la capacidad de generar ruido mediático, porque en este gobierno la gestión pública será un espectáculo, y los funcionarios serán actores que deben interpretar su papel en la gran farsa del poder. Este episodio muestra hasta qué punto la discriminación y el prejuicio se van a institucionalizar en las más altas esferas del Estado, y si en el camino hay que excluir a alguien por su orientación sexual, pues se hace sin ningún remordimiento, porque la homofobia no es un defecto, es una virtud en este nuevo orden moral que va imponerse.
Ah, y la otra: la exesposa del presidente y su actual socia en su “prestigiosa” firma de abogados —representantes de narcos, mafiosos y paramilitares— está prácticamente lista para ser nombrada Superintendenta Delegada en Notariado y Registro. El caso es que ahí no hay tanto problema, según parece, porque los medios tradicionales no han dicho nada al respecto. Debe ser porque ese vínculo matrimonial, que la iglesia católica prohíbe romper, se rompió antes, cuando Abelardo era ateo; entonces, por eso “no vale”, dirían los niños. Así, se revela claramente el doble estándar del sistema: si un funcionario de izquierda hubiera intentado nombrar a su exesposa para un cargo similar, habría sido linchado mediáticamente, acusado de nepotismo y de tráfico de influencias, pero como se trata de la derecha, el asunto no merece ni un titular. La firma de abogados de la exesposa no es cualquier firma: es un estudio que ha representado a algunos de los personajes más oscuros del país, y que esa persona esté a punto de ocupar un cargo clave en la administración de la propiedad es un escándalo de proporciones mayúsculas. Pero como los medios están de su lado, el escándalo no existe.
Todo esto sería verdaderamente digno de una buena risa constante y hasta con crispetas, si no fuera por lo que implica en realidad y que los imbéciles no previeron cuando votaron por el señor animal que actualmente nos gobierna. La comedia se convierte en tragedia cuando uno mira más allá del espectáculo mediático y empieza a ver las consecuencias reales de esta farsa, porque mientras los nuevos funcionarios juegan a los exorcismos, a la censura y al nepotismo, hay personas que van a perder las tierras que venían recuperando, hay familias que están siendo desplazadas y niños que están muriendo en medio de la guerra reactivada y claro en medio del desastre natural que recibió a este señor.
Y me perdonan que insista en lo de la imbecilidad; ya sé que me estoy volviendo monotemático, pero ahora que me encontré con un señor alemán llamado Dietrich Bonhoeffer, que planteaba que era más peligrosa la estupidez que la maldad mientras analizaba el fenómeno del Partido Nazi en Europa en su apogeo en la primera mitad del siglo pasado —y que finalmente fue asesinado por Hitler y sus amigos—, menos voy a dejar de hacerlo. Bonhoeffer estableció básicamente que la estupidez es mucho más difícil de eliminar, por eso es un arma peligrosa, y que, como a los malvados les cuesta hacerse con el poder, necesitan que los estúpidos hagan su trabajo como ovejas; y que, como el mal es un excelente titiritero, le encanta manipular a los estúpidos y hasta ponerlos a gobernar. Y si eso no es precisamente lo que nos pasó en las elecciones y lo que ahora vamos viendo en escasos quince días de estúpidos y malvados en el poder, que me digan entonces dónde estoy fallando en mi análisis.
Claro, pero los grandes medios no están mostrando cómo, en el campo, ya en estos escasos quince días se ha intensificado la violencia. Esa que tanto parece que les gusta a los amigos “firmes por la patria” porque pasa lejos de la comodidad de sus casas y de las escuelas de sus hijos y, obviamente, a los comerciantes de armas de los que es accionista el jefe de nuestro presidente, léase Donald Trump.
Por ningún medio masivo de desinformación se lee o se ve lo que está pasando con los niños y niñas que en el Sur de Bolívar han quedado en medio del fuego cruzado de la “cacería de bandidos” que declaró el militar sin experiencia este —que dizque intentaba marchar al modo militar en su pseudoposesión mientras los militares se avergonzaban de él—, mientras lloran y le rezan al “papito dios” que parece que no es el mismo de los fanáticos religiosos que votaron por él. Porque esa es la gran ironía de este gobierno: predican el amor de Dios mientras siembran la muerte en el campo; hablan de la familia mientras proyectan la destrucción de comunidades enteras; defienden la vida mientras la convierten en un negocio de armas y de muerte.
Ni qué decir de los “daños colaterales” que políticamente dijo que “asumirá cualquier responsabilidad” en caso de que se presenten, y que ya se están presentando en el Catatumbo, por ejemplo, simplemente porque no se entiende que la guerra no se frena con más guerra, así como el fuego no se apaga echando más leña a la candela. La lógica del militarismo, de la “mano dura”, de la “seguridad democrática”, ha demostrado una y otra vez su fracaso en Colombia. Cada vez que se ha intensificado la guerra, la violencia se ha recrudecido y los derechos humanos se han pisoteado, pero los gobiernos de derecha insisten en la misma receta, porque es la única que conocen, porque es la que beneficia a sus aliados económicos, porque es la que les permite mantener el orden social a punta de bala.
Ojalá esto no siga sucediendo, pero se sabe bien que no bastan las buenas intenciones, como dijo don Simón Bolívar. Es necesario seguir denunciando, organizando la resistencia y, ante todo, formando, porque los imbéciles, en esta era de las mentes imbuidas en el “antiintelectualismo” y amantes de lo banalizado y lo inmediato, parecen querer permanecer en el poder, no porque sepan algo o porque hayan aprendido, sino porque los “malvados” que los manipulan ya les cogieron la vena y saben por dónde seguirlos canalizando para mantener sus privilegios de clase. La tarea es entonces, no solo oponerse a este gobierno, sino construir una alternativa cultural que desmonte las bases mismas de la imbecilidad, y eso implica volver a las aulas, a los barrios, a los campos, a las fábricas, a las comunidades, y empezar de nuevo, desde cero, con la paciencia del que siembra y no ve los frutos de inmediato; implica entender que la lucha de clases no se libra solo en las urnas o en las calles, sino también en las mentes de la gente.
Porque si algo nos ha enseñado la experiencia de este retorno de la derecha es que el poder electoral es efímero, frágil, y que siempre está amenazado por la contraofensiva de las clases dominantes. No basta con ganar unas elecciones; hay que tener la capacidad de transformar el aparato estatal, pero también de crear un poder popular paralelo que pueda sostener ese proceso de transformación. No podemos seguir atrapados en el cortoplacismo electoral, en la ilusión de que basta con un buen candidato para cambiar el país, y mientras tanto, la derecha construye su hegemonía cultural, moldea el sentido común, impone su visión del mundo a través de los medios y de la educación. Estamos, como siempre, reaccionando, y no actuando con la anticipación que la batalla cultural requiere.
Sí, estamos en una batalla cultural, una que se basa en la lucha de clases; no lo olvidemos y, sobre todo, actuemos en razón de ser los vencedores, porque a fuerza de normalizar la imbecilidad, nos están ganando de mano mientras nosotros seguimos creyendo que bastaba con conseguir votos a toda costa. La imbecilidad se combate con pedagogía, con paciencia, con ejemplo y, sobre todo, con coherencia. Los primeros quince días del gobierno de Abelardo de la Espriella nos han mostrado el rostro más grotesco del poder de la derecha, pero la gente no lo ve sino damos la batalla cultural por posicionar la opción de la inteligencia. Como decía Bonhoeffer, la estupidez es más peligrosa que la maldad, pero también es más fácil de curar, si se le aplica el remedio adecuado: la verdad, la crítica y la formación, formación y más formación.
